LOS PREPARADORES (Parte II)

 

LOS PREPARADORES  (Parte II)

Pudo sentir una atmósfera electrizante nada más llegar. Cualquier otra persona, de natural más precavido, hubiera huido de lugar tan inescrutable, en el que se percibía una soterrada amenaza; pero no había dado media vuelta ante pasos de montaña mortales o en saltos en paracaídas a miles de metros de altura; conocía la satisfacción al otro lado del riesgo. Los imponentes guardas que esperaban en la gran puerta de rejas anotaron su nombre y número de documentación y le hicieron una fotografía antes de guiarle al gran salón, que estaba sumido en una tenue y acogedora penumbra. Le fue difícil determinar cuánta gente había, pero cada alma presente se le hizo muy pesada; les sentía latir con una intensidad contagiosa que se le metía por la boca y atenazaba su cuerpo hasta envolverlo en una cierta docilidad. La música rompió el aura siniestra: era un rock desenfadado y alegre, de carretera y ventanilla bajada. Los focos iluminaron un escenario imponente. Apareció una figura. Melena hacia atrás, un litro de laca, traje impecable y unos dientes que parecían las perlas de la abuela. Entró fulgurante, con la chispa de un showman enérgico. Pero que nadie se equivocase. Aquello no era una misa. Era algo mucho mejor. Algo adaptado a la velocidad y la estética de los tiempos. Máximo López susurraba/siseaba y arengaba. Era una canción melódica con un estribillo rompedor. Ese padre que te ayuda con los deberes y hace snowboard. Contó que a partir de ese momento todos los asistentes ya eran preparadores, que todavía no estaban listos, pero que irían avanzando en la pirámide de la escuela. Él, más que un líder, era un amigo. Era prescindible, decía. Su sueño era que apareciese un preparador tan bueno que se adueñase de la cima. Ese era su mayor objetivo. Tenía un lema: “si aceleras, llegas”. Él iba a enseñarles a ir a otra velocidad, a un ritmo diferencial que les hiciera superiores al resto. Contaba con un plan para todos. Empezó a gritar: “si aceleras, llegas”, “si aceleras, llegas”, mientras se daba repetidos golpes en el pecho cada vez más rápidos. ¡Vamos, vamos!, ¡seguidme!, clamaba. Se empezaron a escuchar los primeros tímidos toques. Julen miraba atónito a su alrededor. ¡Vamos, vamos! Se gestó un clamor, un bucle al unísono: “si aceleras, llegas”, “si aceleras, llegas”, “si aceleras, llegas”.

Sintió su mirada; Máximo le observaba con la autoridad de un dios benevolente. Le estaba dando una oportunidad. Julen cerró el puño y lo acercó a su pecho. Le costó dar el primer golpe. El segundo, algo menos. El tercero, el cuarto, el quinto. Cada vez con más fluidez. Empezó a mover los labios. Murmuraba: “si aceleras, llegas”, “si aceleras, llegas”. Subió el volumen, el ritmo. Fue un alivio unirse al griterío. Máximo sonrió. Las pulsaciones bajaron cuando llegó el cóctel. Un piano delicado y de una elegancia alegre ambientaba; la ansiedad de algunos por compartir la emoción de lo vivido formaba los primeros corros; los camareros, vestidos con anacrónicos chaqués de pingüino, desplegaban bandejas de canapés y botellas de champán. Julen se hizo con una copa mientras intentaba deglutir lo que acababa de ocurrir. ¿Señor Alberdi? —le preguntó uno de los guardias. Sí, soy yorespondió Julen. 10 —Máximo quiere verle en su oficina. — ¿A mí? ¿Por qué? —Él se lo explicará mejor, señor —dijo con actitud de lacayo en la que se mostraba cómodo. Su autoridad cortés no dejaba escapatoria—: Si es tan amable —añadió al señalar el camino.

Máximo aguardaba sentado en su escritorio, exhibía una calma fiera; la sonrisa perenne y los ojos atentos. La mesa era un caos de libros y cuadernos, soportaba tres pantallas de ordenador, las fotos de familia perfecta transmitían la calidez de unas imágenes de stock. — ¡Tú! —Comenzó a señalar a Julen—. ¡Sí, tú! Lo he percibido nada más verte. Me he dicho: este tío lo tiene. Julen mitigó su inquietud ante la fuerza del halago. Llevaba tiempo huérfano de reconocimiento y sucumbió rápidamente al agasajo frontal que le concedía un tipo en apariencia poderoso. —Gracias, señor López. — ¡Por favor! Llámame Máximo —dijo mientras le hacía un gesto para que se sentase—. Gracias, -Carlos. Déjanos solos, por favor —le ordenó al empleado. Máximo se permitió el lujo de observar a su potencial aprendiz de cerca y en silencio. En unos segundos que a Julen se le hicieron eternos, le estudió el rostro y se hizo aún más dominador de la escena. —Te pondré otra copa —anunció por fin. Se levantó y comenzó a prepararla en un pulcro mueble bar que contrastaba con el caos de su mesa de trabajo—. Te preguntarás qué es toda esta parafernalia que hemos montado. —Le ofreció la bebida en una taza de cobre—. Es un Moscow Mule —apuntó—. Verás, las cosas están mal ahí fuera: hay mucha gente deprimida o sin un norte claro. Los preparadores queremos ayudar, queremos ser los líderes de esta sociedad. Por eso necesitamos a gente como tú, con talento, que pueda guiar a quien lo necesita. —Jugueteaba y removía los hielos que sobresalían en la taza. Su tono de voz se había tornado más solemne—. Pero, ojo, ser preparador no es fácil. Para ser uno de los nuestros vas a tener que superar una serie de retos que te sacarán de tu zona de confort. Será un proceso duro, exigente. Pero, estoy convencido, tú puedes hacerlo —concluyó mostrando su dentadura privilegiada. Julen se sentía abrumado y nervioso, no sabía muy bien qué pensar; pero quería creer que esta era la oportunidad que buscaba.

 

 

 

 

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