¿QUÉ LE PARECE COMO
PERSONA…?
La pregunta se sucede de uno a otro entrevistado –ignorantes todos ellos del más elemental conocimiento del deportista, político, cantante, actor… de que se trate- por las calles de cualquier ciudad, en un plató de televisión, en una entrevista de radio…
Al lado del micrófono, sostenido por mano firme y amenazante y respaldado por una irreprochable sonrisa facial, una cámara filma la escena, registra segundo a segundo imágenes y palabras, conmina a responder, y no sólo a responder, sino a confirmar expresamente el tema del reportaje y la intención del periodista. Generalmente, la pregunta es sobre alguien que ha realizado un gran logro en su profesión o que ha sido recientemente galardonado en algún certamen. ¿Qué le parece como persona tal y tal? Y generalmente también la respuesta es estereotipada y absolutamente predecible: sí, un gran deportista y una magnífica persona; me parece una actriz excelente, y, como persona, inmejorable… Acto seguido, el periodista se dirige a otro viandante para lanzarle inesperadamente la misma pregunta. Así recoge, y luego edita, varios testimonios que reflejan la elevada categoría personal del aludido. Al otro lado de los televisores, miles, millones, reciben apaciblemente la información; algunos la aceptan o, al menos, se resignan a ella pensando, quizá, que, sea verdad o mentira la supuesta calidad humana del personaje, a ellos ni les va ni les viene; otros se dan a todos los diablos y maldicen al referido por la millonada que, supuestamente, ha amasado a cuenta del cuento -de su popularidad.
Sea cual sea la reacción de los televidentes, que supongo variadísima, creo que para emitir una opinión sobre una persona hay que conocerla, y no sólo personalmente (en su acepción mínima: haberla visto y hablado con ella físicamente al menos una vez), sino tener un contacto tan cercano y continuado como para conocer la forma de ser, las reacciones y respuestas ante determinadas situaciones, las impresiones y convicciones, los valores prácticos –no meramente declarados- del individuo en cuestión. Y aun entonces nunca será una valoración objetiva, un juicio imparcial, aunque si estará basada –más cuanto mayor el contacto cercano con la persona aludida- en algo sustancial a lo que podamos prestar oídos y atención para hacernos una semblanza de ella.
Sin embargo, en estos meteóricos reportajes televisivos, nadie ha visto o hablado con el homenajeado/la homenajeada y, no obstante, todos afirman con rotundidad la inmejorable calidad humana de esta persona. Naturalmente, parece innegable su valía en el campo artístico o profesional de que se trate en cada caso pero, de ahí a afirmar que es una especie de ser humano ejemplar, un modelo social, una persona intachable, va un gran trecho que no es posible salvar sino mediante un estúpido acto de fe o una actitud bienintencionada ad infinitum.
Se me ocurren aquí dos posibles elementos de reflexión sobre este fenómeno. El primero se refiere a la aquiescencia de la gente ante incitaciones bien urdidas, su predisposición a dar por sentados valores, opiniones, ideas que les son presentadas como presuntamente ciertas o, al menos, aceptables, por una fuente de algún peso aparente. La deseabilidad social, es decir, el no desentonar y sí parecer aceptables ante los demás, -primero ante el sonriente o la sonriente periodista que hace la pregunta y luego, sobre todo, ante los miles de televidentes que puedan ver la emisión posterior- juega también aquí un papel preponderante. El no siempre resulta amargo, decepcionante, por la contrariedad que pueda suponer para el que pregunta y la interrupción embarazosa de esa tendencia a la conformidad que se pretende imbuir en el documental. Si alguien responde que no o que no conoce al individuo lo suficiente para emitir un comentario tal, se rompe de algún modo la magia simplona de la sonrisa fácil, del sentirse bien y bueno sin motivo alguno; por otra parte, sería éste un documento únicamente limitado al periodista, el entrevistado y unos pocos más que hubieran coincidido en el acto de la pregunta –puesto que seguramente nunca sería retransmitido.
Pero el decir de alguien que es una persona de gran calidad humana –sea o no famosa- sin saberlo en absoluto, es peligroso en cuanto que si se repite y se piensa a menudo, puede tomar carta de naturaleza en la mente del bienintencionado pensante y provocar, tarde o temprano, monumentales decepciones; estas atribuciones acerca del gran mérito global de algún personaje se me figuran como intentar sostenerse sobre un suelo de arenas movedizas, que nos tragan en el momento más inesperado, cuando nos toca a todos, famosos y comunes, enfrentarnos con las miserias de unos y de otros, y con la imprevisible brutalidad de la vida, el destino, la madre naturaleza…, con la insoportable levedad del ser, quizá al modo del título de la novela de Milan Kundera.
El segundo punto que podría considerarse es la insidiosa insistencia de los medios de comunicación en sobrepasar los límites de su función esencial e indiscutida: narrar, informar, avisar, etc., para introducirse subrepticiamente en otra muy diferente, la de proponer modelos de conducta, que tiene que ver más con la ética y la moral que con la mera labor informativa que se les supone como propia y legítima. Sabemos que tal deportista es excepcional en el deporte que practica, y lo sabemos bien porque durante largos lapsos de tiempo, en partidos y competiciones, los comentaristas no escatiman detalle para explicárnoslo con pelos y señales, con estadísticas y registros históricos –no sé hasta que punto se podrían incluir los hitos deportivos en la historia, aunque estoy seguro de que ello contribuiría a hacer infumable, por lo prolijo, el estudio de la misma-; también se agradece una buena presentación, por parte de un periodista preparado, de una actriz, un deportista o un cantante en cuanto a su carrera profesional, sus canciones o películas, la temática de su repertorio, sus intereses artísticos, etc. Pero de ahí a propagar que el individuo en cuestión es una gran, excelente persona -casi un moderno prócer-, hay un abismo de irracionalidad y descaro, al menos para cualquier ente con una inteligencia en buen uso.
En primer lugar, no sabemos a qué se refieren el reportero o el entrevistado cuando hablan de gran persona, calidad humana, etc.; y no lo sabemos porque ninguno de ellos lo especifica –posiblemente tampoco ellos lo sepan claramente-; además, la catalogación inmediata de excelente persona por parte de tantos y tantas cogidos por sorpresa ante la cámara no tiene ningún valor, puesto que quienes así se manifiestan lo hacen presionados por el impulso de complacer al de enfrente, sin siquiera conocer al homenajeado.
No obstante todo lo dicho, las etiquetas se extienden, y la catalogación de gran hombre o mujer probablemente comiencen a acompañar al ilustre donde quiera que vaya: en las entrevistas, en la retransmisión de los partidos, en los programas de difusión en los que participa; en muchos casos se crea una especie de mito mediático, de semidiós moderno que aumenta temporada a temporada su aureola grandiosa, logrando una vida de privilegios sin par -aparte del económico- y codeándose con la crema de la sociedad en fiestas y acontecimientos rancios, en programas de radio y televisión. Otras veces, el encumbrado continua en la cresta de la ola hasta que se descubre un punto negro en su historial, -un escándalo, una infidelidad, un fraude a la hacienda pública- o simplemente se muestra arisco con la prensa (probablemente harto ya de tanta manipulación de subidas y bajadas, vueltas y revueltas, interpretaciones insidiosas…). Entonces el castillo de naipes se derrumba dejando a la gran persona poco menos que en cueros, a merced de una prensa rosa, deportiva o de otro cariz, depredadora, ávida de miserias humanas –de todo aquello diametralmente opuesto a lo que, en teoría, una elevada personalidad debería ostentar-. Ahora es el tiempo de los buitres despiadados, asalariados de los medios de comunicación y dispuestos a lo que haga falta para mantener el carrusel esperpéntico en vertiginoso girar; donde antes era blanco ahora se muestra el negro, y las palabras que tiempo atrás elevaron inexplicablemente a alguien, ahora lo vituperan sin piedad, como si de un paria sin mérito alguno se tratara.
Y es que para redondear la jugada de los medios no es suficiente la infinita repetición de mantras vacíos con que pretenden llenar la vida de la gente. No. Se precisa, además, moldear las mentes de millones, doblegar sus resistencias, crear nuevos modelos personales a los que imitar… Si la avalancha de imágenes y palabras no funciona suficientemente por el atractivo que pueda contener en sus formas, colores y sonidos, acabará haciéndolo por la repetición sin pausa, por el machaqueo sin piedad al que someten a toda criatura dotada de sentidos. Y con esta finalidad, conviene cincelar unas ciertas actitudes receptivas en las gentes, de manera que estén más predispuestos a seguir los consejos que toque en cada momento. Al aupar a sus protegidos -frágiles ídolos de cartón-piedra- al pedestal de la grandeza personal, las cadenas de la comunicación están creando connivencias sutiles con sus clientes, pues si éstos aceptan la munificencia de los personajes que ellas proponen, están aceptando tácitamente a la fuente, a los promotores, y por ende, también aceptarán más dócilmente otras proposiciones de productos e ideas que puedan generarse en el futuro. Ya se sabe: los amigos de mis amigos son mis amigos, puro principio de asociación de ideas.
Y todo con la manida excusa de ser felices, pasarlo bien, sentirnos tranquilos y protegidos –difícil tarea tras el hartazgo de noticias, casi siempre catastróficas, con que nos obsequian seis veces al día (cada cadena)-. Sean ustedes felices, nos dicen los presentadores a modo de despedida. No nos dejan opción, y ellos siempre tienen la última palabra, no se les puede discutir. Al que se le ha muerto un ser querido o le ha dejado su pareja, lo ponen en la tesitura imposible, en la obligación, de ser feliz; ¿y qué si no puedo serlo, o si para recuperar mi ánimo en el futuro debo necesariamente experimentar el dolor y la infelicidad en estos momentos? Por otra parte, a quien vive un momento de dicha se lo estropean un tanto, haciéndole patente un carácter obligatorio que ningún sentimiento debería tener si ha de ser disfrutado plenamente.
También quieren,
por lo visto, dejar bien sentado qué es la felicidad y cómo experimentarla -siempre
al abrigo de la pantalla, por supuesto. A este paso acabaremos invitando a
nuestra salita a formas de proyecciones láser de una sexualidad despampanante
para que nos masturben a nuestro estilo predilecto o para que nos canten en
vivo y en directo su último éxito en las listas -quizá algún o alguna
cantante-gran-persona virtual- mientras hacemos una cena rápida de cerveza y pizza
frente al televisor.
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