LAS IMÁGENES
Nos
rodean por todas partes, nos acechan, nos acribillan; a veces nos embelesan,
otras veces nos aturden. Pero siempre responden a una necesidad visual; tenemos
que ocupar nuestro periscopio bifocal en algún estímulo; hay que alimentar a
los sentidos hambrientos, sobre todo a uno que proporciona tanto
entretenimiento como el de la vista. Uno tiene ojos para ver, así que, tal como
la cerradura necesita una llave para cumplir su cometido, las imágenes existen
para ser vistas –disfrutadas o denostadas- y llenar los cerebros con innumerables
impresiones; son como la leña que alimenta la hoguera, la hoguera insaciable de
la mente, a través de las ventanas oculares que se dirigen a ese mundo de
afuera que necesita ser constantemente interpretado, consensuado, reafirmado.
Las
hay de todo tipo: estáticas o en movimiento, en secuencias encadenadas en forma
de películas y vídeos, en color y en blanco y negro... Se pueden ver en la televisión, en grandes
monitores informativos, en carteles publicitarios, en los catálogos de las
grandes superficies, en los móviles, en las plataformas digitales. Cada una se
postula para ser más cautivadora que la anterior, aportar ese algo diferente,
una forma nueva de embaucar al desprevenido espectador: siempre con el fin de
atraerlo a la órbita de cualquier producto o actividad que la imagen proponga,
e instigar su adquisición.
Desde
hace algún tiempo, también se nos están presentando imágenes en 3-D, que añaden
un grado de realismo a las escenas que componen y, más recientemente, la
irrupción de la realidad virtual hace posible que el espectador se introduzca
en universos de imágenes 3-D e interactúe con ellas, que se introduzca en una
realidad aparte de lo que pueda estar sucediendo a su alrededor en esos mismos
momentos.
Ante
esta profusión de imágenes se pueden dar diversas respuestas, dependiendo de
las actitudes de quienes las reciben. Hay quien se abandona a su contemplación,
pues encuentra un cierto placer en ello, derivado de la interacción entre el sentido
de la vista y la mente, que interpreta y coordina toda estimulación sensorial.
Se entrega, por así decirlo a la dulce modorra de contemplar una tras otra las
imágenes que tiene ante sí, y que, generalmente, proponen la posibilidad de
conseguir placeres consumistas. En otros casos, está la resistencia de aquellas
personas que se dan cuenta de que las imágenes que tienen delante no les
interesan ni las necesitan, no les aportan ningún provecho, y por tanto las
rechazan. Otra posible respuesta es la de quienes no les prestan atención, sino
que las mantienen como un trasfondo a la actividad que se esté realizando en
esos momentos, como en el caso de personas que viven solas y tienen la
televisión puesta de continuo acompañándoles con imágenes y sonido, aunque
estén inmersos en muy diferentes ocupaciones. Por último, otros interactúan con
las imágenes buscando ellos mismos las que necesiten por diversos motivos; las
seleccionan en virtud de sus intereses y, así, no se resignan a ser simples
sujetos pasivos en la contemplación de las secuencias visuales que se les
presentan.
Una
característica esencial de las imágenes que nos bombardean minuto a minuto en
nuestra vida cotidiana es la gran diferencia existente entre las propias
imágenes y el fondo o mensaje de lo que quieren transmitir. Sobre todo en el
mundo del marketing y la publicidad, que es uno de los mayores campos
productores de imágenes, nos encontramos a menudo con objetos o actividades de
importancia nimia representados por una serie de imágenes impresionantes, que
incluso llegan a sugerir universos míticos de proezas sobrehumanas. Por ejemplo
un anuncio de un vehículo puede estar adornado con imágenes de propiedades y
prestaciones casi imposibles de realizar en la práctica, o estar asociado a personajes famosos que nunca
se comprarían o, incluso, usarían ese coche. Y así podríamos citar miles de
casos en los que la importancia de un producto o servicio no se corresponden en
absoluto con lo que las imágenes usadas para promoverlo transmiten.
El
propósito de esta disonancia entre objeto e imágenes que lo representan y
promocionan es claro; se pretende suscitar el deseo de la adquisición por parte
del espectador del producto en sí, y para ello se le sugiere subliminalmente
que tal objeto o producto es más que lo que es, que le va a proporcionar
ventajas en su vida que nunca hubiera podido imaginar, aunque, con toda
probabilidad, pronto comprobará son falaces en su mayoría.
En
la novela titulada “El Retrato de Dorian Gray”, Oscar Wilde presenta con
bastante claridad este dilema. El retrato, la representación pictórica de
Dorian Gray, se convierte en el referente absoluto de su vida, el espejismo de
una belleza inmutable que el propio Dorian adora a cualquier precio, incluso el
de sepultar su alma, es decir, su existencia anímica interior, incluyendo
valores y principios morales. El sorprendente hecho de la perpetua juventud del
personaje, sostenido por el bellísimo retrato, confiere al modelo la ilusión de
que es inmortal, y ello le da pie a cometer los crímenes más terribles,
ahogando en los efluvios del opio y el alcohol todo amago de resurgimiento de
su conciencia; hasta un punto en el que todo el entramado se derrumba, y el
propio Dorian Gray, sin poder soportar más la carga de su conciencia, hace
trizas el retrato, y al instante él mismo queda convertido en un viejo decrépito que
muere tras una rápida agonía. El culto a la imagen y la supresión de lo que
representa, es el tema principal de la novela, y, en ese sentido, se trata de
una obra precursora, escrita un siglo y medio antes de nuestra época.
En
los tiempos en los que se sitúa la acción de la novela, la segunda mitad del
siglo XIX, la exposición a imágenes era ínfima comparada con la actual, y se
trataba en su mayoría de imágenes de personas, lugares físicos y otros seres
vivos; era más directa, no tanto representaciones de otras entidades o cosas.
Sin embargo, actualmente, además de las imágenes “en directo”, la gran mayoría
son representaciones de objetos reales o ficticios, y el número que percibimos
de ellas consciente o inconscientemente es elevadísimo, y va en aumento de día en día.
¿Qué
efectos puede tener esta saturación de imágenes en nuestra mente? ¿Somos conscientes
de estos efectos? Estas dos preguntas son importantes si queremos mantener un
cierto equilibrio en nuestra salud emocional, así como en nuestra vida familiar
y social.
Desde
uno de los principios básicos de la psicología, la sobreexposición a un
estímulo, o una categoría de ellos, produce un efecto llamado habituación, es decir la disminución del
impacto de ese estímulo en nuestro sistema nervioso y, por tanto, la atenuación
o incluso anulación de nuestra respuesta al mismo; por ejemplo, si vemos por
primera vez un anuncio de un viaje a Nueva York, el deseo de realizarlo será mayor la primera
vez que la décima que lo veamos. Después de tantas visualizaciones de las
mismas imágenes, la ciudad nos empieza a resultar familiar y perdemos en algún
grado el incentivo de visitarla. Otro ejemplo es el anuncio de un vehículo; la
primera vez que lo vemos, la novedad y las características positivas del
anuncio hace que provoque nuestro interés con cierta intensidad; pero si vemos
el mismo anuncio repetidamente, el efecto que nos produce será paulatinamente
más atenuado.
Para
remediar este hándicap, los promotores de imágenes –generalmente con grandes
intereses comerciales- tienen que desarrollar nuevas tecnologías por las que la
efectividad de las imágenes aumente y así el efecto de la habituación pueda ser
neutralizado. Secuencias de imágenes más impactantes, con un volumen de sonido
aumentado, motivos cada vez más surrealistas e inesperados, transgresores con
respecto a los anuncios precedentes… Y aun así, con el paso del tiempo
suficiente, se producirá en los espectadores otro fenómeno de habituación a
estos nuevos y más potentes formatos, contra el que estos expertos en marketing
y publicidad diseñarán anuncios e imágenes más impactantes que los anteriores,
y así ad infinitum.
Estas
innumerables imágenes, percibidas más o menos conscientemente, van a causar una
saturación sensorial y de la mente, a veces con efectos peligrosos para la
salud. Hace algunos años, en Japón, la emisión de una serie de manga por televisión, compuesta por
imágenes en velocísimas secuencias, provocó 300 ataques de epilepsia en otros
tantos niños a lo largo de todo el país; los infantes, con un aparato sensorial
aún en formación, fueron quienes más acusaron esta rápida emisión de imágenes,
de mayor velocidad que la capacidad del sentido de la visión para procesarlas.
En
el campo de la mente, esta sobreabundancia de imágenes puede causar brotes de
epilepsia también en los adultos, así como el estado conocido como saturación, o fatiga mental, que aparece cuando la capacidad de procesar estímulos
es inferior a la exposición a estos. Este estado da lugar a varios síntomas,
que pueden manifestarse de distintas formas en cada persona afectada, como
agotamiento físico, preocupaciones y nerviosismo, aplanamiento emocional,
irritabilidad y otras varias…
Gradualmente
las personas que permiten el acceso a sus mentes de todas estas imágenes, se
van convirtiendo en sujetos pasivos, incapaces de construir significados por
ellos mismos. Configuran un marco de referencia externo, se van formando
inconscientemente un esquema de valores superficial y materialista, que
substituye a la tradición cultural legada por la familia (los mayores), por la
educación, la cultura del arte, la literatura… Todos estos valores van siendo substituidos
por la nueva cultura de la imagen per se, la forma por la forma, sin apenas
relación con un contenido o mensaje que le dé sentido.
Queda,
según creo, la opción de recuperar en la medida de lo posible la autonomía
individual, léase, un mínimo de cordura frente a esta situación. Y esto puede
conseguirse rechazando la contemplación de imágenes superfluas y, a cambio,
accediendo a imágenes que sean significativas para nosotros, cultivando la
contemplación de la naturaleza, del arte, la pintura, la escultura, la
arquitectura, el teatro, la danza, como fuentes de imágenes enriquecedoras. Sin
duda este cambio hará que nos sintamos más dignos del nombre que, a veces, con
bastante ligereza nos atribuimos, el de seres humanos.
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