EL AMOR, TAL VEZ…


¿Qué es el amor? ¿Es algo real o más bien una entelequia? ¿Es de un solo tipo o de varios? ¿Han de existir dos polos en el amor, el emisor y el receptor? ¿Puede ser de un solo sentido en el caso de amor no correspondido?  ¿Hay algún modo de confirmar su existencia fuera de la experiencia subjetiva de quienes dicen poseerlo –o estar poseídos por él? ¿Hay amores interesados como antítesis de los amores genuinos?

La palabra sentimiento es un modo de describir el amor, pero no el único; también se puede definir como un estado anímico, a veces un arrebato, o una energía potente que se apodera de la consciencia y se convierte en motor y objetivo supremo de la vida de quienes lo experimentan.

La libertad y el amor son, quizá, los conceptos, - los ideales, las palabras- que más aparecen en la imaginería mental humana. Abundan en las  artes plásticas y escénicas, la literatura, el cine, la filosofía… En conversaciones más o menos formales en debates y tertulias, e incluso en corrillos de amigos enchispados en las tabernas de pueblos y ciudades…

Donovan, un cantautor de los años 60, une estos dos constructos en una de sus canciones (Colores): La libertad es una palabra que casi nunca uso sin pensar en los momentos en que he sido amado. Para este autor, el amor trae consigo la libertad, o bien sólo es posible en un contexto de libertad. El sentirse amado le capacita a la persona para experimentar la libertad… Pero, ¿hace libre a los dos participantes, el amante y el amado?  ¿Puede existir una forma de amor que subyugue al que lo experimenta, que le quite alguna parte de su libertad?

Así, pues, ¿debería el amor ir siempre acompasado con la libertad de las personas que lo sienten y lo expresan? Parece obvio que sí, cuando hablamos de un amor auténtico, no motivado por ningún interés espurio, y cuyo depositario es el objeto o persona amada tal y como son. Otra cosa sería lo que podríamos llamar pseudo-amor, un sentimiento que parece amor, pero que no lo es, puesto que encubre algún tipo de manipulación o explotación de uno de los participantes por parte del otro. Cuando una relación entre personas que dicen amarse deriva en la subordinación más o menos impuesta de uno al otro, ese amor quedaría desposeído de la condición de libertad.

¿Qué es en verdad el amor? ¿Hay tantos tipos de amor como hay seres humanos en el mundo? Está claro que este no es un ente baremable por ningún sistema de medidas –Sería absurdo hablar de 10 kilos o 5 km de amor-, por tanto pertenece al mundo abstracto, tal como los pensamientos, sentimientos, ideas, valores éticos y estéticos, etc.  En este sentido la ciencia positiva no admite su existencia, precisamente porque no puede ser cuantificado mediante unidades físicas de medida, tal y como la psicología conductista rechaza de plano este concepto por no ser una conducta observable (en sí misma, no ya en las derivaciones y manifestaciones del amor).

Sin embargo, los seres humanos, en nuestra vida cotidiana, nos vemos afectados -a veces incluso embargados- por numerosos fenómenos desprovistos de representación física medible. Piénsese en la variedad de sentimientos, -como la alegría, la tristeza, el temor, la ira, la vergüenza, la culpa…- que albergamos de manera intermiten a lo largo de la vida, y que condicionan nuestras actitudes y conductas hacia situaciones y personas próximas a nosotros… ¿y el efecto de la narrativa de algunos sueños?, ¿y sus imágenes? ¿Y las dinámicas e interacciones de sus personajes con nosotros? Ninguno de los fenómenos mencionados puede ser materializado en representaciones mensurables, y, no obstante, no podemos negar su existencia ni sustraernos a su influencia.

Hay una idea básica del amor como el acto y/o el estado de desear el  bien a otra persona o ideal. Parece que esta es una condición necesaria, pero, ¿sería suficiente? Si alguien me desea el bien, ¿significa ello que me ama, o sería necesaria alguna otra condición? ¿Si alguien me desea el bien porque ello le reporta algún beneficio, podría ello considerarse amor? Parece que debe haber otros elementos en los estados amorosos para que puedan ser considerados como tal, uno fundamental es la libertad, como mencionábamos al comienzo de este escrito.

El amor platónico es, quizá, la primera manifestación  que conocemos de este sentimiento. Se trata de un estado anímico proveniente de un lejano origen, del mundo ideal –de donde, en realidad y según el gran filósofo de la antigüedad- hemos venido; y es perfecto, como todo lo que existe en aquel mundo, del cual, cuanto conocemos y experimentamos en nuestra existencia terrena, es tan solo un reflejo distorsionado.  Es un amor que no precisa ser correspondido y que, en ocasiones, permanece ignoto para la persona objeto del mismo, aunque su intensidad y el arrebato que provoca permanecen intactos incluso si se trata de una fuerza unidireccional, una acción sin reacción por parte del objeto amado. Fue amor platónico el de Don Quijote por Dulcinea, el de Dante y Beatriz, el de Romeo y Julieta, …; quizá también lo sea el de incontables adolescentes cuando su mente queda impactada y obnubilada por el contacto con otra persona que disloca de raíz el pequeño mundo en el que se han ido ubicando hasta el momento, abriéndoles las puertas de un universo de promesas desconocidas y cautivándolos con un éxtasis nuevo e inconmensurable.

Parece que el amor más grande, más intenso y más desinteresado que se puede encontrar en la vida es el de la madre por sus hijos. Un amor que le haría dar la vida por ellos –como, de hecho, así ha ocurrido en no pocas ocasiones-; un amor apasionado,  inmotivado, que no depende de la reciprocidad, un amor constante y duradero, y de una naturaleza en parte instintiva. Es el amor por excelencia, natural, consustancial al vínculo materno, a prueba de todas las vicisitudes imaginables…

Luego está la realización del amor entre adultos, el amor de pareja, que incluye el sexo como parte de la relación. Pero el sexo en su punto álgido es un comportamiento instintivo; en sus manifestaciones físicas –en el acto sexual- parece como si se tratara  de  absorber al otro, de querer morderlo, tragarlo, de algún modo parecido a la actitud y gestos depredadores de los felinos hacia sus presas. Lejos de desear el bien al otro, como veíamos que constituye un elemento importante del amor, uno desea el placer para sí, tal y como le dicta el instinto. Tras el acoplamiento, se acompasan los movimientos de la cópula y se llega a un orgasmo, que descarga la tremenda energía acumulada por las dos partes en el acto sexual.

El sexo es un elemento importante del amor de pareja, pero no el único, ni el que más tiempo y espacio ocupa en esta relación.  Si consideramos el tiempo empleado en las relaciones sexuales, comparado con el que se ocupa en la convivencia cotidiana de una pareja, veremos que aquel constituye una mínima proporción de este. Sin embargo, la afectividad es también importante, y puede ser expresada  con más continuidad que el sexo dentro de la relación amorosa. A lo largo de la historia y de las culturas, la unión de pareja, mediante los vínculos del matrimonio u otros ritos, ha estado poderosamente mediatizada por intereses varios: creencias religiosas, estatus económico, posición o linaje familiar, necesidad de descendencia…; el surgimiento del amor romántico en Europa no ha sido sino hasta hace unos pocos siglos, sobre todo después del `periodo de La Ilustración, y siempre en un contexto de pugna con las convenciones establecidas, debiendo muchas veces sortear grandes obstáculos para su realización.

El amor de pareja en la sociedad moderna ha tenido que dar cabida a muchos elementos culturales, científicos y tecnológicos, debido a los rápidos cambios que la civilización occidental viene experimentando en los últimos dos siglos. Como consecuencia de este fenómeno, las relaciones de pareja, que inicialmente podían haber sido originadas por el sentimiento del amor, van derivando hacia un acuerdo de muchos y diversos elementos que van apareciendo en la convivencia cotidiana, en el trascurso compartido de las crisis y, en su caso, en la superación de tales, en momentos felices y en acuerdos de mínimos… Con el paso de los años, el recuerdo del amor que un día sintieron funciona como una especie de aglutinante para mantener viva la relación, y la crianza de la prole como firme anclaje contra los vaivenes del día a día, y contra el inevitable desgaste cotidiano de aquel amor de otrora.

En algunos y muy contados casos, después de una larga vida de arduo trabajo y toda suerte de problemas, -una especie de carrera de obstáculos interminable- y después de que los hijos e hijas se independizan, surge un sentimiento amoroso fruto del conocimiento mutuo y de haber compartido tantas y tantas cosas en la vida. Es una etapa dulce en la que se experimenta la madurez del amor, en la que prima la aceptación y la comprensión de la otra persona, la compañía en el viaje de la vida, el haber compartido tantísimos momentos y experiencias.

Creo que el llegar a vivir esta etapa del amor es un logro excepcional, la culminación de toda una vida, que muy pocas personas consiguen; se llega a una complicidad, una especie de comunicación telepática que permite adivinar, -casi saber con certeza- el estado de ánimo de la pareja, a través de miradas, gestos, tonos de voz, incluso de los silencios… Atrás han quedado los fragores de no pocos esfuerzos baldíos, las pugnas con el trabajo, la familia, las estrecheces de épocas pasadas…, habiendo sido todo ello superado con la ayuda de la aceptación y del tiempo y con la maravillosa actitud de permanecer unidos a  pesar de tantas y tantas adversidades.

Por otra parte está el amor místico, el de una persona no hacia otro congénere sino hacia algo más grande que el individuo: la divinidad, la naturaleza, el universo, la humanidad, el Tao…, que le incluye como parte de un todo, y da sentido a su vida. Esta forma de amor se puede sentir de una manera muy intensa, a pesar de que es uno solo el sujeto visible que lo experimenta, y da pleno sentido a su vida, pudiendo provocar  estados místicos y éxtasis, como testifican numerosas personas que dedicaron su vida a algunos ideales  religiosos, sociales o humanitarios. ..

Parece claro que hay manifestaciones variopintas de amor, dependiendo de la persona que lo experimenta y del objeto de ese amor, y que, en todo caso, es un sentimiento que está en la base de la mayor felicidad que podemos experimentar los seres humanos; quizá una buena forma de definirlo sería como el único bien del que, contrariamente a los innumerables objetos que podemos adquirir, cuanto más se da, más se tiene.

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