EL CAMINAR Y LA VIDA
El caminar y la vida
Hace muchos siglos, Jorge Manrique comparaba nuestras vidas con ríos que van a parar al mar. Mucho después en el tiempo, Antonio Machado, creando la imagen del océano de la vida, decía en inmortales y bellísimos versos que nuestras vidas, en su transcurrir, son como estelas en la mar. Lo infinitamente pequeño en medio de lo infinitamente grande, pues, ¿qué es un camino entre todos los posibles caminos sobre la tierra?, y ¿qué una estela, que pronto se difumina en las aguas circundantes, en la vastedad del océano?
La maravilla y el acto de vivir está en la misma base de todo cuanto somos y hacemos, nos impregnan por completo. Quizá por ello, ya desde antaño, la vida se ha venido comparando con términos variados: con un escenario en el que representamos papeles diversos, con los sueños, por lo efímero y cambiante de nuestras vivencias, con un viaje por etapas, con una montaña rusa, en la que se suceden estimulantes subidas y frenéticas bajadas, con una carrera de obstáculos, en la que los tramos llanos enseguida se ven interrumpidos por la siguiente valla a superar…
Siendo yo, en alguna medida, senderista, no puedo evitar a menudo cuando camino, pensar en la vida y sentirla como una ruta por la senda del tiempo y de la propia biografía, y por espacios cambiantes, según la etapa vital que me toca atravesar.
El senderismo es un sano ejercicio que trae consigo una sensación de contento y plenitud, en la medida en que uno se siente en contacto con la naturaleza, nuestra madre primigenia, y va viendo el paisaje a su alrededor: la maravilla de los bosques, los ríos, las aves con sus cantos, y tantas otras manifestaciones vitales. Llegar de la ciudad al campo es una forma de volver a los orígenes, de sentirse remotamente cobijado; se tiene la sensación de la acogida, de hallarse de vuelta en casa… El caminar es movimiento, contemplación del paisaje, de la magia de la naturaleza, escucha de sonidos prístinos de pájaros y aves, del viento y el roce que produce en las ramas y hojas de los árboles; es captación de la inefable variedad del mundo que nos rodea, de la biología fuera de las páginas de los manuales, en su estado puro; uno se siente vivo porque está en contacto con innumerables seres vivos, porque participa de su esencia y de su hálito; y siempre con el cielo acompañando al caminante como un azul manto protector, a veces cubierto de blancos y suaves cúmulos, a veces de nubes grises de tormenta.
Sin embargo, hay rutas complicadas que se extienden por muchos kilómetros y largas horas de recorrido y, en ocasiones, por tramos difíciles, accidentados o con desvíos sin señalizar; a veces se llega al punto de la extenuación; el final de la ruta siempre queda un poquito más allá, al final de otra ascensión por un collado pedregoso, después de atravesar un tupido bosque o un páramo árido y seco… A veces, cuando la fatiga y el desánimo hacen mella en el senderista, este desearía no haber emprendido el camino. Y ¡qué decir de cuando nos perdemos, cuando llegamos a desvíos desconocidos y no sabemos cuál seguir! No pocas veces comprobamos que hemos recorrido una senda equivocada y tenemos que dar marcha atrás y regresar al punto en que nos equivocamos para intentar encontrar el camino correcto. A veces tenemos que enfrentarnos a la frustrante sensación de estar perdido, –sí, ya sé que ahora, con los GPSs y los navegadores esta es una posibilidad remota, pero real aun así- de no poder llegar al punto de destino, o siquiera al punto de partida.
Con frecuencia he pensado, y así lo he comentado con amigos, cómo se echa a faltar en ocasiones un manual de instrucciones para ciertas fases de la vida, tal y como en muchas caminatas, a lo largo de los kilómetros de recorrido, sentimos la necesidad de rótulos indicadores o pintadas en las rocas o en los troncos de los árboles, que nos orienten. Algunos senderistas –a quienes expreso aquí mi enorme agradecimiento- suelen intentar paliar esta carencia, pintando signos en rocas y árboles o haciendo pequeños montículos con piedras, que colocan a lo largo de la ruta.
Hay épocas en las que estamos desorientados sobre el rumbo a seguir: cómo vivir en pareja evitando agrias disputas, cómo resistir el ritmo consumista que nos rodea y que demanda cada vez más y más dinero para poder seguirlo, cómo educar a los hijos con coherencia, y, en fin, cómo evitar el sufrimiento innecesario, las amarguras en el trato con los nuestros… Sin embargo, en muchas ocasiones no tenemos medios de encontrar soluciones o respuestas… Así que, en el senderismo, como en la vida, también se dan momentos de ansiedad y de confusión, incluso de miedo y rabia, de desesperación.
Afortunadamente, después de recorrer un sendero uno suele acabar de vuelta en casa, en la seguridad de lo conocido, satisfecho por la sensación de plenitud de la caminata y dispuesto a comenzar la siguiente jornada con renovada energía... Habrá, probablemente, más andaduras por recorrer, más aventuras por vivir, tal como, después de las crisis con nuestros allegados siguen períodos de calma y las aguas vuelven a su cauce, aunque siempre dejan alguna huella en nuestro ánimo.
Mas, en el caminar como en la vida, solo hay una opción, seguir caminando, seguir viviendo, y en la travesía, experimentar intensamente el recorrido y compartir con alegría y gratitud el viaje con todos aquellos que tenemos cerca. Quizá como senderistas podamos volver al punto de partida, sin embargo, en el recorrido vital, no se puede regresar a un momento anterior, tal como en un río, nunca serán las mismas aguas las que pasen por un mismo punto de su cauce.
Alan Watts, un gran exponente del movimiento intelectual de la Contracultura en los Estados Unidos, comparaba a los seres humanos con una especie de tubos abiertos por los dos extremos; por un extremo entra el alimento, por el otro salen los productos de desecho correspondientes. Nada hay particularmente portentoso hasta aquí. Lo verdaderamente extraordinario, lo más valioso, es que, en el proceso, se produce consciencia. Desde las percepciones y sensaciones más elementales, pasando por los sentimientos y pensamientos más elaborados, hasta la consciencia de uno mismo, -la meta cognición, para usar un término de la psicología cognitiva- las personas tenemos la capacidad de observarnos a nosotros mismos, aunque en ocasiones las preguntas que se producen en este proceso sean imposibles de responder, e, incluso, nos sumerjan en estados de desconcierto y desazón.
No obstante, creo que este es el verdadero privilegio de estar vivos. Cuando caminamos percibimos la grandiosidad de la vida que nos rodea, y cuando vivimos de manera consciente podemos darnos cuenta de cómo entre tantos billones de criaturas, los seres humanos somos probablemente los únicos que pueden mirarse en esta especie de espejo interior de la autoconsciencia.
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