LAS DOS BURBUJAS DEL TURISTA
¡Qué gran placer es el viajar! El
cambio entre la diaria rutina y la irrupción repentina en un mundo nuevo, entre el trabajo de
siempre y el ver y escuchar a gentes diversas, hablando otros idiomas a veces, y
el observar ciudades y paisajes diferentes nunca antes contemplados; el cambio
entre las frustraciones ocasionales causadas por quién sabe qué personas, a
veces cercanas, o el tedio de tener que representar el papel esperable de uno
ante los demás, y las insólitas y espontáneas confusiones que suceden en el
momento más inesperado como consecuencia del diferente habla y símbolos
culturales y que provocan estruendosas carcajadas; entre la comida habitual que
uno tan bien conoce y los sabores de guisos nuevos, exóticos, propios de la
nueva cultura que le recibe.
Es
verdaderamente un deleite, uno de los mayores placeres en la vida, y, sin
embargo, el turista apenas se percata de que ha salido de su lugar de
procedencia. Continúa añorando pautas y
horarios de su vida diaria, se acuerda a menudo de lo que estaría haciendo en
ese mismo momento si estuviera en su lugar de origen, mantiene frecuentes
conversaciones por el móvil en lugar de observar y empaparse de todo lo que le
rodea: personas, olores, imágenes y sonidos, pájaros y tantos otros animales,
domésticos o salvajes, flores, árboles…. En fin, está pero no está; es un ser
ambivalente, con su mente a caballo entre lo conocido y lo nuevo, pero que
quiere aprehender y asimilar lo nuevo a través de los viejos clichés, de los
esquemas mentales que se ha ido fabricando durante años, de su marco de
referencia.
Se encuentra
cómodo en los centros comerciales, en medio de las cadenas de tiendas que le
son familiares y que están en todas las grandes ciudades. Compra los suvenires
que toca según la ocasión, camisetas, llaveros, imanes para la nevera, o lo que
sea; visita los monumentos y lugares que todo el mundo visita: palacios,
catedrales, castillos, jardines y plazas, donde se empapa de la historia
oficial, la de los poderosos, los que eligieron cómo contar la historia,
quedando siempre ellos en los puestos honoríficos, como protagonistas de los
acontecimientos más importantes en el devenir de su país y de su cultura;
muchos de los otros –ciudadanos desconocidos- no les podrán disputar el honor,
pues hace ya mucho tiempo que yacen bajo tierra, habiendo perecido en guerras y
otras calamidades, o al final de una existencia mísera y anónima.
Los turistas llegan al país que
visitan envueltos en sus burbujas, y se sumergen en otra gran burbuja preparada
allí para ellos, la burbuja de la boyante industria del turismo; y así,
multitud de burbujas pequeñas son absorbidas por la gran burbuja con los McDonalds y los Burger King, las franquicias de ropa y de toda clase de artículos
que quepa imaginar, por los turoperadores y los barrios típicos –que ningún visitante se debería perder-,
y pronto se acomodan a la plácida modorra de lo conocido, lo repetido, y sus
burbujas comienzan a acoplarse perfectamente a la gran burbuja…
La historia se repetirá en sus países
de origen a la hora de recibir gentes de otras procedencias, que vendrán con
sus burbujas y que serán absorbidos de buen grado por la gran burbuja, y que
contarán satisfechos sus viajes y lo que allí vieron, comieron y compraron, y
la fabulosa experiencia que tuvieron… En el proceso el dinero se mueve, cambia
de bolsillos, las tarjetas de crédito centellean compras y consumiciones,
billetes de avión y habitaciones de hotel… La industria turística en plena
ebullición…
¿Alguien habló de viajar? ¿Acaso viajar
es lo mismo que hacer turismo?
Actualmente viajar es el medio de
hacer turismo, no es un fin en sí mismo, y hacer turismo es repetir la misma
vida que se lleva en el lugar de origen en otro entorno diferente, siguiendo
pautas definidas y temporalizadas por los agentes de la industria turística,
viendo y comiendo las mismas cosas que siempre salen en las noticias cuando
hablan de ese lugar, o sea, lo típico,
recorriendo las rutas turísticas y encontrándose en ellas con otros miles de
turistas embarcados en la misma nave, percibiendo ocasionalmente a los
lugareños como una suerte de accidente fortuito y extraño en medio de la turba
foránea armada con sus móviles, sus mochilas
light, sus gafas de sol y su
atuendo para la ocasión.
Yo creo que viajar debería ser una
actividad abierta, no cerrada; de igual manera que hay preguntas abiertas y
cerradas -las primeras que solo aceptan una respuesta afirmativa o negativa y
las segundas que suscitan los detalles del qué, quién, cuándo y de qué manera-
el atravesar grandes distancias en pos de un lugar nuevo, una civilización
diferente, unas gentes diversas, unas costumbres desconocidas, puede hacerse
mediante el viaje o mediante un paquete turístico, según uno tenga en mente o
bien el placer y la aventura de viajar o bien el visitar un lugar nuevo con un
programa fijado y predecible y, por supuesto, con el seguro de viaje incluido.
En el primer caso hay que estar dispuesto a tener contratiempos, a pasar por
circunstancias inesperadas, a veces desagradables, así como a momentos de
increíble belleza que no se habían sospechado, mientras que los desplazamientos
turísticos apenas dejan lugar para estos eventos imprevistos.
Sin pretender la hazaña imposible de
emular a grandes viajeros de la historia: Marco Polo, Cristóbal Colón,
Magallanes y Elcano, Thomas Cook y tantos otros, que arriesgaban sus vidas en
aventuras exploratorias, –muchos de ellos perecieron en estas empresas- hay un
modo de viajar más independiente que el del mero turismo, donde el viajero es
el principal protagonista de su viaje, el que decide dónde ir, qué rutas seguir
y qué lugares visitar (bien entornos
naturales, bien monumentales, sin desechar otras posibilidades, como antiguas
rutas de ferrocarril, la ruta de la seda, los vestigios arqueológicos de
antiguas civilizaciones…) Todo ello dejando siempre lugar a la observación sin
pretensiones y relajada de lugares, personas y acontecimientos espontáneos
imprevistos que, a menudo, resultan ser las experiencias más entrañables del
viaje: aquellas que se recordarán durante largo tiempo como ocasiones
especiales que, en un breve lapso, nos dejaron una potente muestra del espíritu
del lugar, haciéndonos entender su sentido, así como el sinsentido de algunos
de nuestros rasgos y convenciones culturales.
La vida es también un viaje, y no solo
en el sentido metafórico que a veces le otorgamos. Constantemente nos movemos a
través del tiempo, o viceversa, nuestras células están mudando y
reproduciéndose sin cesar, nuestros esquemas y relaciones familiares pasan por
continuos altibajos y ajustes. En cuanto al espacio, a través de este estamos
asimismo en constante mutación, ya sea a pequeña escala y con retornos
previsibles, o en mayor medida atravesando distancias más extensas.
Parece que Heráclito de Éfeso había
observado ampliamente los cambios de la vida antes de proponer su filosofía del
constante flujo de la realidad. Y estos cambios siempre demandan –tanto antaño
como ahora- flexibilidad y adaptación. A la inercia del hábito de lo conocido
–que tomamos con complacencia como medida de seguridad y predictibilidad- se
contrapone la novedad de los fenómenos cambiantes, de las nuevas ocurrencias
que nos acontecen y que nos fuerzan a abandonar la certidumbre del statu quo conseguido hasta la fecha,
para afrontar nuevos retos y encontrar formas de resolver o asimilar los hechos
y circunstancias que aparecen inesperadamente en el panorama de nuestra vida.
Así, el hombre progresa, nuestra especie se mueve constantemente hacia delante,
inventando y mejorando técnicas de todo tipo, aprendiendo a mitigar catástrofes
naturales o procesos físicos ignorados, doblegando, para bien o para mal, la
naturaleza.
El viaje de la vida es un
aprendizaje, -a veces obligado, otras motu
proprio- que nunca nos deja en el mismo estado en el que nos hallábamos tan
solo instantes antes de adquirirlo o fracasar en el intento. Como el psicólogo
Erik Erikson propone, el aprendizaje es el resultado del enfrentamiento de dos
estados del yo: el yo asentado, que conoce o sabe enfrentarse a ciertas situaciones
y el yo que desconoce o no sabe cómo resolver una nueva situación; el resultado
suele ser que la persona sale de lo conocido, o sea, de su zona de confort,
para alcanzar total o parcialmente el nuevo estado de conocimientos o destrezas
requerido por la nueva situación u ocurrencia; así, el aprendizaje sería la
resolución o síntesis de este contraste de estados, el de la experiencia
adquirida y el de las nuevas experiencias por alcanzar, un nuevo estado que
incorpora a nuestro conocimiento anterior elementos previamente desconocidos.
En el viaje que nos ocupa –el de
conocer lugares nuevos- , el viajero siempre vuelve cambiado; se ha expuesto a
vivencias muy otras de las que figuran en su inventario y, en consecuencia,
inevitablemente ha adquirido un bagaje ampliado de su representación del mundo
y de sus habitantes y culturas. No tanto así el turista, quien, inmerso en su
burbuja y en la burbuja ampliada de la industria turística, no ha podido
asimilar–al menos, no en la misma medida que el viajero- las nuevas vivencias
que se le han brindado.
En última instancia, la decisión
entre estas dos formas de acercarse a nuevos lugares y culturas, dependerá del
tipo de persona que la adopte. Gentes con una actitud temerosa hacia el mundo,
precavidos por naturaleza –incluso en sus lugares habituales de residencia-
preferirán seguramente el turismo al uso, los viajes altamente planificados y
seguros. A veces, si el grupo de
viajeros está formado niños o personas mayores ello influirá en la elección del
tipo de viaje elegido.
Pero, en cualquier caso, tal como yo
lo veo, la cuestión de fondo es el contacto como requisito para la
comunicación. Si queremos comunicarnos realmente con personas ajenas a nosotros,
a nuestro estilo de vida, el contacto es una cuestión esencial, y cuanto más
directo sea este, así también mayor será la calidad de la comunicación. Y para
ello es preciso hacer explotar las burbujas que nos encapsulan en la mentalidad
del turista al uso, del cliente ideal de las agencias de viajes, para acceder a
nuestro yo más auténtico y esencial, el de un verdadero ciudadano del mundo.
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