LOS PREPARADORES (Parte VII)
LOS PREPARADORES (Parte VII)
Tras esta conversación, Julen se sintió pletórico; no había nada
que deseara más en este momento. Sus viajes descubriendo las maravillas del
mundo, su popularidad de pionero entre amigos y familia, su inesperado y
fulgurante éxito como preparador, nada de ello se podía comparar al sentimiento
que abrigaba en su corazón y, sobre todo, a saber que Patty también lo
compartía.
Los proyectos le entraban uno tras otro, y las fechas de entrega
de los mismos eran cada vez más acuciantes; el café expreso que preparaba en la
cocina del loft le parecía aguachirri y, tras unas cuantas noches
en blanco tratando de terminar la programación del proyecto que tuviera en
curso, las persianas de los párpados se le cerraban en el momento más
inesperado… Cuando Máximo se dio cuenta, le llamó a capítulo; le aseguró que lo
más importante era cumplir con las empresas que contrataban los servicios de
los preparadores, -cumplir a tiempo- y le ofreció un suministro constante de
metanfetamina, que sería mucho más efectiva que el café…
A partir de entonces Julen se sumergió en una vorágine de
trabajo que iba ganando más y más velocidad, y que ya no controlaba. Los
ingresos en su cuenta bancaria se sucedían uno tras otro cada vez más
abultados, y el saldo crecía meteóricamente. Sin darse mucha cuenta, vivía tan
de prisa que se le olvidaban los más nimios detalles de la vida cotidiana: con
quién había hablado hacía apenas unas horas y de qué, dónde había aparcado el
coche o si había quedado para comer con sus padres el fin de semana siguiente.
Un domingo por la mañana se dio cuenta de que llevaba una semana
sin dormir; se notó extraño; sintió una fría palidez en el rostro que le asustó
al mirarse en el espejo, y en su pecho notaba una presión como si le fuera a
estallar. Se tomó el pulso y comprobó que tenía más de ciento setenta
pulsaciones; asustado, salió a la calle en busca de ayuda, pero todo Bilbao
estaba desierto, eran las ocho y media de la mañana. Por suerte, encontró un
servicio de Urgencias, donde le pusieron una dosis de Valium inyectable como
para dormir a un caballo, y lo llevaron a casa; estuvo durmiendo cuarenta y
ocho horas seguidas, y cuando despertó estaba desorientado; no recordaba lo que
le había pasado, ni como había regresado a casa. En la siguiente visita, el doctor,
a quien Julen había contado su frenético ritmo con las anfetaminas, le dijo que
había estado al borde de un paro cardiaco, y que la próxima vez quizá no
saldría con vida de una taquicardia como la que había tenido.
Entonces lo vio claro. Envió un mensaje a su mentor; Lo siento, Máximo, no puedo más con la
presión de este trabajo. Lo dejo. Es cuestión de vida o muerte, y elijo la
vida. Gracias por haberme dado la posibilidad de ser preparador, no te molestes
en contactarme. Esta decisión es firme,
y no la cambiaré por nada.
Bloqueó las líneas de comunicación con Máximo y todo el entorno
de los preparadores. Los días que siguieron fueron para reponerse del marasmo
en el que, sin darse mucha cuenta, se había sumergido; comenzó a reorganizar su
vida, a recuperar horarios de sueño y comidas, a retomar el contacto con sus
padres y hermana –contacto real y en persona- y con algunos amigos muy cercanos
que ya casi había olvidado. Enseguida le contó a Patty todo lo sucedido y le
dijo que pensaba marcharse a un lugar muy lejano y sin fecha de retorno, y que
por favor se uniera a él, ya que ahora tenían la oportunidad de sus vidas:
conocerse más, amarse, formar pareja, encontrar un proyecto de vida… Patty se
preocupó lo indecible y llamó varias veces para asegurarse de que estaba bien,
pero rehusó el ofrecimiento.
-
Lo siento, Julen, no puedo
irme contigo por ahora. El proyecto que estaba desarrollando está a punto de
culminar, y me está motivando un montón; además, he encontrado un grupo de
gente muy enrollada con la que me entiendo muy bien. No te preocupes, no es
nada de lo que pudieras estar celoso; sigues siendo mi chico. Te deseo lo
mejor; ya hablamos…
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