LOS INNUMERABLES OJOS DE DIOS

 

Aquel gran ojo de antaño -que seguramente recordamos- insertado en un triángulo en el inmenso cielo azul que domina la Tierra, se ha desintegrado en mil pedazos. No hay rastro ya de él. En su lugar, miles de ojos de metal, de formas cúbicas, esféricas o poliédricas, flotando en el espacio, circundan la Tierra captando y enviando imágenes, ondas de telefonía móvil, fotografías, textos, señales codificadas, escuchando conversaciones, descifrando guarismos encriptados, espiando movimientos militares y comerciales, en una apoteosis de desconfianza internacional mutua, de ansia insaciable de control y preponderancia – económica y militar- sobre territorios y naciones.

Pasaron aquellos tiempos en que el gran ojo triangulado -el ojo que todo lo presidía, que todo lo veía- ejercía una cierta y poderosa influencia en las mentes de las mansas masas, y el hombre abandonó la sumisión a las creencias, decidió romper los límites de cualquier ley impuesta, divina o natural, se lanzó a la conquista del espacio y a una exhaustiva post- colonización del planeta Tierra desde el espacio.

En algún momento –o sucesión de momentos, que poco importa en el cómputo del tiempo universal- se produjo esta transgresora ebriedad, cuando el gran ojo celeste parecía sufrir de unas severas cataratas y su visión se empobrecía, mientras el campo y los posibles objetos de su vigilancia se expandían en todos los ámbitos y direcciones.

Y se produjo un big bang del que comenzaron a extenderse por el espacio esta especie de diosecillos delegados, dioses con movimiento pero sin alma, rodeando incansablemente el planeta, tratando de reclamar mecánicamente aquellos atributos divinos que un día los niños aprendían y los mayores repetían en ocasiones: omnipresente, omnisciente, omnipotente… Y el reinado del hombre se expandió unos cientos de kilómetros por encima de la superficie terráquea hacia el cielo, hacia el espacio, en una inagotable carrera en la que el objetivo conseguido se constituía inmediatamente en punto de partida para el logro de otro más complejo, más potente, que se habría de alcanzar a la mayor brevedad.

Quienes manejan estos engendros nos dijeron que serían de gran utilidad para pronosticar el tiempo y monitorizar el cambio climático, para trasmitir señales de tv y radio, para medir las desviaciones del eje del globo terráqueo, para albergar redes de telefonía móvil, para avisar de plagas de insectos, y para tantas otras cosas que se han dado en llamar el progreso humano.

Pero nadie nos alertó de que su verdadera -aunque oculta- intención era espiarse los unos a los otros; no nos hablaron de las explosiones atómicas que estos ojos vigilaban y medían, ni de que se alquilaban al mejor postor sin tener en cuenta el fin para el que se iban a usar. Tampoco se nos dijo que nadie sabría qué hacer, cuando acabase la vida de estos engendros, con los restos de ellos que posiblemente caerían sobre la superficie del planeta.

Ni que, a pesar de ayudar a producir modelos matemáticos complejos sobre la evolución –hacia la catástrofe ecológica-, del cambio climático, no podían hacer nada por pararla, pues los gobiernos y empresas que los controlan están más interesados en beneficios económicos a unos pocos años vista, o en los resultados de las próximas elecciones, siempre a punto de celebrarse, que en actuar por el beneficio de la sociedad y de la vida en general.

No nos dijeron, en fin, que estos ojos se multiplicarían sin límite ni control, y que, pronto, las personas no nos comunicaríamos directamente entre nosotros, sino a través de ellos, de sus oídos –que también los tienen-, y que, en este trasiego incesante de comunicaciones, se perdería para siempre la privacidad, la intimidad, y, por tanto, el poder decir las cosas exclusivamente a la persona a quien van destinadas.

Ahora estos visores programados son aceptados más o menos tácitamente por todos, sin que nos paremos a pensar siquiera en la razón y propósito de su existencia, únicamente ávidos de disfrutar de sus emanaciones en forma de conversaciones por el teléfono móvil, programas de tv., compras mediante tarjeta de crédito o por internet, y tantas otras cosas que quizá ni podemos imaginar pero que seguramente están por venir…

Mientras que aquel otro ojo triangulado pretendía saberlo todo sobre las conciencias que vigilaba, las de todos los  seres humanos allá abajo, en un planeta que parecía casi de juguete, estos otros ojos están más interesados en “la información” -el estado de sus movimientos y viajes, de sus  cuentas bancarías y préstamos, de sus hábitos de consumo y de todo aquello que los pueda ayudar a exprimir por completo al inadvertido ciudadano, a extraer hasta el límite sus recursos económicos, tanto los ya generados, como los que aún se puedan producir en el futuro, y, lo que es más importante, privarle de la cuota de libertad que le es inherente y debida por el mero hecho de ser persona.

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS IMÁGENES