GRANDES MAFIAS, PEQUEÑAS MAFIAS

                                     GRANDES MAFIAS, PEQUEÑAS MAFIAS

El principio fundamental, quizá también el principio fundacional, de cualquier organización mafiosa es la extracción de recursos materiales de aquellos más débiles por medio de la amenaza o el uso de la fuerza. Todo aquello que sea valioso para el agente extorsionador: mercancías, tierras, mano de obra, objetos valiosos del tipo que fuere, pero, sobre todo, en la antigüedad, plata y oro.

Por otra parte, y desde hace más de 4.000 años, ya en el neolítico tardío, algunas ciudades-estado habían desembocado en poderosos imperios, como el persa, el chino, el egipcio, el griego o el romano. Los reyes o de otro modo dirigentes de estos imperios de la antigüedad  buscaron expandir sus dominios por medio de la fuerza militar, conquistando y subyugando a otros pueblos y ciudades, y extrayendo de ellos riquezas y vasallaje. Los pueblos conquistados no tenían opción: el dar a sus conquistadores cuanto pedían era un mal menor comparado a perder sus vidas, sus familias, sus tierras... A partir de ahí entraban en un sistema tributario que hacía al emperador dominante más poderoso y, por tanto, más capaz de agrandar su ejército; un ejército con el que continuar la expansión de su dominios del mismo modo, es decir, explotando a las poblaciones conquistadas. En tal situación, Los pueblos así subyugados apenas producían alimentos para una subsistencia precaria, mientras que los excedentes de grano y ganado y otros bienes que producían, eran entregados al poder conquistador. Así que la colonización es un fenómeno mucho más antiguo que los emprendidos por las naciones en ciernes y luego por las grandes potencias europeas a partir del siglo XV. La ley del más fuerte imperaba, el pez grande se come al chico, los débiles debían asumir –como ha sido así desde entonces- todas las pérdidas.

Darío I, Jerges II, Ramsés II, Alejandro Magno, Julio César, todos ellos repitieron el mismo patrón, a pesar de que, entonces, no era necesario arrasar pueblos para prosperar en la consolidación del propio imperio; había suficiente tierra y recursos dentro de los dominios que ya controlaban. Sin embargo, la conquista y el vasallaje era un asunto más lucrativo; los beneficios se generaban más rápidamente a costa de los espaldares ajenos, que no a la de los propios –colectivamente hablando-, y, de paso, se conseguían millares de esclavos: mano de obra gratuita, objetos de placer a discreción.

Cuenta la leyenda que, en cierta ocasión, en el campamento de Alejandro Magno, tras su conquista del imperio persa y en su travesía hacia el Valle del Indo, un soldado fue arrestado por robar las pertenencias de otro compañero que dormía. La pena por este delito era la muerte, pero el soldado pidió una audiencia con Alejandro, como era la prerrogativa de quien, habiendo sido condenado a la pena capital, así lo pidiese. Ya en presencia del gran general, este fue informado del crimen cometido por el soldado; El Magno le preguntó: ¿tienes algo que decir para justificar tu acción?  El soldado aceptó la comisión del delito, y reconoció haber cometido el delito, pero le preguntó a su general: ¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo? Pues que yo soy un pequeño ladrón mientras que tú eres un gran ladrón. Alejandro no pudo refutar la veracidad de esta afirmación y ordenó que pusieran en libertad al reo.

Los romanos tenían un conocido sistema en sus campañas de conquista: exigían a los pueblos vencidos aceptar las condiciones de pago y tributos en especie establecidos por Roma, el reclutamiento militar entre sus pobladores para las legiones romanas, y la total lealtad a Roma. De esta forma, a medida que el imperio se agrandaba, su riqueza y recursos también lo hacían.

Otras culturas más allá de los imperios que se desarrollarían en Europa y Asia después de la Edad Media, como la de los vikingos, los aztecas, los incas y otras más, seguían un patrón similar de expansión, conquista y extorsión, del mismo o similar cariz que el de las ya citadas.

La colonización española del Nuevo Mundo, la expansión comercial de Inglaterra hacia La India y China –incluidas las guerras del opio- la conquista de Indochina por Francia, la explotación comercial de la Compañía de las Indias Orientales de Los Países Bajos de Indonesia, Las Molucas y otras islas del Pacífico, pueden ser todas ellas consideradas bajo este común denominador: una explotación continuamente in crescendo, sin ninguna consideración ecológica o respetuosa hacia las poblaciones originarias.

Muchos siglos después, a finales del siglo XIX y principios del XX, en las calles de los distritos neoyorquinos de Harlem, Lower East Side y Brooklyn, comenzaron a germinar grupos de crimen organizado que extorsionaban a los comerciantes locales a cambio de protección para sus negocios y su seguridad personal. Estos grupos, casi siempre de origen italiano, reproducían un sistema que se consolidó a mediados del siglo XIX en Sicilia, poco después de la reunificación italiana y su surgimiento como país. Entonces hubo un vacío de poder en algunas regiones del sur de Italia, que fue aprovechado por algunas familias poderosas y violentas para imponer su ley y para lucrarse inmensamente en el proceso, aplicando el pago de cuotas a algunos propietarios de tierras y otros dueños de negocios o de industrias –una suerte de impuestos- a cambio de sus servicios de protección; muy a menudo esta protección se ejercía frente a grupos o familias rivales, pero cuando estos desaparecían, el pago de las cuotas –o pizzos- únicamente ofrecía protección frente a la organización mafiosa que las cobraba -o me pagas o te pego, por así decir. Así surgieron Los Corleone, los Gambino, los Lucchese  y otros clanes familiares, que operaban bajo la ley del silencio, en Italia primero y luego en América, y que han sido ampliamente descritas, tanto en la literatura como en el cine, desde los años treinta del siglo pasado.

Es de notar que, salvo en la dimensión y la naturaleza más o menos oficial de las instituciones ejecutoras de estos sistemas de explotación, la depredación oficial de imperios y naciones y la de estos grupos mafiosos, son notablemente similares. El principio básico es el robo o el expolio por medio de la amenaza y el miedo. Más recientemente las naciones poderosas han tratado y tratan de llegar a acuerdos entre ellas, apoyándose entre sí, justificando mutuamente sus agresiones injustificadas, para llevar a cabo sus operaciones de expansión sobre territorios o naciones más débiles –recordemos la Conferencia de Berlín, en 1885, en la que las potencias europeas dominantes diseccionaron el mapa de África sin tener en cuenta ninguna fundamento histórico o antropológico, y se lo repartieron sin realizar consulta alguna con los pobladores y culturas de aquellos territorios-. No faltan términos altisonantes que parecen justificar y dar por sentada la legitimidad de dichos acuerdos de mutua expansión, como geo-estrategia, o geo-política, quizá al modo en que Hitler denomino la invasión de Polonia por el ejército del Tercer Reich como una mera traslación de fronteras. Estos términos, repetidos interminablemente a las masas de la opinión pública, acaban por condicionar y distorsionar esa opinión, y por otorgar legitimidad a las  más abyectas masacres, como la realizada a principio del siglo XX por Leopoldo II de Bélgica en el territorio del Congo, entonces llamado el Congo Belga y ahora RDC (República democrática del Congo).  

En la gran era de la expansión de los imperios europeos, siglos XVI, XVII y XVIII, la religión fue utilizada siempre como pretexto para las conquistas de otros pueblos: había que evangelizar a todos aquellos pobres descarriados, a aquellos pueblos pueriles, había que convertirlos a la verdadera fe. Mientras tanto miles de toneladas de oro, plata, especias, seda, cacao, café, caña de azúcar y otros productos eran transportadas a través de los océanos a las sedes de los imperios para engrosar sus tesoros y, sobre todo, para financiar sus interminables guerras de unos contra otros, siempre pugnando por la hegemonía del poder comercial y militar.

No olvidemos que las familias mafiosas, por su parte, provenían de una asentada tradición y cultura católicas, observaban puntualmente las costumbres y los ritos católicos, y a veces podían ordenar el asesinato de un capo rival poco después de celebrar una comida en familia o atender un bautizo, sin que ello les supusiera el más mínimo quebranto moral.

Y toda esta historia de barbarie, de rapiña y de genocidio descansa sobre la premisa de que la tierra y sus recursos, y también algunas de las gentes que la pueblan, pertenecen por derecho propio a algún sector privilegiado de personas, a ciertas sociedades con gran desarrollo tecnológico y militar, a los poderosos, que pueden disponer de ellas para su propio –e innecesario- provecho.

La realidad es muy otra. La tierra estaba ya antes de que estas naciones poderosas y estos gánsteres mafiosos hicieran acto de presencia en el mundo, y seguirá ahí después de que los imperios se hayan disuelto a hayan cedido su hegemonía a otras potencias en alza, y de que sus líderes hayan pasado a alimentar a las poblaciones de gusanos y lombrices de los cementerios, o se hayan convertido en cenizas desparramadas por el éter. Y hasta que este hecho incontestable no llegue a integrarse en la mente de los así llamados estadistas, tal y como ya lo está en la mentalidad y la cultura de millones de agricultores y otras gentes de culturas más ligadas a la madre tierra, no cesarán las guerras, las injusticias, la explotación y un enorme sufrimiento, tan cruel como inútil.

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