LA CONCIENCIA ES EL ANIMAL MÁS FÁCIL DE DOMESTICAR
La conciencia es el animal más fácil de
domesticar
Oscar Wilde, autor del aforismo que da título a este escrito, conocía de primera mano la validez y la amplia aplicación del epigrama. En su corta vida –murió en 1900 a los 46 años- tuvo incontables experiencias de situaciones de la vida real en que la mentira, el disimulo, la tergiversación, las insidias…, se usaban comúnmente, entre los círculos que el autor frecuentaba, con el fin de evadir algún cargo o culpa social o para promover el estatus del implicado.
Primero en Dublín, en sus años tempranos y en el seno de una familia principal de la ciudad, luego en el ambiente académico de Oxford y más tarde en los salones de la alta sociedad londinense de la época, Oscar Wilde, con un intelecto tan fino y penetrante como el bisturí que su padre utilizaba en las operaciones oculares que practicaba, captaba inmediatamente, a veces incluso antes de que las palabras fueran proferidas, los argumentos, las razones, las justificaciones que se ofrecían a su alrededor para negar o explicar una sucia maniobra mercantil, para ocultar un adulterio, para negar a un hijo o hija extramatrimonial… Y para tantas otras como se precisaran a fin de mantener la fachada de moralidad y buenas costumbres que la sociedad victoriana de la época demandaba. Sin embargo, él consiguió por algún tiempo evadirse de esta compulsión al engaño por medio de sus ingeniosas frases, que colocaban el peso de la culpa en el individuo o la colectividad moralizante, y adoptando la postura de la corriente esteticista, que justificaba cualquier acto si se realizaba para gozar y experimentar la belleza de la vida y el placer natural de los sentidos.
Aunque nuestro escritor debió de enterarse de incidentes muy graves de corrupción, nepotismo e incluso crímenes de sangre –de los que podemos hacernos una idea a través de su novela: El retrato de Dorian Gray- de la alta sociedad londinense, en su época aún no habían sucedido las grandes catástrofes, las aniquilaciones en masa de las dos guerras mundiales y de las revoluciones soviética y china. Los nombres de Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot y varios otros estaban aún en estado de gestación. Y sin embargo, estos asesinos en masa, estos genocidas desnaturalizados, parecen corroborar la idea de que la conciencia humana es tan moldeable que puede adaptarse y justificar los mayores crímenes imaginables.
Para comprender mejor este perverso mecanismo de adulteración interior, es obligado acudir al famoso ensayo de George Orwell –publicado entre 1945 y 1946 -La política y la lengua inglesa, en el que se explica el papel clave de los eufemismos en la adulteración y tergiversación de decisiones y actos políticos criminales para hacerlos aceptables a la masa social y así manipularla a conveniencia. Hitler llamó a la invasión de Polonia: Traslación temporal de fronteras, a la creación de guetos judíos después de la expropiación de sus casas y propiedades: Agrupación de poblaciones; Stalin justificó los Gulag –sistema de centros de campos de trabajo forzado en Siberia-, las ejecuciones sumarias, y los planes quinquenales que condenaron a millones a morir de hambre, en base a una divinidad de nuevo cuño, el Dios Partido, la Revolución Comunista; Mao acuñó los términos Reforma por el trabajo y reeducación para implantar la camisa de fuerza del comunismo, con el resultado de millones de muertos por inanición o ejecutados por sospechosos de pensamiento disidente.
Y, tal como un virus va introduciéndose gradualmente en el organismo hasta infectarlo por completo, estas adulteraciones de la conciencia contaminan gradualmente la mente del huésped hasta el punto de no retorno, hasta que se convierten en premisas y valores con carta de naturaleza en el discurso del que los asume. Al principio del proceso y en la medida que el individuo mantiene algún nivel de honestidad -ciertos principios morales o éticos- la impregnación de eufemismos es, en alguna medida, limitada; luego, a medida que se va sumergiendo en una dinámica de corrupciones y actos criminales de todo tipo, este entramado de autoengaños va permeando toda la extensión de su conciencia, hasta que ya no le queda prácticamente ninguno de aquellos principios originales que le fueron inculcados por su educación y su cultura, o los que fue construyendo motu propio . En ese punto la mentira y el engaño se convierten en verdad auto-asumida, tanto de cara al exterior, a su círculo de influencias, como para sí mismo.
Sin embargo, este proceso de aclimatación interior no sólo se da en personajes históricos de la magnitud de los citados, sino también, en niveles muy diversos, en todos nosotros, ciudadanos de a pie, sujetos anónimos para la historia. Cada vez que ocultamos hechos importantes para un grupo de personas con el fin de conseguir beneficios propios por la vía rápida, cada vez que mentimos para evitar asumir una responsabilidad, que consentimos en causar algún perjuicio a otras personas para ganar dinero o posición, estamos participando en el proceso que Wilde tan certeramente definió. Pequeñas corruptelas cotidianas son protagonizadas por cada uno de nosotros y suceden constantemente en nuestros entornos sociales, profesionales y familiares. Y como consecuencia a largo plazo, podemos razonablemente pensar que la justificación de nuestras propias faltas hace que disculpemos o, al menos, encontremos asumibles las de nuestros representantes políticos. Y por estos derroteros llegamos a elegir a las personas más indecentes –a veces verdaderos gánsteres mafiosos- como jefes de estado o de gobierno de algunas naciones.
Sin embargo, parece que, aunque muy escasas en los círculos de poder, hay personas inmunes a esta enfermedad viral de los propios valores, personas que realizan sus funciones, tanto en lo social como en lo laboral, de acuerdo a lo que consideran correcto desde el punto de vista de la ética personal o de leyes justas que les son de aplicación. En el pasado, la excepcionalidad de grandes figuras de la historia, como Mahatma Gandhi, Martin Luther King, y en nuestro entorno patrio más reciente, Julio Anguita, dan fe de que la honestidad de la conciencia y la fidelidad a los propios valores son posibles, si bien en un número de casos tan reducido como para validar la generalidad del caso contrario.
Oscar Wilde pasó por los dos estados, el de la ocultación o manipulación de la verdad y el de la honestidad de la conciencia. Durante muchos años, desempeñó un rol impostado de cara a la sociedad en la que se desenvolvía, pero en la etapa final de su vida, condenado en una de las prisiones más duras de Inglaterra por un delito contra la moral pública y en unas condiciones físicas y mentales de un sufrimiento casi inimaginable, Wilde regresó a sus principios católicos originales y se arrepintió de la vida tan extremadamente hedonista que había tenido. En su conmovedora obra De profundis, además de sincerarse con Sir Alfred Douglas, su antiguo amante, desarrolla un riguroso examen de conciencia a la luz de una ética cristiana, que sobradamente conocía pero que previamente había elegido ignorar. De alguna manera en la línea de Las Confesiones de San Agustín, se arrepiente de aquellos actos que causaron dolor o sufrimiento a sus seres queridos –sobre todo, sus hijos- y a sí mismo, asumiéndolos como la causa del brusco y abismal declive que había tomado su vida, y de los tremendos pesares que sufrió en el penal de Reading.
En la gran mayoría de los casos se dan zonas de claros y sombras, de lealtad a ciertos valores y suplantación de los mismos, en el devenir vital de las personas, tal como la luna muestra su fase de luz y belleza para ocultarla pasados unos cuantos días. A veces, alguien puede ser fiel a una cierta moralidad familiar y actuar como un trepa en el trabajo, o ser un amigo leal entre su círculo y, por otra parte, un político camaleónico que adopta la postura que más le conviene en cada momento. La domesticación de la conciencia se suele alternar con etapas de expresión auténtica de la misma.
Dejando a un lado a los grandes criminales de la historia, aquellos que vivieron siempre dando la espalda a su conciencia y que no dudaron en sacrificar miles y millones de vidas por realizar sus enfermizas ambiciones, los humanos, en general, somos seres contradictorios y débiles, que a veces mostramos expresiones genuinas y a veces las distorsionamos con malicia. Sin embargo, creo que, si hemos de encontrar una satisfacción profunda y estable en la vida, esta debe fundamentarse en asumir los dictados de la conciencia, y en mantenerlos en la medida de lo posible como camino y directriz de las decisiones y actos que nos toque realizar.
En cierta ocasión, Wilde dijo: Cuando uno es bueno no siempre es feliz, pero cuando uno es feliz siempre es bueno. Quizá se refería a que cuando uno es feliz, actúa naturalmente de forma honesta y sincera y, por tanto, no necesita doblegar su conciencia, mientras que en la situación contraria tiene que hacer un esfuerzo para mantenerse fiel a su escala de valores, a costa, a menudo, de una auténtica satisfacción. Y creo que la forma más cierta de alcanzar la felicidad es por la expresión del amor–dándolo y recibiéndolo; amor a otras personas, a uno mismo, o, incluso, a unos ideales en armonía con la conciencia.
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