EL MUERTO AL HOYO Y EL VIVO AL BOLLO
A
menudo observo nuestra autocomplacencia ante el infortunio del prójimo. Parece
ser que un cierto placer se manifiesta en nosotros cuando vemos cómo algo se le
cae estrepitosamente al vecino de mesa en una cafetería, o alguien da un mal
paso en un gimnasio y va rodando por el suelo con las pesas, o contemplamos una
colisión de coches en medio de la calle, junto a nosotros. Hay ocasiones en las
que incluso hemos de ocultar las sonrisas que pugnan por salir del rostro…
De
niños, más de uno nos hemos hecho caca en los pantalones cuando no podíamos
aguantar la barriga y el profe no nos daba permiso para ir al retrete. Si el
percance llegaba a hacerse notorio, posiblemente por el fétido olor producido,
las carcajadas de escarnio del resto de la clase seguramente se podían oír
hasta en el último rincón del colegio.
Está
claro que para un probo mortal, los errores, los accidentes, y las situaciones
embarazosas son ocurrencias inevitables que se producen a menudo -si bien a
unas personas más que a otras-en tiempo, lugar y forma imprevisible. Nadie es perfecto,
aunque tan a menudo nos jactemos de serlo, o de aproximarnos bastante… Pero lo
cierto es que todos cometemos errores, nuestros sentidos son imperfectos,
estamos sujetos a la ilusión -de tomar por real lo imaginado o deseado- y
frecuentemente se pone de relieve nuestra tendencia a engañar, como bien ponen
de manifiesto algunas filosofías orientales.
El
conocido dicho de “la vida es breve y morir se debe” bien podría acomodar otro
parecido en el que “morir” fuera substituido por “errar” o “fallar”.
Muy
a menudo, en los velatorios, algunos amigos, parientes y conocidos del
difunto/a se creen en la obligación de proporcionar distracción al círculo más
próximo al fallecido/a… Cuentan chistes y se muestran joviales y alegres,
hablan de fútbol y de los últimos modelos de coches, de fulanito y menganita,
mientras se sirven algunas colaciones, café, chocolate, picatostes, galletas,
tapas varias, cervezas y vino, lo que encarte... Su alegría es aparente y su
compasión falsa. Con la boca chica se lamentan por la desgracia acaecida, dicen
que “nadie se lo esperaba” o que “aún era joven y tenía mucha vida por delante”,
pero si se observa con alguna penetración, hay una cierta alegría en ellos…
Quizá por saber que mientras el/la infeliz la ha palmado, ellos están todavía
en el mundo de los vivos…. “El muerto
al hoyo y el vivo al bollo”
Hay
un sadismo innato en las personas -podrían apuntar algunos psicoanalistas- por
el que nos alegramos de las desgracias ajenas. Pero no es tan solo eso. Parece
ser, más bien, una alegría por comparación con el infortunio de los otros. Por
un momento se nos recuerda que estamos sujetos a las leyes de la naturaleza, y
lo que le ha pasado al fallecido, accidentado o, en general, al infortunado,
nos podría haber sucedido a nosotros mismos; mas, como no ha sido así,
¡alegrémonos! ¡Tenemos aún tiempo para disfrutar de la vida! Aunque esta sea
breve, muchas veces se nos hace eterna, inconcebible su final. La muerte les
está reservada a los otros, no a mí (por el momento).
Ciertamente,
en puridad, nadie puede saber por e3xperiencia lo que es la muerte, ya que cuando
uno muere no es consciente de nada y por tanto, en ese sentido, la muerte no
existe para el que fallece, sino, más bien, para los observadores externos, que
pueden comprobar cómo alguien que hacía un instante vivía, ya no lo sigue
haciendo, y han dado en llamar “muerte” a esa transición. Antonio Machado una
vez dijo que no deberíamos preocuparnos por la muerte, pues, “Cuando la muerte
es, nosotros no somos, y cuando nosotros somos, la muerte no es”.
Aun
así, es natural el miedo al fin de la vida, si no se le quiere llamar muerte.
Todo lo que conocemos está aquí, nuestra casa, nuestra familia y amigos,
nuestro patrimonio. Y todo habremos de dejar sin apelación cuando el momento
llegue. Nuestros seres queridos, nuestros placeres, nuestros hábitos, charlas,
paseos, el ver la luz radiante de un día soleado, el conocer nuevas tierras y
países… Todo ello nos será expropiado sin remisión. E imbuidos por el terror a
este momento, a esta desgarradora expropiación de todo aquello en lo que
basábamos nuestro ser y estar en el mundo, nos negamos a aceptarlo, evitamos
pensar en ello, o puerilmente imaginamos que la muerte solo atañe a los otros,
probablemente de más edad, o con alguna enfermedad terminal.
Solo
a alguien que ha experimentado el hálito de la muerte en sus carnes, que ha
estado a una fracción de segundo, a unos milímetros de la guadaña que la negra
dama esgrime, no le es posible caer en esta falacia. Cuando contempla los
últimos momentos de la vida de alguien, o incluso cuando está en presencia de
un difunto, lo único que le es dado hacer es hermanarse con esa persona,
sintiendo poderosamente el vínculo de una condición común. Solo es cuestión de
tiempo, y el tiempo es fugaz, rápidamente se escurre por entre nuestros deseos
de felicidad y permanencia, y, al fin, nos confronta a todos con esa realidad
fundamental de nuestra existencia, que es, precisamente, su final.
Me parece que, a menudo, detrás de la pose social políticamente correcta, está una actitud de mezquino egoísmo que contempla la suerte de la propia supervivencia. Deberíamos aprender la verdadera empatía a lo largo de la vida.
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