INCLUSO EL MENDIGO ESTÁ ORGULLOSO DE SU PENIQUE

 

INCLUSO EL MENDIGO ESTÁ ORGULLOSO DE SU PENIQUE.

Así dice el proverbio inglés, reflejando la infinidad de casos en los que un pobre desgraciado encuentra alguna razón para celebrar sus pequeños logros, sus más ínfimas posesiones, y sentirse henchido de satisfacción por ellos. Tal es la naturaleza humana en una de sus múltiples manifestaciones.

El potentado y el latifundista poseen imperios financieros, inmensas extensiones de tierra, fábricas, empresas, cadenas de supermercados, centros comerciales…, y no pueden evitar sentirse privilegiados, siendo conocedores del control que ejercen sobre propiedades y personas a su cargo, y de su situación de superabundancia material. Así pues, se sienten orgullosos de su posición, pueden hacer prácticamente cualquier cosa que se les antoje; su soberbia es casi inevitable. Algunos intentarán teñir este sentimiento de prepotencia con alguna pose de amabilidad y cercanía hacia los otros; pretenderán ser personas sencillas que se consideran a sí mismas en igualdad de condiciones y derechos con su prójimo.  Pero la realidad contradice esta pretensión; cuando se presenta la oportunidad de desprenderse de una parte importante de sus  propiedades para ayudar a sectores sociales desfavorecidos, reculan…. El millonario está orgulloso de su fortuna, bien que intente disimularlo en mayor o menor grado...

Es totalmente comprensible, es natural. El dinero le sirve para allanar obstáculos a su comodidad, a sus placeres y ambiciones, para destacar y convertirse en objeto de deseo para otros, le sirve para forjarse la ilusión de que es dueño y señor de todas sus posesiones…

En el extremo opuesto a la riqueza, en la situación de alguien desposeído de todo, sin hogar ni trabajo, sin apenas conciencia de su propia dignidad,  a menudo aparece la misma tendencia; cuando, por ejemplo, un indigente consigue alguna limosna más crecida de lo habitual -de algún transeúnte que quiere sentirse por un momento caritativo-, se alegra y en alguna medida se siente henchido de vanidad. ¿Es caso un consuelo desesperado? ¿Una forma de igualar su condición a la de los que le rodean y de sentirse más integrado en la sociedad? ¿O quizá una forma delirante de esconder su condición miserable y su dolor?

Sin embargo, la situación material no se limita únicamente a los dos polos opuestos: tener o no tener, tenerlo todo o no tener nada; sino que se dispone en un continuo con infinidad de posiciones intermedias entre los dos extremos. También los que formamos las clases medias y trabajadoras tenemos la tendencia a enorgullecernos de pequeños éxitos o ganancias que solamente tienen valor en nuestra propia mente, y de los que –a menudo- los demás ni siquiera se percatan. Es curioso el aire de pomposa importancia que se dan algunos individuos cuando encienden un cigarrillo y lo fuman. Un acto tan sencillo parece elevarles a la categoría de personajes importantísimos, incluso de héroes legendarios; en otros casos les proporciona un consuelo para una desgraciada situación en su vida. Y no hay mejor ilustración de este fenómeno que numerosas películas de la época dorada de Hollywood. Seguramente todos recordamos algunas magníficas escenas de Humphrey Bogart fumando en Casablanca, a James Dean en Rebelde sin causa,  o a Robert de Niro en Huida a medianoche, haciendo lo propio.  La extremada jactancia de los personajes representados por estos actores puede dar una muy buena idea de hasta qué punto una persona puede sentirse orgullosa de una acción insubstancial, que incluso tiene consecuencias nocivas para la salud.

El engreimiento generado por cualquier acción o logro cuyo único mérito consiste en la atribución de su importancia por parte del individuo que la produce, ofrece, en muchas ocasiones, un consuelo irreemplazable.  Frente a las incontables decepciones y asperezas de la vida: desamores, penurias, frustraciones sentimentales y otros fracasos, que el devenir nos presenta a todos en los momentos más impensados, he aquí que, contando tal o cual anécdota, haciendo un gesto estudiado de suficiencia o ajustándose el traje con sofisticación, parece como si el sujeto en cuestión recuperase su aplomo, la sensación de su propio valor, o se resarciese de alguna pérdida que le resultara difícil de asumir. En estas ocasiones uno piensa: sí, yo también soy importante, tanto como el que más, solo es cuestión de que los otros se den cuenta de ello.

Esta sensación de falso orgullo, incluso de soberbia, no sólo se da individualmente, sino también a escala social; en aquellos que se sienten desmedidamente identificados y orgullosos de una bandera, de un partido político, de un plato  de cocina típico de su región, de la forma de ser de sus conciudadanos o de un equipo de fútbol... Mediante la identificación con colectividades más allá de uno mismo se busca la magnificación de la propia importancia, la superación de los repetidos tropezones que se van teniendo, la ilusión de sentirnos, de alguna manera, importantes mientras estemos incluidos en esos grupos más amplios y exitosos.

Y esta tendencia es aprovechada con mayores o menores ambages por quienes manejan los resortes del poder, con el fin de mantener a las muchedumbres satisfechas en alguna medida. En la era de la posmodernidad, la manifestación  de estos peniques, tanto individuales como colectivos, ha proliferado en formas diversas más allá de las monedas de cobre o níquel que antaño tenían algún valor material, si bien escaso.

El capitalismo se implantó inexorablemente en occidente ofreciendo a los ciudadanos rasos estímulos que les proporcionan gratificaciones fáciles, peniques de los que se pueden enorgullecer, aunque, eso sí, siempre a expensas de otros valores, como libertad, solidaridad, independencia intelectual, auténtica democracia. Estas gratificaciones sirven para entretener y desviar la atención de otros asuntos –como la consecución de ciertos derechos-  de verdadera importancia para la sociedad, y a menudo derivan en adicciones más o menos reconocidas…

Por otra parte y poco después, las naciones comunistas, viendo los peniques de las masas occidentales que ellas no  podían conseguir, decidieron abandonar el socialismo y adoptar el mismo camino que sus semejantes occidentales; querían poder sentirse también orgullosas de sus propios peniques

Luego llegó la consumación  del capitalismo -la  globalización- para hacer más ricos a los ricos, y más pobres a los pobres. No hubo resistencia real y efectiva a la implantación de este sistema que todo lo devora, solo sumisión; únicamente hacía falta suministrar peniques a las multitudes, tarea fácil, a tenor de las infinitas posibilidades de entretenimiento y gratificación asequibles, ya en forma física, ya  virtual: toda una serie interminable de redes sociales, marketing online, tarjetas de crédito, comidas basura entregadas a domicilio, modelos de móviles renovándose constantemente…

A través de los medios audiovisuales, de las redes sociales, de infinidad de páginas web, se fomenta hasta el infinito el deseo de la gente de sentirse especiales, diferentes, de estar orgullosos de sus peniques. Para que el engaño se implante gradualmente, casi sin notarse, el sistema del capitalismo global les suministra también mantras banales: eres un héroe anónimo, un ser único e irrepetible, haz tus sueños realidad, sé feliz, empodérate ya

Pasado un tiempo, ya no hay capitalismo ni comunismo, solo un caos global donde los tiburones financieros devoran todo cuanto se pone a su alcance; incluso dirigen la política; un atraco de guante blanco a los países y organizaciones débiles y a los individuos indefensos. Hay que destruir cualquier mecanismo de defensa de las sociedades ante la globalización. Se derriban las fronteras nacionales y se demuele el mismo concepto de la familia. Los gobiernos se venden a la hegemonía del dinero y los más poderosos entre ellos tratan de a engullir a los más débiles, en una rapiña orgiástica. Unos pocos individuos detentan el poder y el capital, y, a cambio, ofrecen a la sociedad algunas migajas para que se mantenga la ilusión de que cada ciudadano es importante, único e irrepetible. Y así, casi sin darnos cuenta, todos nos hemos convertido en mendigos orgullosos de nuestros peniques.

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