¡DEMASIADO!

 

En la década de los 70 se hizo popular, entre un sector reducido de gente joven, el uso de la palabra demasiado con una acepción nueva: quería ésta expresar la cualidad extraordinaria de ciertas situaciones estimulantes que desbordaban el contenido de los epítetos al uso cotidiano en la lengua. Si una película era muy buena se decía que era demasiado, si un viaje o unas vacaciones resultaban muy gratificantes se los calificaba como demasiado y si un paisaje, un amanecer o una puesta de sol impresionaban al espectador con una belleza insospechada, también alguien se podía referir a ellos como demasiado. Por aquella época, la palabra demasiado, en su sentido consuetudinario, no era muy usada, ya que la abundancia no era precisamente un signo de los tiempos. No se daban muchos excesos cuando aún no habían aparecido los hipermercados y grandes superficies, la explosión imparable de la electrónica, la producción masiva de vehículos de motor, el vertiginoso crecimiento económico, y tampoco había suficiente información y libertad en la sociedad como para que se generalizase el uso alternativo de demasiado. Todo ello estaba empezando en España. Eran aquellos los tiempos en que surgió, no sé cómo ni por qué, la palabra tío, siempre en el género masculino, -con el sentido de colega, amigo, compañero-; entonces era toda una sensación verbal en ambientes muy reducidos, mas, actualmente, su empleo se ha masificado hasta incluir a nuestros más pequeños usuarios del lenguaje. Tío ha sobrevivido y se ha popularizado extremadamente, pero no así demasiado, que ha cedido hegemonía a la palabra mucho, con el mismo sentido, pero con una frecuencia de uso mucho más reducida que la de tío.

Los miembros de este club exclusivo, los del demasiado –ellos pretendían que así lo fuera: elitista- seguían una tendencia anglosajona que afectaba a la palabra too much, de significado idéntico y con el mismo sentido novedoso. “Es demasiado, fue demasiado, ha sido demasiado” -substitúyase demasiado por too much si se quiere- eran expresiones que volaban por el éter de aquellos años en ambientes y situaciones de la cultura pop-rock, a veces con un toque añadido de clandestinidad, cuando se referían a experiencias psicotrópicas producidas por el hachís o alguna otra sustancia que alterase la conciencia. El adjetivo objeto de la curiosa trasformación era suficiente en sí mismo, no admitía ningún otro que lo siguiera, de forma que cuando uno decía demasiado o too much, una rara sensación de totalidad en la expresión hablada parecía emanar de su aparato fonador, que hacía innecesaria o trivial cualquier otra calificación añadida. Era como llegar al superlativo, al máximo grado en que algo podía ser percibido, en una época y entre un público joven ansioso de experiencias cumbre –quizá de alguna forma parecidas a las explicadas por Abraham Maslow en “El hombre autorrealizado”.

La traslación sucedida entre las acepciones de esta palabra fue bastante notable;  pasaba de reflejar una condición negativa o de exceso a expresar un gran entusiasmo ante situaciones novedosas o experiencias de efecto estimulador insospechado.  

Ahora, esta palabra ha retornado a su significado original, se ha desprendido imperceptiblemente de aquel halo de mágica euforia que otrora sustentó. Los tiempos así lo requieren. Hay demasiado de todo, demasiadas variantes de productos: desde perfumes hasta aparatos home-cinema, pasando por coches, prendas, alimentos procesados; hay una oferta desmedida de programas de televisión, compañías de telefonía móvil y aparatos de tal, viajes, muebles, fiestas de fin de año, pubs, discotecas, vacaciones, novelas, películas, electrodomésticos... Las formas de relación entre las personas también se han multiplicado insospechadamente, lo cual, cuando es fruto de iniciativas individuales, aporta un matiz claramente positivo al exceso en el que pasamos los días sin pararles muchas mientes, casi acostumbrados al monstruo, mecidos o amodorrados por los efluvios sonoros y visuales que emanan constantemente de la sobreabundancia y que rodean nuestro espacio haciéndolo casi familiar, al menos predecible.

Pero ya no se sostiene el uso de demasiado para definir algo extraordinariamente gratificante, revelador, cariñoso o entrañable. La demasía  de las cosas, sean bienes tangibles o productos de consumo mental, las devalúa, esto es bien sabido, reduce su poder de impresión. La saturación genera insensibilidad, ya que la conciencia debe disgregarse en proporciones muy reducidas para responder a tantos estímulos que demandan inapelablemente su correspondiente respuesta, y, así, nos vemos casi siempre sumidos en la abundancia pero incapaces de sentir o expresar lo que pareciera debería ser consecuente a tal estado: una gran alegría o profunda satisfacción, lo que se quiera, acaso el sabernos privilegiados por la bonanza sin límites que nuestra sociedad ha conseguido. Lo que habría de ser euforia, quizá la que solía expresar el término demasiado, apenas se queda en una resignación aquiescente, plácida, que pudiera recordar a la de los grandes felinos obligados a aceptar la comida abundante y los cuidados veterinarios que reciben en la reducida jaula de un zoológico. Nuestras manifestaciones ante la avalancha de cosas-productos-bienes-posibilidades-consejos-conminaciones publicitarias tuteadas, que se nos vienen encima penetrando cualquier resquicio de nuestro espacio vital, son paulatinamente más apagadas, casi indiferentes. En muchos de nosotros comienza a asomar el fantasma de la decepción, de la duda, de la insatisfacción, ante tanto demasiado.

En tal situación, se plantea una primera pregunta sencilla, de un sentido común aplastante: ¿Por qué esta sensación de frustración, de pérdida de tiempo en una especie de quimera soñada, de fantasía alucinatoria, a pesar de tantas cosas y recursos a nuestro alcance que se supone deben mejorar nuestras vidas en algún aspecto? La respuesta ya ha sido dada unos cuantos renglones más arriba. La segunda pregunta es bastante más difícil de responder que de plantear: ¿Por qué seguimos inmersos en esa forma de vida a pesar de saber que no es la que nos han prometido, la que nos hemos prometido, sino la que nos sume en un estado de duda permanente y corrosiva al cuestionarnos a nosotros mismos la razón por la que seguimos en esta imparable carrera hedonista? La presión social, la potentísima fuerza del hábito, la escasez y poca accesibilidad de modelos alternativos, las ventajas relativas a la seguridad –física y económica- ofrecidas por nuestro modelo de sociedad, son algunos factores que explican el estancamiento en las arenas movedizas del estado del bienestar –más bien consumo narcotizante- en que muchos nos vemos atrapados. Ello y el darnos cuenta de que hay un progreso innegable en muchas áreas de la vida, propiciado por el rápido desarrollo científico-tecnológico-industrial de la modernidad.

Pero el gran problema no es tal avance, sino el grado desmesurado e innecesario de propagación de sus subproductos en una infinidad de áreas, y la presión paralelamente en aumento para obligar a las personas a que adquieran, consuman, vean, piensen y sientan en concordancia, a que se hagan partícipes, en suma, de un modelo de vida desquiciado que sólo planifica sus etapas de sucesiva implicación en progresión geométrica, en aras de una globalización diseñada primordialmente para cebar las cuentas de resultados de las compañías multinacionales de turno. Se dice que los grandes logros de las sociedades occidentales modernas son la  información, la democracia, el estado del bienestar, de una manera superflua, irresponsable, como clichés socorridos que siempre suenan bien en la boca del político o personaje público de turno haciendo unas declaraciones frente al micrófono de un medio de comunicación. Nunca se especifica la calidad en cuanto a veracidad de contenido de la información, su dosificación para poder ser ponderada con cierta capacidad pensante y no recibida como otro anuncio televisivo más, en actitud claramente dócil y hastiada, ni los fines oscuros que propulsan a los dirigentes de los medios informativos. Tampoco se cuestiona realmente –siempre infinitamente menos que la promulgación de frases estereotipadas justificando su idoneidad- el estado de derecho, su funcionamiento, la honestidad y responsabilidad de sus dirigentes, la equidad de las prestaciones sociales. Los ciudadanos estamos en clara desventaja frente a los medios de difusión de masas; éstos pueden someternos a repeticiones inmisericordes en el sentido que más les convenga, o que más convenga a quien los paga, que viene a ser lo mismo, para inclinar el plato de la balanza en el sentido por ellos deseado. Tienen a su favor el arma del demasiado; al final uno claudica por aburrimiento, por no ser o parecer el raro de la película, por pura indefensión.

No obstante, sigue prendida una frágil llama en algún remoto paradero de la consciencia; algo no va bien, va descalabradamente mal, y uno lo sabe a ciencia cierta porque ha caminado pensando solo muchas veces, ha sufrido los envites del desamor y la soledad, ha leído y llorado con los grandes maestros de la poesía y la novela, ha sido inundado por el amor, si bien fugazmente, en sus manifestaciones más variadas e insospechadas.

Por alguna razón, todavía uno mantiene la concepción de otro modelo de vida y de persona, aún vislumbra entre nebulosas otros posibles marcos de referencia, sendas por las que caminar amando y respetando la naturaleza, contemplando su belleza, aceptando sus inapelables dictámenes, comprendiendo a los otros seres humanos y compartiendo con ellos La Tierra sin intenciones de explotación o predominio. Para ello se hace necesario prescindir del actual demasiado, de la absurda carrera por la abundancia desmedida, se hace necesario saber que, cuando logremos decir no a lo innecesario estaremos abriendo vías para que otras personas tengan lo necesario, para que el planeta pueda regenerar sus recursos y mantener su salud, que es la nuestra. Entonces se hará de nuevo popular, más así que en la década de los 70, el uso figurado de demasiado como la expresión de júbilo y maravillosa sorpresa ante situaciones y experiencias que acontecen intermitentemente en nuestras vidas.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS IMÁGENES