LOS PREPARADORES (Parte VIII)

 

LOS PREPARADORES  (Parte VIII)

Se puso muy triste al saber que Patty no vendría, pero no se derrumbó; tenía muy claro en su cabeza que debía partir, y pronto. Llevaba algún tiempo sin contestar llamadas ni mensajes, excepto de las pocas personas que aún mantenía cercanas, ni abrir la puerta de su casa. Temprano por la mañana solía ir al Parque de los patos a pasear, a dar de comer a los ánades; compraba barquillos de aquellos ancestrales cilindros rojos de hierro que tan nítidamente recordaba de su niñez, y contemplaba a los chiquillos ilusionarse y sonreír cuando les compraban un globo de colores.

Le vino un recuerdo de un lugar donde había estado que se fijó en su mente; había sido hacía unos dos años, y se había sentido extraordinariamente bien en él. Era la isla de Ko Samui, en Tailandia. Sí, era el lugar perfecto.

En pocos días dejó sus asuntos arreglados, se despidió de los suyos y tomó el avión con rumbo a Bangkok y, después, a Surat Tani; de allí, un pequeño ferry le llevó a la isla de Ko Samui. Paseando por la playa de Maenam y sintiendo el suave masaje de la arena en sus pies, recordó que todo estaba igual que en su primera visita, Algunos albergues con cabañas dispersas por la playa, unos pocos chiringuitos entre las palmeras y cocoteros y, al final, en una suave ondulación elevada, las dos cabañas de Eric. Hacia allí se dirigió, y encontró a este alemán ya cincuentón, de larga melena y barba entre rubia y cana, tiznado por el sol y las brisas del océano más grande de la tierra, sentado en la arena delante de su choza y mirando al mar.

-Me alegro mucho de volver a verte, amigo –le recibió Eric.

Después de un apretado abrazo comenzaron una de esas conversaciones entrañables, a corazón abierto, sin ningún propósito más allá del propio intercambio, sin tácticas ni cortesías.

-Me voy de aquí, Julen, quince años son muchos años. Este sol, esta claridad, me están destrozando los nervios. La enfermedad de vivir en el paraíso me está consumiendo. Es hora de regresar.

- Vaya, que curioso, Eric; a mí me estaba pasando algo parecido en mi país, por eso he venido aquí…

- Son los ciclos de cada uno, amigo… El misterio de la vida…

Tenía en venta todo su tinglado: dos cabañas de piedra, no muy distintas de los cortijos andaluces de las tierras remotas de la Alpujarra, una habilitada como vivienda, con un pequeño hogar de lumbre, una tosca mesa de madera, algunos cojines por el suelo y un camastro sobre un somier de fibras vegetales trenzadas; acordaron la venta por un periodo de treinta y cinco años; en Tailandia los extranjeros solo pueden comprar propiedades por un periodo de cincuenta años, de los cuales, Eric había consumido ya una parte. Acordaron cinco mil dólares, incluyendo todos los artículos necesarios para el alquiler y los equipos de windsurf que Eric almacenaba en la segunda cabaña. Había sobrevivido aquellos años alquilando tablas de windsurf a los turistas y Julen, que era bueno sobre las olas, continuaría de la misma manera.

En unas dos semanas, Julen se puso al corriente de todo lo que necesitaba saber sobre su nueva forma de vida, y Eric se despidió. Se alejó pausadamente, cansadamente, quizá, con su petate al hombro, mientras Julen sentía su corazón encogido y lágrimas asomándosele a los ojos.

Al poco llegaron los Monzones; era el mes de julio; había días cálidos y placenteros, pero otros en los que las lluvias torrenciales y las tormentas arreciaban, agitando las olas y las copas de los árboles con furia.

Una de aquellas tardes, la tormenta estaba en su momento álgido. Julen, después de asegurar todos los aperos de afuera para que resistieran el viento, se metió en la cabaña. La lluvia caía a raudales. De pronto, sintió cómo unos nudillos golpeaban la puerta. Abrió y vio a Patty; Patty, con su amplia y cariñosa sonrisa, su mirada de complicidad, y los rizos de su larga cabellera y sus ropas chorreando; su corazón le dio un vuelco y solo pudo gritar ¡¡¡Pattyyyyy!!!, tomándola de la mano para hacerla entrar. Se miraron sin saber qué decir; de pronto, con las manos entrelazadas y mirándose a los ojos, estallaron en carcajadas incontrolables, y bailaron  en pequeños círculos por el reducido habitáculo; bailaban y reían, y se abrazaban, y se miraban con expresión de incredulidad y de dicha, mientras afuera seguía arreciando la tormenta.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS IMÁGENES