CASUALIDAD Y CAUSALIDAD
Es fácil comprobar
que estas dos palabras tienen las mismas letras, aunque tres de ellas se hallan
en distinto orden. El resultado: dos conceptos muy diferentes y casi
antagónicos en cuanto a significado y a las implicaciones de asignar uno u otro
a los eventos que se nos presentan en diversos momentos de la vida.
El diccionario de
la real academia ofrece una definición bastante pobre, según me parece, del
término casualidad: "Combinación de circunstancias que no se pueden prever
ni evitar". Creo que faltaría añadir algo así: "cuya concurrencia no
puede ser atribuida a causa alguna conocida". Es decir que los acontecimientos
o circunstancias que confluyen en lo que llamamos casualidad puedan ser
identificados como efectos de causas diversas, aunque no así el hecho de su
ocurrencia en sincronía. Por ejemplo, si yo me presento a unas oposiciones muy
importantes para mí y veo que hay una mujer en el tribunal con la que tuve una
riña muy acalorada acerca del valor de la enseñanza reglada y las pruebas
competitivas de acceso al trabajo, que acabó en un griterío histérico, lo
verdaderamente importante del episodio no es que yo hubiera tenido una pelea
dialéctica con la mujer en cuestión, ni que la hubiera encontrado de nuevo en
mi camino, circunstancias cuyas causas pueden ser explicadas sin mayor
dificultad, sino que estas dos circunstancias coincidieran en tiempo y lugar y
en un contexto específico que hacía su ocurrencia lamentablemente significativa
para mí. La causa de esta coincidencia es más difícil de determinar, ya que al
implicar más elementos y ante la imposibilidad de comprender la relación entre
éstos, la dificultad para entender el evento como un mosaico variado en el cual
las partes que lo componen se acoplan ajustadamente en un orden temporal y
espacial, aumenta geométricamente. Por lo tanto, me parece que la cualidad
esencial del concepto de casualidad es la ignorancia de la causa de la
coincidencia de una serie de hechos que por sí solos hubieran tenido un
significado muy diverso, quizás hasta intrascendente, aunque explicable. En
este sentido es frecuente comprobar cómo, en ocasiones, lo que para alguien es
casual, no lo es para otra persona que conoce o tiene acceso a información más
completa de la situación.
Con el fin de hacer posible un estudio no causal de los "casos", que solamente considere el efecto, surgen la matemática probabilística, la combinatoria, y, en un orden superior, la estadística, que se ocupan de hipotetizar cómo las casualidades dejarían de serlo, para hacerse predecibles, al aumentar hasta el infinito el número de sus posibles ocurrencias. El origen de la palabra casualidad sería, bajo esta perspectiva: caso, y, así, la probabilidad de la ocurrencia de un caso cualquiera sería la relación entre el número de veces que ha ocurrido y el número de veces que podría haberlo hecho. Por ejemplo, la probabilidad de que al salir por el portal me encuentre con un tío mío que vive en Venezuela y al que sólo había visto una vez anteriormente, puede ser de 1 entre 10.000, o sea de 0,0001 (de diez mil veces que he bajado por la escalera me he encontrado con mi tío una sola vez). Según la teoría probabilística, cuanto más se acerque el número de mis bajadas de escalera al infinito, más cerca estaré de cumplir la probabilidad de la que partíamos. Sin embargo, veo algunos problemas en este enfoque:
1) La probabilidad se define a
priori, es decir, considerando un número muy limitado de casos, en lugar de
hacerlo en base a infinitas posibilidades de ocurrencia, lo cual sería
imposible en la práctica.
2) La ocurrencia de los eventos
probables se considera como mera aparición espacial, soslayando muchos otros
aspectos de los objetos o eventos que, en teoría, podrían contribuir a su
presencia (véase el concepto aristotélico de las diversas causas que generan un
solo efecto).
3) Por último y por lo que me
concierne en estas líneas, no creo que el asignar un dígito como probabilidad a
la desastrosa situación de encontrarme con la antipática mujer de mis rabietas
en lugar y ocasión tan inconveniente, me vaya a ayudar a salir con desahogo de
la trama, y no quiero ni pensar en hacer esa probabilidad más fiable
incrementando el número de mis presentaciones a esas oposiciones hasta el
infinito. Por ello, yo, como supongo haríais muchos de los que me estáis
leyendo, renuncio a tratar de determinar más precisamente la posibilidad de que
tal situación se vuelva a repetir, y en su lugar, me quedo satisfecho
llamándola "una casualidad", quedándome con cara de "reo
arrepentido", en su momento, y jurando que jamás me volverá a pasar una
cosa como ésta.
Vamos
ahora a abordar la segunda palabra de las dos tratadas, en cuanto al importante
concepto que encierra. El diccionario de la real academia la define como:
"ley en virtud de la cual se producen efectos". Una situación no
casual y sí causada podría ser la siguiente: en mitad de la fogosa discusión
con la mujer del ejemplo inicial, averiguo que va a ser miembro del tribunal
que evaluará las oposiciones que tanto me importan, cambio gradualmente el tono
de mis afirmaciones hasta que sintonizan con las suyas y siento que la
adrenalina en mi cuerpo vuelve a su nivel acostumbrado; cuando la conversación
se hace más amigable, le explico lo importante que es para mí acceder al puesto
de trabajo convocado. De este modo, la situación de nuestro encuentro durante
las oposiciones, se convierte en un suceso predecible y hasta cierto punto
controlado, en el cual tanto los componentes por separado como el evento
completo pueden verse como efectos de ciertas causas.
La ciencia y la
filosofía persiguen el conocimiento del hombre y del mundo por medio del
principio de la causalidad; la primera está interesada en explicar fenómenos
empíricos, esto es, directamente observables por nuestros sentidos o por
extensiones tecnológicas de estos que magnifican o afinan su poder de
captación; por tanto la explicación científica del mundo físico se compone de
todo un entramado de conexiones causales (necesarias y/o suficientes) entre
fenómenos, de manera que éstos son comprendidos como generados por otros
(substanciales o energéticos). Por ejemplo, el movimiento de un cuerpo resulta
ser el efecto causado por su energía cinética y potencial, y mediado (causa
accesoria o moduladora) por su peso, rozamiento con el medio por el que se
traslada y otros factores. El establecimiento de leyes científicas ha
consistido principalmente en descubrir relaciones causales regulares entre los diversos
elementos del mundo fenoménico; para este fin ha sido y es imprescindible la
percepción cada vez más penetrante y potente de partículas de materia y ondas
de energía; ampliar nuestra aprehensión de la materia y la energía supone
consiguientemente hacer lo mismo con las relaciones causa-efecto de los objetos
y por ello, contribuir al corpus científico con nuevas y más precisas leyes
científicas.
Pero a medida que
la ciencia ha ido refinando sus métodos y técnicas de observación y
experimentación, nuevas relaciones causa-efecto han ido apareciendo y otras ya
existentes se han ido ampliando o modificando para acomodar nuevos hallazgos:
así, fenómenos que en un tiempo eran casualidad u ocurrencia fortuita para el
saber común e incluso para la ciencia de la época han pasado a ser leyes o
hechos perfectamente explicables por leyes causales; el mismo fenómeno ha sido
considerado casual y causalmente dependiendo del acervo de conocimiento del
observador. Por tanto, se puede pensar que acontecimientos que nos parecen
fruto de la casualidad en nuestra vida cotidiana e incluso fenómenos del mundo
físico que la ciencia considera producto de una combinación azarosa de fuerzas,
pueden no serlo y sí en cambio estar causados por realidades energéticas
simples o complejos encadenados de energías que escapan nuestra comprensión
actual.
La filosofía también busca el conocimiento del hombre y del mundo mediante la ley de causalidad, aunque amplía su objeto de estudio a dimensiones conceptuales aprehensibles por el intelecto, a diferencia de la ciencia, que únicamente se ocupa de la realidad observable. Volviendo al ejemplo ya conocido: supongamos que yo soy una persona muy autoritaria, con opiniones fijas e intolerantes, que no escucha ni valora las opiniones de los demás, sino que trata de imponerles las suyas por todos los medios; el efecto de este tipo de actuaciones serán discusiones acaloradas con las personas, como la que tuve con la dama del tribunal. Pudiera yo pensar en la casualidad que supone el acabar discutiendo con casi toda la gente con la que trato, si no recapacito y me doy cuenta de que la intolerancia de mi carácter puede ser la causa de ello. Aun más, situaciones límite como la de encontrar a la mujer del tribunal en situación tan crítica, pudiera no ser casual como parece a primera vista, sino una situación diseñada para hacer más patente mi problema de relaciones humanas, ya que he venido rehusando reconocerlo por medios menos impactantes en repetidas ocasiones. Esto supondría un paso adelante en la concepción de la causalidad; la de una ley no solo de la materia física, sino también de eventos mentales o psíquicos, y lo que es más importante, como un principio universal con una finalidad, es decir no simplemente reactivo (explicación del efecto por la causa, que le precede), sino también proyectivo (causa-efecto-fin). Desde esta perspectiva, el universo estaría en un constante movimiento hacia un estado meta (no necesariamente estático), un movimiento progresivo de la consciencia hasta su actualización, es decir, el conocimiento incondicionado de su quintaesencia. En este escenario, la infinita cantidad de situaciones posibles de interacción entre los seres vivos entre sí y los seres vivos y su entorno estaría diseñada no sólo para cumplir el principio de causalidad, sino además para que cada ser consciente fuera dirigiéndose progresivamente a su propio autoconocimiento y al conocimiento esencial. En muchas ocasiones lo intrincado de estas situaciones haría muy difícil su comprensión desde la planificación universal, aun sorprendiéndonos su llamativa relevancia para nuestras vidas, y así las catalogaríamos como casualidades. Cuando sucede algo complejo o simplemente paradójico donde confluyen varios elementos cuyas causas individuales y ocurrencia simultánea no conocemos o nos resultan difíciles de comprender, le ponemos la etiqueta de casual o, en términos más científicos, estocástico. Quizá en un momento posterior podamos ver las razones causales de esta "coincidencia" o quizá alguien con más experiencia que nosotros nos las pueda indicar y así nos demos cuenta que la casualidad y la causalidad no son cosas tan diferentes después de todo y que el averiguar el "porqué" de algunas casualidades nos puede resultar tremendamente provechoso en nuestro recorrido vital.
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