LOS PREPARADORES (Parte I)

 

LOS PREPARADORES (Parte I)

Se despertaba cada mañana en lugares paradisíacos: en cabañas de madera emplazadas junto a lagos serenos, en playas de arena virgen y orillas espumeantes, en verdes praderas donde todavía se escuchaba el canto de los gallos y el lenguaje secreto de los animales. Entonces, ¿por qué tenía la necesidad de regresar? Julen empezaba a pensar que le faltaba algo. Quizá ya había tenido suficiente aventura. Había cruzado el Hindu Kush, como Alejandro Magno; buceado en las aguas por las que navegó el pirata Sir Francis Drake; recorrido todos los lugares que visitó Herodoto. Puede que estuviera cansado de amistades de rostro cambiante, de tratar de encontrarse a sí mismo sin saber qué carajo significaba aquello, del bono eterno en el parque de atracciones del mundo. Viajar, para él, ya era fácil, lo dominaba; además, lo había hecho solo, sin brújula, bitácora, ni mapa; sin rumbo, sin destino. Se veía conquistador y descubridor, un portador de una verdad que se le había negado a la mayoría. Sí, ya era hora de volver a casa y contarlo.

Los primeros días de su retorno a la ciudad fueron dulces. Apareció por sus antiguos lugares de merodeo, bronceado, con un algo  exótico en su porte, vestido con ropas blancas hiladas en telares manuales y ataviado con collares y pulseras de madera de coco. Incluso decidió mantener la larga barba que le había acompañado en sus correrías. Si alguien no había tenido constancia de su viaje a través de las redes sociales, se percataba de ello enseguida por su aspecto y le preguntaba. Recibió toda la expectación que podía esperar: asombraba con sus narraciones, contestaba a dudas y preguntas, animaba y motivaba a dar el paso a todo el mundo: era una receta infalible para darle sentido a la vida. En ocasiones se enfadaba ante la ingenuidad de algunos comentarios. ¡Cómo vives!, le interpelaban. —Pero, ¿qué crees? ¿Que todo ha sido fantástico? —respondía. —No sé, es que solo cuentas  la parte fantástica.

Pero los días de vino y rosas tienen un vástago indeseado: la fatal resaca. Llegó un punto en el que el interés decayó. Era inevitable. Ya había contado la historia detrás de cada tatuaje, había publicado las fotos y vídeos más espectaculares, había congregado todos los públicos posibles: familia, cuadrilla, vecinos, compañeros del instituto y la universidad, ex parejas, ex amigos, conocidos, enemigos... ¿Y ahora qué? Tenía que encontrar la manera de continuar en la cresta de la ola, de seguir iluminando su gastado entorno con todo lo aprendido. Pensaba, rumiaba, pero no hallaba ninguna solución. Las redes sociales no le iban mal, pero no daba el siguiente paso de ser considerado un influencer. ¿Un blog? Demasiado pasado de moda. ¿Un libro? Demasiado tiempo y esfuerzo. Se hundía. Él, que había superado tantos retos y había sido tan ambicioso, estaba atrapado en la casa de sus padres. En despertares corrientes, rodeado de bloques de pisos uniformes, bajo los cielos reducidos y apesadumbrados de su barrio de toda la vida.

Pero pronto aprendería que los golpes de timón no solo son posibles en los mares bravíos, sino que también se pueden presentar a la vuelta de la esquina: lo cercano esconde un futuro. Fue en una de esas olvidadas calles en las que había pateado balones, lanzado globos de agua y besado sus primeros labios donde creyó encontrar una salida. No le pudo pasar desapercibido un cartel que parecía hecho para él:

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15 de septiembre, 00:00 horas. Palacio Guridi.

 

 

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