EL PRINCIPITO O LA SABIDURÍA DE LA INOCENCIA

 

      EL PRINCIPITO  O LA SABIDURÍA DE LA INOCENCIA.

Escrita por el francés Antoine de Saint-Exupéry, El Principito da la impresión de enmarcarse como una obra de literatura infantil. Por eso me resulta extraño escuchar de algunos amigos que, cuando la leyeron durante su educación primaria, no les resultó muy interesante.  Quizá no sea tanto una obra de literatura infantil al modo en que estas usualmente se clasifican, como una que necesita de una actitud abierta y sensible o de un momento especialmente receptivo para captar o comprender su contenido esencial.

Lo que la hace situarse claramente aparte del género literario del cuento es, a mi manera de ver, la imponente presencia de la muerte en sus páginas; y no de una manera casual, sino con la inmediatez y cercanía que le confirió a su autor el haberse encontrado él mismo en una situación parecida a la de la historia, mirando cara a cara a la muerte en medio del desierto norteafricano; tampoco se presenta aquí la muerte de una manera fantástica, como tantas veces aparece en los cuentos infantiles que podemos recordar de nuestra niñez, una muerte feliz que hace posible que príncipes, princesas y otros bondadosos personajes logren vencer al mal y proseguir una vida feliz, completando así el triunfo de los personajes buenos de la historia; sino que aparece en su representación real, la que toca de verdad al lector y le hace consciente de su condición inapelable como ser humano.

Está narrada en primera y tercera persona, dependiendo del personaje central de la acción en cada momento, y de si esta es descrita por él autor o por el propio principito. En todo caso, el autor está siempre muy próximo al lector, mediando entre este y el protagonista de la historia y animándonos a apreciar la singularidad de este personaje que, en un viaje sorprendente desde su pequeño planeta, nos hace cuestionarnos si todo el entramado de nuestra civilización en el planeta Tierra, construido desde hace tantos siglos, no podría ser sino una enajenación egocéntrica colectiva bajo la superficie de lo que entendemos como el progreso de la técnica. 

De lo que no cabe duda, sin embargo, es que estamos ante una obra maestra de la literatura universal, la más leída y traducida de todas las obras francesas publicadas hasta la fecha. Yo la he leído en varias ocasiones, de adolescente y como adulto, en castellano y en francés. Y siempre descubro en su lectura el atractivo irresistible de un personaje entrañable, inocente y cálido, en constante búsqueda de libertad, curioso, ingenuamente crítico… El principito consigue enseguida despertar afinidad y camaradería en el lector, pues se dirige al mundo y a los seres que lo pueblan de una manera franca y directa, preguntando y preguntándose por las cuestiones esenciales de la vida -y no aceptando la callada por respuesta- brindándose para una sana amistad, para conocer y ser conocido sin ambages, para compartir la inmensa aventura de la existencia…

Un tierno amor le inspira incesantemente en su viaje; el de una flor que en un momento impensado brotó en su planeta. Pero, ¡ay, cuán corto es el recorrido de la dicha! En cierta ocasión la bella flor se tornó vanidosa, demandando más y más las atenciones del principito; cayó presa de un narcisismo ególatra, a pesar de que ella era una rosa –que no un narciso. Y por eso él sintió con amargura que tenía que partir; quería averiguar cómo era el verdadero amor  -en cualquier lugar del universo donde se hallara- fuera de las veleidades de alguien que quería tenerlo continuamente subyugado, atado a sus exigencias y caprichos.

El principito revela lo absurdo de querer poseer y dominar el mundo pasando por alto el experimentarlo e interactuar con él, el vivir la vida con plenitud. En su recorrido por varios asteroides, encuentra personajes estrafalarios absortos en exorbitantes afanes de grandeza, perdidos en sus propios delirios. El banquero que se dedica a poseer estrellas y anotarlas en un registro contable, el rey que se enseñorea de un ínfimo asteroide con apenas espacio para unas cuantas personas sin tener siquiera un súbdito al que dar órdenes, el geógrafo que elabora mapas de territorios lejanos que nunca ha visitado ni visitará, –porque está demasiado ocupado cartografiándolos-  el farolero que pasa su vida apagando y encendiendo un farol, el único en su planeta…

Y qué decir del atormentado alcohólico que bebe para olvidar la vergüenza, y cuando el principito le pregunta ¿para olvidar qué vergüenza? Le responde  la vergüenza de ser un borracho.

Lejos de hallar el tesoro inefable que está buscando, ese precioso elixir que es el amor, el principito va encontrando a lo largo de los planetas y asteroides que recorre, personajes grotescos que ocupan sus vidas en proyectos absurdos, proyectos que contrastan frontalmente con sus ansias de amor y libertad, y que le son ofrecidos para participar en ellos, pero que él rechaza porque no les encuentra ningún sentido...

Mas, al fin, se topa con un aviador perdido en el desierto, con su aeronave averiada y enfrentándose a una muerte más que probable. Y surge entre ellos una entrañable amistad. El piloto, ante la inminencia del fin de su vida y tras haber visto tantos y tantos desmanes y falacias que originan guerras y miseria entre los pueblos, descubre en el pequeño personaje la lógica velada de la inocencia, el extraordinario valor de la niñez. El principito no tiene segundas intenciones ni razones ocultas, ni basa su vida intentando labrarse una seguridad para el futuro. Busca en todo momento vivir sus sentimientos y compartirlos con las criaturas con las que se encuentra, ya sean plantas, animales u hombres. Al principio el piloto intenta explicarle las cosas desde sus planteamientos racionales, pero pronto  contacta con su propia naturaleza de niño y empieza a comprender a su nuevo amigo. Ha visto invasiones, destrucciones masivas de gentes y hogares, luchas a muerte entre hombres y mujeres por el mero hecho de haber nacido en distintas naciones, y tantas otras atrocidades cometidas en aras del discurso adulto, de la racionalidad al servicio de un egoísmo rampante.

Así, va surgiendo un profundo amor entre estos dos personajes, un amor que irá tomando un tono protector del adulto hacia el pequeño príncipe, dándose cuenta aquel de la vulnerabilidad de éste en un mundo que no puede comprenderle y, por tanto, darle cabida.

Por fin, el principito regresa a su asteroide, regresa a su flor, cuyo amor siempre ha mantenido vivo; y su amigo adulto se entristece inmensamente… Pero sobrevive; logra reparar la aeronave  y regresar a su mundo, donde, en adelante, le acompañará la nostalgia agridulce de los recuerdos del tiempo pasado con el principito y el deseo de volver a reencontrarse con él algún día en cualquier desierto del universo.

 

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