TRADUCTORES SIMULTÁNEOS
TRADUCTORES SIMULTÁNEOS
Además de esos profesionales que realizan la difícil tarea de convertir palabras e ideas de una lengua a otra, incluso con la dificultad añadida de la simultaneidad y el ruido e interferencia usualmente presentes en el ambiente, hay un campo en el que todas las personas somos traductores simultáneos en nuestra lengua de origen.
En una conversación cualquiera, cuando recibimos mensajes de nuestro interlocutor, ya sean como lenguaje verbal, corporal o ambos, no los estamos captando directamente de él o ella, sino de la imagen especular que nuestro cerebro ha procesado y representado de tales mensajes y de la persona que los genera. Ahí está el traductor simultáneo de cada quien, en el interior de su propio cerebro.
La percepción de sensaciones y cogniciones en los seres humanos, ya sean externas o internas, y la respuesta posterior a las mismas, nunca es directa, sino mediatizada por ciertas áreas y funciones del cerebro. Lo que hoy se sabe con total certeza por la ciencia neurológica y la psicológica, es decir, que únicamente nos es dado percibir la impresión creada en nuestro cerebro por tal o cual estímulo -externo o interno- ya fue postulado en el siglo XVIII por el obispo y filósofo irlandés George Berkeley. Este magnífico intelectual estableció que la realidad de lo que percibimos del mundo de los objetos consiste en las percepciones en sí, y que no existe otra realidad física independiente de sus representaciones en nuestra mente.
Sin adentrarnos en teorías filosóficas elaboradas o en estudios científicos sobre el funcionamiento del sistema nervioso, veremos en esta breve exposición cómo este fenómeno, sobre todo aplicado a las leyes de la comunicación –cuyos elementos fundamentales son el agente emisor, el mensaje o contenido comunicativo y el agente receptor-, afecta profundamente a nuestras vidas personales y de relación, y lo hace imperceptiblemente, sin que apenas nos percatemos de que el mecanismo está actuando.
Una gran parte de los desencuentros, de las agrias disputas, de la sensación de incomunicación y sin sentido que a veces nos invaden a todos, está causada por este travieso duendecillo en nuestra mente, al que se le podría llamar el intérprete neurótico que nunca descansa. Y también de los espejismos e ilusiones que nos fabricamos, de las expectativas de una felicidad largo tiempo ansiada, de los sueños imposibles que a menudo dan al traste con nuestro equilibrio personal y material. Día y noche, laborables y festivos, el avieso geniecillo nos acompaña en lo más íntimo de nuestra mente y nos transmite lo que se nos dice desde el exterior, ya sea por parte de otras personas o de diversos medios de comunicación. Este mecanismo funciona magnificando, minimizando o distorsionando los mensajes orales o escritos que recibimos, de forma que nuestra respuesta a los mismos acaba siendo inadecuada y desproporcionada para tales mensajes.
Nuestro inmortal Don Quijote es un buen ejemplo -en un caso extremo- de este dispositivo en acción. Las percepciones, tanto sensoriales como intelectivas, de nuestro ilustre hidalgo, estaban muy alejadas de la realidad, al menos de la realidad que todos aquellos que le rodeaban, incluido Sancho Panza, percibían. Y, en consecuencia, sus actos resultaban catastróficos, incluso espeluznantes en ocasiones, y muchas veces peligrosos para la integridad física del ingenioso hidalgo. Naturalmente el fino sentido del humor del gran Cervantes, confiere un aire de ternura a la locura del Quijote –con su desbocado traductor simultáneo-, que nos hace tenerlo en un profundo afecto, ya que sus móviles eran siempre hacer el bien, socorrer a los desvalidos, y destruir demonios y otros malévolos personajes.
Sin embargo, la influencia de nuestro traductor simultáneo particular en la cotidianidad de la vida no da para tanto como en las peripecias del gran personaje cervantino –afortunadamente- pero sí para empujarnos hacia posiciones en algunos momentos comprometidas.
Hay algunas ocasiones en las que
estas distorsiones, estas brechas entre lo que dice el emisor y lo que entiende
el receptor, son particularmente gravosas; las entrevistas de trabajo y las
primeras citas de pareja son un buen ejemplo de ello. En el primer caso, el
aspirante siempre ve fallos monumentales en sus respuestas, fallos que van a
arruinar sus posibilidades de conseguir el puesto al que aspira; en el segundo,
el hombre y la mujer, el chico y la chica, siempre poseídos del ansia de
resultar atractivos a la otra parte, suelen exhibir nerviosismo e inseguridad,
aturullarse en la conversación e interrumpirse el uno al otro, con lo que a
menudo piensan: esto no está saliendo
como yo planeaba, lo estoy arruinando todo…
El grado de interpretación por parte de nuestra mente, o sistema cognitivo, de los mensajes o comunicaciones que vienen del exterior, puede estar más o menos ajustado al contenido del mensaje y a la intención del emisor, dependiendo del estado psicológico del receptor. En el primer caso, cuando la persona mantiene un contacto adecuado con su interlocutor, el procesamiento de la información y las consiguientes secuencias de comunicación serán bastante ajustados a la realidad, al mensaje transmitido y a la intención del emisor, y el intercambio comunicativo se producirá con fluidez. Pero en otros casos la divergencia entre el mensaje transmitido y el mensaje recibido pueden ser tan grandes que interrumpan por completo el diálogo, dejando un poso emocional amargo o decepcionante. Por ejemplo, si alguien acaba de terminar una relación de pareja y un amigo le habla entusiasmado de una persona maravillosa a la que acaba de conocer, ese alguien se puede sentir molesto o frustrado, pensando que el otro conocía su situación y le quería restregar su buena fortuna comparada con la del despechado amigo.
En casos más extremos, se produce tal divergencia y con tal continuidad entre los mensajes emitidos y la respuesta de quien los recibe, que las relaciones interpersonales se vuelven casi imposibles; y ello hasta el punto de requerir medicación específica o psicoterapia para mitigar sus sentimientos negativos –ansiedad, frustración, rabia-, reajustar sus mecanismos cognitivos internos y posibilitar una comunicación adecuada con sus semejantes.
Por otra parte, ¿podemos sintonizar la continua e imparable actividad de nuestro traductor simultáneo con los mensajes que continuamente recibimos? Es decir, ¿sería posible que sus interpretaciones estuvieran en gran parte o totalmente de acuerdo con el mensaje que se nos transmite? Seguramente sí, ya que tenemos constancia de innumerables casos de diálogos y otros intercambios fructíferos de información que han resultado en avances positivos en las ciencias y en el desarrollo de las relaciones personales y sociales. Afortunadamente hay muchas personas con una buena capacidad de interactuar y entenderse adecuadamente con los demás, es decir, que poseen un traductor simultáneo competente, que transcribe fielmente – de acuerdo al contenido de los mismos y al propósito del emisor- los mensajes que recibe.
En este sentido, si queremos tener una comunicación positiva, es imprescindible puentear al avieso duendecillo y dirigir nuestra atención plena a la fuente del mensaje, para sintonizar nuestra mente con los dos primeros elementos de la comunicación: el emisor y el contenido del mensaje transmitido. En relación al primer elemento, deberemos comprender la intención o propósito de la fuente, su estado de ánimo –por medio del tono de voz, los gestos y demás lenguaje corporal- y, en cuanto al contenido, será necesario prestar toda nuestra atención al mismo, sin dejar que nuestra mente se desvíe hacia otras ideas o pensamientos.
De este modo la comunicación puede fluir –contando con que el emisor también tenga a su traductor simultáneo controlado- de manera provechosa y satisfactoria, y ambas partes tendrán la sensación de un contacto real con otro ser humano; una sensación que no se produce tan frecuentemente como debería, pero que siempre es genuinamente gratificante.
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