TOLERANCIA AL VENENO
TOLERANCIA AL VENENO Y LA PROMESA DE PARAISOS ARTIFICIALES
TOLERANCIA AL VENENO
Hace muchos siglos, posiblemente ya desde los tiempos de Siddharta Gautama, en algunos de los pequeños reinos en los que se desgajaba por entonces el subcontinente indio, tenía lugar un extraño fenómeno de aclimatación fisiológica en el cuerpo humano. Los reyes de estos territorios seleccionaban, de entre los poblados de sus reinos, a niñas muy pequeñas de singular belleza, que eran trasladadas al palacio real y sometidas a una dieta muy especial. Estas chiquillas, celosamente custodiadas por eunucos en las dependencias palaciegas dispuestas para su residencia, llegarían a ser vírgenes de una casta muy peculiar, llamada de las visha kanyas, y a aprender música y danza, así como las más exquisitas artes del amor, tal y como se describían en el kamasutra y en otras fuentes de erotismo de la época.
Desde el principio de su obligada estancia les eran suministradas dosis diarias muy pequeñas, pero en cantidades crecientes, de algunos venenos, como el acónito y la datura, de forma que cuando llegaban a la madurez sexual, estas visha kanyas ingerían diariamente cantidades de veneno suficientes para matar a varios hombres adultos. Su cuerpo se había habituado al veneno y lo toleraba. Entonces, en la plenitud de su belleza y encanto inefables, eran ofrecidas por el monarca que era su dueño a algún otro rey vecino al que quería derrotar o con quien tenía una enconada enemistad, que a menudo perecía en el primer coito que mantuviera con la concubina.
Ya lo dice el proverbio inglés, aunque acuñado posteriormente, el alimento de algunos es veneno para otros, pero, ¿quién era -o incluso quién es- capaz de sustraerse a la belleza de una kumari como la de aquellas elegidas, una belleza tal como apenas podemos imaginar, quizá solo comparable al de las vírgenes Uríes, descritas en el paraíso del Corán?
Unos trescientos años después de sus comienzos, en el siglo II a.c., con el fin del imperio Maurya, se puso fin a esta maquiavélica práctica, quedando ampliamente reflejada por escrito en el Arthashastra, -tratado de gobernanza, política económica y estrategia militar- similar a El Príncipe de Maquiavelo- del famoso historiógrafo y cronista indostaní, Chanakya Pandit. Este inaudito episodio trae a colación el tema de la extremada beldad y atracción femeninas como causa de la muerte de hombres poderosos, dirigentes de imperios, incluso. A lo largo de la historia, mujeres como Cleopatra, Valeria Messalina o la Mata Hari causaron, en distintas épocas, las muertes de hombres poderosos, esclavizándolos mediante sus encantos, su extraordinaria belleza y su poder de seducción. Llegó incluso más lejos el caso de Giulia Tofana, en el siglo XVII, una hermosa cortesana y cosmetóloga italiana, que creó un veneno indetectable que vendía a mujeres adineradas frustradas con su matrimonio, para usarlo con sus inadvertidos maridos. Se cree que por esta vía causó la muerte de más de seiscientos hombres de la aristocracia romana.
En la cultura védica, donde se enmarca el fenómeno que estamos exponiendo, Maya es una diosa femenina del panteón hindú –la personificación de una energía- que mantiene un velo de ilusión –una suerte de espejismo de realidad- sobre todos los seres vivos, causando su irresistible fascinación por los objetos de los sentidos, cuya expresión más fuerte es la atracción sexual, y, llevándolos, tarde o temprano, a la muerte. En este caso, Maya usa la atracción del hombre por la mujer y viceversa para mantener en perpetuo movimiento el ciclo de la existencia, provocando nacimientos interminables que surgen del acto sexual y abocando a la muerte a toda criatura nacida.
Pero no pensemos que esta coincidencia extraordinaria de actos opuestos –el placer más inefable y la horrenda experiencia de la muerte- sucede únicamente en el género humano. En el reino animal, son bien conocidos los casos de la Mantis Religiosa, y de la la viuda negra, especies de araña hembra que devoran al macho durante o después del intercambio sexual. Algunas especies de escorpiones, el antequino pardo –un pequeño roedor australiano- el pulpo de anillos azules y los gusanos de fuego manifiestan este mismo comportamiento. En este caso es la fuerza del instinto, una serie de acciones fijadas inamoviblemente por las leyes naturales de la especie, la que obliga al macho a dar su vida a la hembra en el acto sexual.
Sin embargo, hay una diferencia entre el comportamiento animal y el humano; los hombres que mueren en este mismo acto, lo hacen por su deseo exacerbado –que actualmente no se considera como instinto en el ámbito de nuestra especie, sino como una fuerza de motivación- y por la ignorancia de las consecuencias subsiguientes. Además, se ha dado sin duda la situación simétrica, mujeres siendo envenenadas o de otro modo asesinadas por sus parejas masculinas –viene fácilmente a la memoria la historia de Enrique VIII de Inglaterra y sus ocho esposas. En todo caso el resultado es la muerte de un miembro de la pareja a manos del otro.
PARAISOS ARTIFICIALES
La práctica de suministrar o ingerir voluntariamente sustancias venenosas o narcóticas en dosis gradualmente crecientes se ha usado muchas veces desde entonces, aunque con otros y diversos fines… En sus Confesiones de un adicto al opio, a comienzos del siglo XIX, Thomas De Quincey describe y pormenoriza, con tal lujo de detalles que asombró a la profesión médica y farmacéutica de la época, su adicción al opio –en forma de láudano- durante muchos años; y cómo al cabo de varios años desde su iniciación en el hábito, llegó a ingerir una cantidad que hubiera finiquitado a varios adultos no habituados. El consumidor de estas substancias -voluntaria o involuntariamente, consciente o inconscientemente- se ve abocado a ingerirlas en dosis cada vez mayores, debido al bien conocido proceso de la habituación.
Algunos año más tarde, aún en el siglo XIX siguieron en Europa las incursiones de una élite pionera de románticos en los mundos de los estupefacientes, como la del francés Baudelaire y los poetas malditos, en los dominios del Hashchish; algunos célebres literatos de la época: Balzac, Zola, Hugo y Dumas, se sumaron a estas experiencias tempranas que tenían lugar en reuniones clandestinas en un hotel de la Isla de San Luis, en París, llegando a formarse el Club des Haschischins, que se reunía mensualmente para explorar y compartir los efectos de esta substancia. Ingerían una mezcla llamada dawamesk -compuesta casi en su totalidad por haschish, junto con una pequeña parte de opio-. Fruto de estas experiencias surge la conocida obra de Baudelaire, Paraísos artificiales, en la que se explaya, junto con otros autores de la época, sobre los efectos de esta substancia y su capacidad de inducir estados de conciencia alterados.
Algunos años después, con el descubrimiento de la planta de la coca y la síntesis de su alcaloide, este compuesto, especialmente en la forma de un tónico reconstituyente llamado Vin Mariani, hizo verdadero furor entre las clases acomodadas europeas, llegando incluso a esclavizar por la fuerza de la adicción a conocidas figuras –algunas de ellas, grandes mandatarios políticos y religiosos -los Papas Pío X y León XIII, Julio Verne, la Reina Victoria de Inglaterra y el Zar Nicolás II de Rusia, entre otros. Finalmente el estamento médico se hizo consciente del peligro de la adicción a la coca, y esta bebida tónica se ilegalizó en 1914. Sin embargo, su fórmula fue vendida a un tal Pemberton, un industrial americano que, inicialmente, cambio el vino por extracto de cola, y finalmente sustituyó el alcaloide por cafeína, dando lugar así al establecimiento del refresco aún hoy más vendido del mundo, que, convenientemente edulcorado, también genera dependencia.
Por otra parte y muy anteriormente a los desarrollos aquí narrados, a lo largo de los últimos milenios, desde antes de los tiempos bíblicos, las bebidas espirituosas han tejido sus masivas redes de connivencias con infinidad de gentes de todos los estamentos sociales, que las incluían en su dieta hasta ingerirlas en cantidades considerables. El alcohol, en un sinfín de variantes de destilaciones y fermentaciones, se extendió, ya desde tiempos remotos y hasta nuestros días, prácticamente por todo el mundo. También aquí se produce el fenómeno de tolerancia y la necesidad de ir aumentando paulatinamente la ingesta para conseguir el mismo efecto enardecedor. Parece, pues, que el género humano puede habituarse, con las pautas de dosificación adecuadas, a todo tipo de sustancias –tanto estimulantes como venenosas -aunque este último caso sea una excepción muy minoritaria- y a depender de ellas.
En no pocas ocasiones, otras substancias naturales –el peyote o hícuri, la ayahuasca, los hongos alucinógenos –del género psylocibe y otros- han pasado a formar parte de fiestas y ceremonias rituales, particularmente en comunidades de etnias pre-industriales aún en contacto con la naturaleza; comunidades como los huicholes en Méjico, y los Siona y Kofán en Colombia y Ecuador, se reúnen bajo la guía de un chamán y, bajo la influencia de estas substancias, contactan con sus orígenes míticos, piden a sus espíritus y divinidades consejo y ayuda y mantienen la cohesión social al compartir ciertos símbolos sagrados. En base a los efectos de estas sustancias psico-activas han surgido seguidores individuales y movimientos culturales y sociales, incluso de naturaleza mística, que han intentado encontrar en las experiencias producidas por la toma de estos productos una vía para explorar los dominios de la conciencia y de la percepción; una manera diferente de concebir la identidad y el propósito del ser humano.
En la década de los años 60 del siglo XX, Timothy Leary, profesor de psicología de la Universidad de Harvard, fundó un movimiento de culto psicodélico basado en el consumo de LSD -que él mismo llamó tecnología extática- que tenía como objeto explorar los dominios desconocidos de la mente (bajo los efectos del ácido lisérgico) y que llegó a institucionalizar como una religión, centrada en el sacramento del LSD. Leary se inspiró en una obra de Aldous Huxley publicada unos pocos años antes, Las puertas de la percepción, en la que el conocido autor británico de Un mundo feliz, se explayaba sobre sus experiencias con la mescalina, el principio activo del peyote.
En el caso de la ingesta de substancias estimulantes, son tres los posibles motivos –o una combinación de ellos- los que impulsan a los que se acercan a ellas: el placer físico y mental que se obtiene al ingerirlas, la mitigación de dolores o malestares físicos y las experiencias acrecentadas de la conciencia –o consciencia- que proporcionan; en el último caso podemos citar al científico Albert Hoffman, que sintetizó el LSD, quien ingirió una fuerte dosis de ácido lisérgico puro para conocer de primera mano los efectos que producía sobre la mente y la percepción sensorial, o a Aldous Huxley, al que ya hemos mencionado, sin olvidar a Carlos Castaneda y sus incursiones en los dominios del peyote y el hongo psylocibe, pormenorizadamente descritas en sus obras iniciales Las enseñanzas de Don juan y Una realidad aparte. El segundo caso queda bien ejemplificado por Thomas de Quincey, aquejado de fuertes dolores de muelas y musculares y graves afecciones estomacales, consecuencia de la vida errante y llena de privaciones, de su juventud en Londres. Pero sin duda los casos más numerosos del uso de substancias psico-activas son motivados por el deseo de experimentar placer -dada la natural inclinación humana a este estado o sensación- y por tanto son incontables las personas –conocidas o no- que han hecho uso de estas sustancias a lo largo de los tiempos.
Invariablemente en el mundo del consumo continuado de estupefacientes tarde o temprano aparecen los efectos no deseados. Por la misteriosa, aunque no formulada por la ciencia, ley universal del equilibrio, de la compensación de opuestos –lo que sube, baja, y lo que causa placer trae consigo su contrapartida, el dolor- las personas que se habitúan al consumo de estas substancias, tarde o temprano comienzan a padecer sus efectos no deseados, el síndrome de abstinencia –el mono, el delirium tremens. La dosis debe ir continuamente en aumento, el cuerpo se resiente de formas diversas ante la sobrecarga que supone para el organismo el metabolismo de las mismas, y comienzan a padecer enfermedades y dolores que hacen a la persona inmersa en este ciclo buscar cada vez con más urgencia y en mayor cantidad la dosis de la substancia que consume para aliviar momentáneamente estos síntomas.
Sin embargo, la capacidad de experimentar las sensaciones de bienestar y placer que algunas de estas substancias proporcionan, está presente en la biología humana de forma natural, y se producen endógenamente en el organismo bajo ciertas condiciones. Con el descubrimiento de las encefalinas y las endorfinas, -en 1975- también llamadas opioides endógenos, producidas en el cerebro humano y la médula espinal, se comprobó que los estados generados externamente por sustancias como el opio y el haschish se pueden reproducir de manera natural en el cuerpo, siempre asociados a acciones que favorecen la supervivencia y la vida social. Actos cotidianos como hacer deporte, la sexualidad, compartir una comida u otras reuniones con personas queridas, bailar, reír, llorar, dar y recibir abrazos…, promueven estados placenteros asociados a la generación de encefalinas y endorfinas.
Por otra parte, ciertas prácticas espirituales de diversas tradiciones religiosas y algunas disciplinas orientales, también son capaces de generar experiencias placenteras en las personas. La danza extática de los derviches sufíes, la recitación de oraciones y mantras, el yoga y la meditación, el Tai-Chi, la práctica del estoicismo, y otras, inducen estados de equilibrio y bienestar en el organismo, y reducen significativamente la inquietud y el estrés. Son formas más naturales, no invasivas y graduales, de alcanzar en alguna medida esa sensación de bienestar que todos naturalmente buscamos.
La ingesta de estimulantes artificiales
es una manera rápida, un atajo, para obtener estados intensos de placer con un
mínimo esfuerzo, y de ahí que sean tan utilizados en una sociedad y un modo de
vida que buscan la inmediatez en la superación de crisis y pesadumbres, y en la
obtención de logros y objetivos; por contraste, las prácticas naturales tienen
efectos más suaves y más mantenidos en el tiempo. En cierta ocasión un maestro espiritual
de la tradición védica le dijo a un seguidor de Timothy Leary en 1966 en el
distrito neoyorkino del Bowery, en el Lower East Side: al tomar LSD tu mente sube a planos muy altos de conciencia por un
tiempo, pero luego tiene que bajar, a veces con efectos psicológicos
traumáticos, pero con la práctica de la meditación tu mente sube y no tiene que
bajar, sino que se mantiene elevada permanentemente.
Comentarios
Publicar un comentario