LA BUENA GENTE Y LOS POCOS BUENOS

 

Se dice –con infinita ingenuidad popular- que la mayoría de la gente es buena, que tan solo hay unas pocas personas malas en el mundo. Sin entrar en las obligadas preguntas de qué o quién es malo o bueno y qué le hace tal, podemos fácilmente estar de acuerdo en el núcleo del problema que se plantea a continuación: esos pocos malos, situados en las posiciones de poder, controlan, en alguna medida, las vidas de los otros muchos, en variados e importantes aspectos de la existencia. 

Está comprobado históricamente que si se produce un cambio de sistema político, por los medios que sean, por el que unos pocos de entre los muchos logran reemplazar a los pocos que anteriormente manejaban los resortes del poder, los nuevos pocos mimetizan enseguida la actuación de los anteriores, por lo que no se consigue realizar mejoras substanciales en las condiciones de vida de los muchos.

Pero cabe pensar que hay otro reducido grupo de individuos que, aun si lograsen alcanzar la posición privilegiada de los pocos en control, seguirían fieles a sus ideales de auténtica justicia y progreso social, aunque – seguramente y precisamente por ello- serían pronto expulsados a su posición de partida entre los muchos.

Esa clase de personas existe, si bien en número reducidísimo, a pesar de que la minoría dirigente se esfuerza siempre en obstaculizar su acceso a las posiciones de mando. De cualquier modo. Me parece bueno –humana y socialmente saludable- mantener la esperanza de que en algún momento, en algún lugar, esos pocos auténticos consigan realizar sus ideales y posibilitar un cambio genuino en la sociedad –en el sentido de hacer valer sin ambages los derechos humanos y suprimir la explotación y el abuso-, por mucho que esta idea pueda considerarse utópica hasta el extremo.

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