BABELONIA
BABELONIA
Babelonia –como me ha dado en llamarlo- es un mundo paralelo y omnipresente en los tiempos que corren, el mundo de las trivialidades geniales, donde alguien puede ser un artista de fama global por proezas tan grandes como comerse una cantidad ingente de hamburguesas en un breve periodo de tiempo, o acostarse cuatro veces con una pareja distinta en la misma noche sin que las otras se enteren.
Babelonia surge por puro aburrimiento de la cotidianidad, por afán de novedad y estimulación, y tanto se entremezcla con la vida más prosaica del día a día, que acaba confundiéndose con ella.
Es la entronización del superlativo, el que más…, la que más…, lo que más… el mayor número de…, en el tiempo más reducido…, los puntos suspensivos podrían sustituirse por cualquier cosa, tener uñas largas, dormir en una cama con serpientes, pasear en zancos por entre los coches de las calles urbanas, conducir por el lado contrario de la autovía… Lo que realmente importa es que nadie antes lo haya hecho, al menos en un grado tan elevado. Ese hombre, esa mujer, esos niños que logran realizar estas hazañas se convierten en una especie de héroes momentáneos, -por el tiempo que dura el airear la noticia en algunos medios- logran arrancar sonrisas de sorpresa o sarcasmo de los espectadores, y luego continúan con sus rutinas habituales, probablemente planeando su próximo hito, mientras en muchos otros lugares se preparan afanosamente otros, los siguientes babelonios.
La incombustible hoguera mediática, -hay que alimentarla con el fuego de las noticias de todo tipo, chismes, realitys, imágenes, los aparatos sensoriales y la sed de estimulación de miles de millones- continua su incesante piromancia consumiendo infinidad de actos y proezas que se suceden imparablemente uno a otro; algunos vemos en esta especie de circo la implícita competición por el premio a la mayor estupidez; tarea bastante difícil, por otra parte, habida cuenta del principio del “más estúpido todavía” que prima en este campo y que se sucede con rapidez vertiginosa.
No importa el “qué” excepto por su extravagancia; solo cuenta el “cómo” y el “cuánto”, y la notoriedad que puede alcanzarse con la divulgación de esta o la otra gilipollez, el número de personas que la hayan seguido por la tele, las redes sociales, youtube, whatsapp, lo que sea…
Babelonia es un estado mental que lleva a cabo una destrucción dosificada, sistemática, del poder pensante de las gentes; es como un virus que destruye una parte fundamental del entramado de la consciencia personal, principalmente el poder distinguir forma y contenido –volvamos al buen maestro, Aristóteles, si no es mucha molestia- y el tratar en su justa proporción con ambos aspectos de la existencia de seres, objetos y acontecimientos. También va minando este virus, de paso, cualquier escala de valores que se pueda tener, entendiendo por esta escala los niveles morales y éticos de las propias creencias y actitudes, que van siendo substituidos por una sucesión de juicios y opiniones sobre los protagonistas de estas hazañas del “más increíble todavía” “más alucinante”, “más hortera”, “más… persicopético”…
Y así, sin apenas darse cuenta, las personas van rebajando la calidad de sus pensamientos hasta la altura del betún en los zapatos. Todo un entramado de miles de millones de neuronas, de intrincados núcleos vitales, toda esa maravilla bioquímica que es vehículo inevitable de la conciencia, se ponen en Babelonia al servicio de una rapidísima sucesión de impresiones visuales y sus respectivos correlatos pseudo-racionales que no dan ni para el comienzo de un reflexión completa acerca de asunto alguno.
El pensamiento, si ha de ser claro y útil debe ser ponderado, dar a quien lo produce tiempo para su expresión, y a quien lo recibe, tiempo para su correcta comprensión; y para ello, nada mejor que ser articulado lingüísticamente, al ritmo del lenguaje vocal, por lo que ambos, lenguaje y pensamiento discurren indisolublemente unidos. Cuando uno piensa, el lenguaje articula sus ideas, y cuando se habla, las palabras dan expresión vocal al pensamiento; por eso, una degradación del pensamiento en la que se dan ideas irrazonables –y hasta peligrosas- y palabras que las justifican y apoyan dan lugar a una situación babeloniana como las descritas. Lo más chocante quizá sea cómo todo este entramado de algunas personas consigue despertar cierta admiración e incluso seguidismo por parte de una cierta masa social.
Comentarios
Publicar un comentario