ACTORES, ESPECTADORES Y OTROS BINOMIOS INEVITABLES
Una posible dicotomía de los tipos humanos es la que los cataloga en dos clases, los actores y los espectadores, o, como también se les puede llamar, los activos y los contemplativos.
Los primeros suelen estar continuamente ocupados en hacer algo –y normalmente hacen gala de ello- ya sea, en el trabajo, que nunca consideran suficientemente bien terminado, en casa, donde trajinan sin descanso porque siempre ven todas las cosas que quedan por hacer o las que están mal hechas -y se sienten aguijoneados por ellas-, o en cualquier otro lugar y circunstancia-; incluso en los viajes y otros momentos de ocio raramente están quietos, pues el estar relajados e inactivos les produce una suerte de desazón, a veces incluso un cierto remordimiento de conciencia.
Los segundos se sitúan en el polo opuesto al de los actores. De natural relajado y parsimonioso, se toman la vida con un paso más lento, con un cierto espíritu de conformismo que los inclina a buscar y dar prioridad al estado completado de tareas y obligaciones. Si hay que hacer limpieza en la casa, ellos no se fijan demasiado en los detalles, y consideran la tarea terminada en base a una rápida y superficial mirada desde una perspectiva más bien alejada; en el trabajo, creen decididamente que no hay que ser perfeccionista en su quehacer, sino buscar una razonable terminación de sus tareas, y, si hiciera falta, pedir la ayuda de algún o alguna colega para incluir ciertos detalles e informaciones que pudieran precisarse y que ellos no han tenido en cuenta; en el ámbito doméstico, son los que primero ocupan una posición repantingada en el sofá y evitan con gran maestría el recoger la mesa y ordenar la cocina después de comer, y los que siempre se quitan inadvertidamente de en medio cuando hay ocupaciones apremiantes en la casa. Por el contrario, son personas que destacan en los momentos placenteros, en los viajes y excursiones, quienes más disfrutan cuando no hay obligaciones ni horarios, sino que solo hay que ser conducidos cómodamente a hermosos lugares y a eventos entretenidos en los que todo está orientado hacia su delectación.
Otros dividen en dos las categorías de las personas: los estafadores y los estafados. Aquella minoría inteligente y avispada que se hace rica a costa de la gran masa, o sea los ignorantes o engañados. En no pocas ocasiones, el mismo individuo juega estos dos papeles sucesivamente; a veces puede ser el estafador, el que se aprovecha del prójimo, y, algunas otras, quien resulta engañado por alguien más. Todo depende de las escenas que se estén representando en un momento dado en el gran teatro de la vida. Una persona puede ser un halcón financiero y al mismo tiempo resultar engañada por su pareja en el ámbito sentimental. Claro que en el mundo de las cifras masivas, que afectan a muchos millones de personas, y para hacer una generalización fácil y ampliamente aceptada, los grandes financieros y los políticos de alto nivel, suelen encasillarse en el primer grupo, al menos en los aspectos materiales del poder, con las innumerables y retorcidas connivencias que se entretejen entre estos dos categorías, mientras que la gran masa social, los ciudadanos de a pie, los contribuyentes, formaríamos parte del segundo grupo.
Al igual que en tantos otros ámbitos de la vida, vemos en estos contrastes, una dualidad que parece impregnarlo todo. Desde una visión más cósmica, una que va más allá de los infinitos e infinitesimales trajines de los seres humanos, están los ciclos del día y la noche, el sueño y la vigilia, la felicidad y el dolor, la guerra y la paz, lo bello y lo feo… Los ciclos naturales que, tanto en el exterior como en el interior de nuestro cuerpo, se producen y suceden inexorablemente; y esos ciclos casi siempre incluyen estados y/o energías contrarias. Desde este punto de vista, los opuestos son necesarios, pues son parte de un todo, son simplemente la expresión temporal y muy transitoria de un determinado momento del ciclo. Y estos estados opuestos, –tanto si nos resultan favorables como si no- son necesarios para que el ciclo se produzca y se complete; sería inconcebible la ausencia de contrarios, un mundo plano donde siempre fuera de día y no existiera el sueño, donde perpetuamente luciera el sol o lloviese sin interrupción, donde todo el mundo fuera siempre risueño y complaciente con los demás, donde no existieran los polos opuestos, la otra cara de la moneda.
En el ámbito del mundo interior
cada individuo hay una pareja de fuerzas opuestas que están en permanente pugna por tomar el control de sus
pensamientos, sentimientos y deseos y, en última instancia, de su conducta. Uno
de estos dos pares, que podemos llamar el yo
conocido, es lo que percibimos como nuestra identidad familiar, la que es
esperable y casi siempre predecible, nuestra forma habitual de pensar e interactuar con el mundo exterior y los
otros; la otra es una fuerza desconocida que surge impetuosamente en nuestra
mente para arrasar el yo consciente conocido y desplegar fuertes y variadas
emociones, violentas reacciones, a veces, que arrasan los territorios conocidos
de nuestra personalidad para imponer sus propias e irracionales leyes… , la que
nos hace cuestionarnos con fuerza cerca de nuestra verdadera identidad… ¿De dónde ha salido este arrebato? No me
reconozco…, ¿soy yo así realmente?
El psicólogo e intelectual suizo Carl Gustav Jung, explicó esta dicotomía dentro de su sistema de los arquetipos del inconsciente; él denominó la sombra a una parte fundamental del yo, la del inconsciente del psiquismo humano, que está en un permanente intento de aflorar al consciente individual –la otra parte-; la sombra está compuesta por fuertes impresiones anímicas que no han podido ser asimiladas por el yo racional, es decir, por todas aquellas fuerzas, emociones e impulsos – sumamente poderosos- de nuestro carácter que resultan inaceptables a nuestra mente consciente porque causan una dolorosa contradicción entre ella y los valores en los que hemos sido educados, tanto en cuanto a nuestra propia imagen como en la relación con los demás: la ira, el miedo, la agresividad, la lascivia, el odio… se consideran emociones negativas, execrables, que se deben mantener siempre bajo control y, casi siempre, impedir su aparición. Son manifestaciones irracionales del ser humano, a menudo incontrolables, que contrastan poderosamente con esos otros valores que se aceptan como apropiados, deseables, políticamente correctos, tales como la amabilidad y la urbanidad, los buenos modales, la bonhomía, el afecto y la lealtad, en los que somos educados desde el nacimiento por la familia, la sociedad y la religión.
Lamentablemente nuestro deseo y esfuerzo para rechazar tales impulsos no los hace desaparecer, antes bien, fortalece su manifestación; una y otra vez somos obligados a tolerar dolorosamente su avasalladora presencia en el escenario vital en el que se producen, sintiéndonos ampliamente superados por su fuerza e intentando apagar el fuego de su aparición, y devolverlos al lugar de donde provienen. La sombra es el polo opuesto de las cualidades deseables de la mente consciente; sus abruptas erupciones son las principales responsables del resquebrajamiento de nuestro yo familiar -con el que estamos habituados a identificarnos, nuestra inclinación a la deseabilidad social, es decir, a mostrarnos tal y como los otros esperarían- y que sustenta la necesidad de estabilidad y seguridad de nuestra identidad frente al mundo y a los demás.
Entonces, ¿qué hacer –si es que puede hacerse algo- para evitar o hacer más tolerables estas irrupciones de la sombra?
En principio, podríamos pensar que es una cuestión de fuerza de voluntad, de no permitir que estos impulsos penetren en nosotros y tomen el control de nuestro yo consciente, el yo que reside en un patrón de elementos interconectados en la mente, de circuitos neuronales frecuentemente utilizados que transitan por diferentes áreas del cerebro. Se trataría, pues, de impedir que nos asalten y controlen nuestra consciencia cuando aparecen… Pero aun así, fallamos una y otra vez en estos propósitos; nos superan, haciéndonos penosamente patente que las emociones tienen una fuerza que la razón no puede domeñar, y que hay energías dentro de nosotros que tienen su propio mecanismo de acción, que no está sujeto al que estamos habituados a operar.
De acuerdo a la teoría jungiana, las manifestaciones de la sombra no tienen como objeto desafiar o amenazar al yo consciente, sino más bien hacerle saber que están ahí y que importan, y reclamar su legítima posición en la totalidad del psiquismo individual. Por tanto, la respuesta en esta tesitura no puede ser una oposición frontal, como si de una batalla se tratase, sino más bien, reconocimiento y aceptación, o sea, dejar de considerarlas como enemigas amenazadoras para verlas como nuevos seres que nos eran desconocidos pero que estamos obligados a conocer, algo así como la aparición de familiares lejanos que nunca antes habíamos visto, quizá provenientes de países distantes, y con los que debemos, sí o sí, aprender a relacionarnos. A medida que las distintas energías o impulsos de la sombra se vayan haciendo conscientes en nuestra mente, o sea, que reconozcamos lo que son y donde se originaron, irán perdiendo su poder desestabilizador y se integrarán en el yo, es decir, pasarán del inconsciente al consciente del individuo.
La salud mental de las personas –su equilibrio psicológico- depende en gran medida de su capacidad para comunicarse con estos dos aspectos del yo; no hay que temer a la sombra ni intentar ignorarla, sino tratar de comprender su origen e integrarla gradualmente en la totalidad del yo.
En la filosofía oriental de corte taoísta, y posteriormente en la corriente Zen del Budismo, encontramos el muy importante y conocido binomio del Yin Yang, que nos puede muy bien ayudar a compendiar y concluir este escrito. Estas dos fuerzas son complementarias y opuestas, y representan la dualidad presente en todo el universo. Provienen del Tao, el principio supremo y originario de la realidad.
El Yin incluye lo femenino, la pasividad, la oscuridad la luna, el frío, la noche
El Yang comprende lo masculino, la luz, la actividad. El sol, el calor, el día.
Ni el Yin ni el Yang pueden existir el uno sin el otro, y cada una contiene el germen de la otra. El equilibrio entre ambas es fundamental para el equilibrio natural.
Así pues, las discrepancias o contradicciones que tan a menudo percibimos desde nuestra muy limitada consciencia del ego, tanto en la percepción y experiencia de nuestro interior como en las del mundo exterior, resultan ser partes integrantes necesarias de un orden universal que se manifiesta mediante fuerzas opuestas, y cuya finalidad es su integración en el todo inefable que todo lo abarca, o, según la tradición taoísta, en el Tao.
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