EL HAMBRE DE ESTIMULACION

 

  EL HAMBRE DE ESTIMULACIÓN.

La frase fue acuñada en la década de 1950 por Eric Berne, el psiquiatra canadiense que estableció hace algunas décadas la escuela de psicoterapia humanista llamada Análisis Transaccional. Esta expresión se refiere al carácter innato de la tendencia a disfrutar y conocer el mundo exterior e interactuar con él, muy particularmente con las otras personas, a través de nuestro aparato sensorial.  Esta hambre de estimulación, o de interacción a través de los sentidos, debe satisfacerse por medio del mundo que nos rodea y de nuestros semejantes, sobre todo por las personas que tenemos en contacto cercano; en las épocas tempranas: padres, familia, la clase de la escuela y otros amigos…

Sí, los sentidos también experimentan hambre, como lo hace nuestro aparato digestivo; quieren la  satisfacción de sus funciones, interactuar con sus objetos sensoriales correspondientes: la vista con las imágenes, el oído con los sonidos, el gusto con los sabores, el tacto con las sensaciones táctiles, el olor con los aromas. El hambre de alimentos, que todos experimentamos, se extiende, de manera ineludible, al hambre de estimulación.

El ser humano cuando nace no viene dotado de instintos, como así es en el caso de las especies animales. Únicamente llegamos al mundo provistos de dos movimientos reflejos ya establecidos y que, por tanto, no necesitamos aprender: el de succión y el de prensión. El de succión hará posible alimentarnos de la leche materna o del biberón e ir ganando en peso y tamaño a una velocidad sorprendente, y el segundo nos capacitará para asir objetos e intentar conocerlos por medio del tacto, el sentido más desarrollado al nacer: un muñeco, la tetina del biberón, el dedo de algún adulto o niño con ganas de juego… Ya desde el comienzo, a través de los impulsos del bebé, se manifiesta el hambre de estimulación; y ello con un doble propósito, como veremos más adelante: conocer el medio que le rodea y disfrutar de las sensaciones placenteras que se le ofrecen.

Con estos dos reflejos y la actividad perceptiva de los sentidos, cuya agudeza y alcance se irá desarrollando y afinando desde los primeros días hasta la pubertad, el nuevo ser irá probando sensaciones, adquiriendo experiencias,  afianzando apegos que  desembocarán en relaciones de amor con su familia, construyendo significados…  Y con cada nuevo descubrimiento, su natural curiosidad le propulsará a adquirir el siguiente, y luego el siguiente; se formarán series encadenadas de estímulos –positivos y negativos- y reacciones a estos, y así, el perplejo debutante se irá construyendo una imagen del mundo en el que ha ingresado, una cosmogonía elemental que irá puliendo y desarrollando a lo largo de la vida.

El hambre de estimulación le proporciona conocimientos y placer; también le proporciona dolor en ocasiones, como cuando un niño pone sus dedos en las dos entradas de un enchufe; pero este dolor le servirá para conocer los efectos no deseados de la electricidad, y por añadidura, la dimensión dolorosa de algunos de los fenómenos que le rodean. Mediante las sensaciones primarias, captadas por los sentidos, construye una representación básica del mundo físico, y cuando estas sensaciones viajan al cerebro a través del sistema nervioso y este las almacena y relaciona con todo el acervo de sensaciones y experiencias que ya tiene, su imagen del mundo se va ampliando exponencialmente.

Muy pronto, en los ambientes familiares y sociales del privilegiado primer mundo, el infante sabe con certidumbre –excepto en los casos de situaciones catastróficas por desastres naturales o conflictos político-militares- que sus necesidades de alimento y abrigo están cubiertas con creces; a veces puede incluso experimentar una cierta confusión ante la posibilidad de elegir entre varias opciones para la satisfacción de estas necesidades.

Más adelante, llega el momento en el que nuestro joven visitante necesita otros elementos, además del alimento y el abrigo de su entorno. Necesita la afiliación, sentirse parte de un grupo familiar y saber el rol que tiene en él. Las primeras palabras que aprenderá serán casi siempre papá y mamá, palabras en las que se resume de manera brevísima aunque muy efectiva su seguridad y bienestar, su sensación de calidez y de cariño, seguidas de otras que representan su mundo más inmediato, el que le es más relevante, incluyendo hermanos y otras figuras familiares, y objetos de su predilección para el juego y para las tentativas de exploración que se le van ocurriendo constantemente.

Después de la afiliación, es decir, de encontrar su identidad como parte de una familia y de grupos sociales más amplios, como la clase de la escuela, los amigos y amigas del barrio, la sociedad de los mayores, a veces temible, (con la que a veces toma contacto en grandes eventos como manifestaciones o procesiones religiosas o laicas), rápidos cambios se van operando en su cuerpo y su mente.

Muy pronto comienza a sentir con dolorosa intensidad la necesidad de individuación, de averiguar su identidad aparte de la de su familia y grupo social, incluso de la de una sociedad que comienza a ver contradictoria, y muchas veces incomprensible. Y así se interna en el torbellino de la pubertad y la adolescencia, un periodo de sufrimientos anímicos y éxtasis amorosos que le precipitan en una montaña rusa emocional como nunca hubiera podido imaginar unos pocos años antes.

Paralelamente, el hambre de estimulación sirve también a las necesidades sexuales y sensuales del ser humano. Aunque las dos están relacionadas muy de cerca y a menudo se manifiestan simultáneamente, no son idénticas. La sensualidad, o sea el placer derivado del contacto de los sentidos con sus objetos, aparece muy pronto, prácticamente desde el nacimiento, y dura mientras vivimos; sin embargo la sexualidad comienza en la pubertad y continúa también a lo largo de la vida. El hambre de estimulación, especialmente de sensaciones táctiles, es predominante, aunque no exclusivo, en estos dos campos; en el caso de la sexualidad con una intensidad particularmente fuerte, posiblemente debida al impulso que la naturaleza imprime al instinto de reproducción.

Sin embargo, en tanto que no es el propósito de este breve escrito adentrase en la psicología evolutiva humana, volvamos al mecanismo que comenzábamos a delinear en el comienzo de estas líneas, el hambre de estimulación, pues este es un elemento que está presente a lo largo de todo el recorrido vital. A través de los sentidos, de la interacción de estos con sus objetos correspondientes, nos vamos formando un mapa del mundo que nos rodea –personas, lugares, objetos, sensaciones. Este mapa se almacena en la corteza cerebral, y a él acudimos constantemente para cotejar, comparar y validar los nuevos estímulos que percibimos, y así realizar el reajuste correspondiente.

Por lo tanto, la necesidad de conocer el medio en el que nos desenvolvemos es una finalidad fundamental del hambre de estimulación de las personas. En un momento evolutivo de la historia de los homos les iba en ello la supervivencia, mientras que actualmente es una cuestión de vivir mejor, con más comodidad, de ser más eficientes al realizar actividades y tareas, de aprovechar mejor el tiempo, de avanzar lo más rápidamente posible hacia el acoplamiento con una sociedad compleja y extremadamente mutante.

Además del conocimiento del medio físico y de nuestra interacción con él y con las demás personas, con el paso del tiempo y la sedimentación necesaria de emociones, sensaciones e impulsos, se van generando en el mundo interior del individuo sentimientos de varios tipos. Los sentimientos positivos de alegría, empatía, amor y otros, son los más necesarios y los que más nos satisfacen y nos acercan a personas y situaciones, aunque también hay otros que nos causan rechazo y nos alejan de ellas. Todos intentamos encontrar un equilibrio en el sumatorio de nuestros sentimientos, aunque sea un equilibrio precario; es esta una necesidad perentoria, puesto que la natural tendencia a la felicidad y bienestar pasa siempre por un estado de mínimo equilibrio -Porque, ¿ cómo se podría conseguir la felicidad sin tener paz, (léase equilibrio)?-;  así que, cuando experimentamos  sentimientos negativos, –de tristeza, inseguridad o miedo- intentamos convocar otros positivos, de amor, apoyo, alegría, esperanza para contrarrestar aquellos…

Aquí entramos en zonas muy importantes para el bienestar anímico de las personas. Intentamos maximizar o, al menos, priorizar los sentimientos positivos, y hacemos lo opuesto con los negativos. Este conjunto de sentimientos está en desarrollo a lo largo de la vida, y debe servir para la maduración y el aprendizaje. Al fin, todos deseamos ser aceptados y amados, y el hambre de estimulación, en última instancia, sirve a este fin. Muchas veces, sin embargo,  no somos conscientes de que el proceso inverso de aceptar a los demás y amarlos, es condición necesaria para lo primero. En realidad, cuánto más simultáneamente se vayan desarrollando ambos, mayor y más auténtica será la calidad del amor en nuestras vidas.

En las primeras etapas de la vida, el hambre de estimulación se orienta, de manera egocéntrica, hacia la satisfacción y el placer de los sentidos. El niño y el adolescente basan la mayor parte de sus acciones y sus intenciones en la tentativa del placer sensual/ sexual. Después, gradualmente, conforme va entrando en la edad adulta, la persona va comprobando que los otros también tienen esa misma necesidad e intentan, de igual manera, satisfacer su propia hambre de estimulación. Y entonces el individuo se ve en la tesitura –a veces, por obligación- de establecer compromisos entre sus necesidades de placer y las de los otros, que, a veces, son incompatibles con las  suyas. Y así el hambre de estimulación se va modulando, a medida que la comprensión de la dimensión social de su persona y la tolerancia a la frustración van marcando el establecimiento de la madurez.

Pero, además, -y aquí viene lo sorprendente y maravilloso del tema que estamos tratando- también aprendemos a disfrutar con el goce de los otros, con sus alegrías y sus logros. Descubrimos que hay una gran satisfacción en dar –y no solamente en recibir-, que hay otro tipo de hambre de estimulación –interna- que se satisface vicariamente, con la dicha de los demás. Considérese el círculo de los demás en la amplitud que cada quien le quiera asignar: la familia, los amigos, los conciudadanos, los seres humanos en general, la flora y la fauna…  

Aunque el hambre de estimulación explicada se manifiesta durante toda la vida de las personas, Parece que hay o debiera haber -como una importante ramificación- una evolución desde el estado incipiente en las edades tempranas -de naturaleza externa y egocéntrica- a otra de naturaleza interna y centrada, no en uno mismo ni en su goce sensorial, sino en el bienestar, la alegría y el goce de los demás seres.

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