CIENCIA E INDUSTRIA MILITAR
CIENCIA E INDUSTRIA MILITAR
Solemos pensar que la ciencia está primordialmente orientada a mejorar las condiciones de vida de la humanidad –en los campos de la salud, la tecnología y las condiciones de vida en general. Sin embargo, si miramos más detenidamente, podemos ver que, en muchas ocasiones, los avances científicos han sido un beneficio secundario, un producto colateral de otros propósitos que se han mantenido a la sombra. Los medios de comunicación no nos dirán abiertamente que Internet –originalmente Arpanet- fue inicialmente concebida como una tecnología militar de información, así como el GPS –los navegadores- y que toda la red de satélites artificiales que posibilitan nuestras comunicaciones por los teléfonos móviles, eran inicialmente espías mecanizados que avistaban movimientos de tropas, bases militares, emplazamientos de misiles balísticos nucleares... El horno microondas, el radar –imprescindible en los vuelos comerciales-, son algunos otros ejemplos, que no los únicos, de innovaciones científicas que, en un principio, fueron concebidas para su uso militar, o que fueron casualmente descubiertas en el transcurso de una investigación con objetivos militares.
Los primeros test de inteligencia, creados por Alfredo Binetti en los albores del siglo XX, aunque inicialmente diseñados para detectar escolares necesitados de atención educativa especial, sirvieron como base para las pruebas Army Alpha y Army Beta, que fueron masivamente utilizados, en la Primera Guerra Mundial y posteriormente, para el reclutamiento de soldados y para distinguir a aquellos aptos para reanudar el combate después de una hospitalización por heridas sufridas en la batalla. El psiquiatra canadiense Eric Berne, creador de la conocida escuela de psicoterapia del Análisis Transaccional, desarrolló este método de diagnosis y tratamiento psicológicos, inicialmente como una alternativa rápida al psicoanálisis, para los soldados americanos que regresaban de la Guerra de Corea y que tenían necesidad de un tratamiento breve para volver al frente lo antes posible.
Las investigaciones de la máquina descifradora del matemático británico Alan Touring durante la Segunda Guerra Mundial sirvieron para descodificar los mensajes en clave del alto mando alemán y, de paso, sentaron las bases de la moderna tecnología de la computación.
En el campo de la medicina, el uso de la penicilina a gran escala y las modernas técnicas de almacenamiento de plasma y transfusiones de sangre fueron implementadas y perfeccionadas en los campos de batalla de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, mientras que el uso de ambulancias y el sistema de triaje –precursores del actual dispositivo de urgencias hospitalarias- provienen de las guerras napoleónicas.
En algunos casos, la investigación puramente científica, no motivada inicialmente por fines bélicos, ha sido después utilizada para dichos fines con resultados devastadores. Einstein, -un pacifista convencido- con el planteamiento en 1905 de su famosa ecuación: E=mc2, sentó la base de la posterior construcción de la bomba atómica, aunque la fórmula por sí misma no posibilitaba el proceso de diseño y fabricación de un arma nuclear. Sin embargo, en 1939, Einstein envió una carta al presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, alertándole de las intenciones de los científicos del Tercer Reich de crear un arma nuclear, y aconsejándole tomar los pasos necesarios para prevenir esta posibilidad, quizá adelantándose a ella. Aunque el científico no le exhortaba abiertamente a embarcarse en el proyecto de la construcción de una bomba atómica, fue esta carta la que impulsó en gran medida el Proyecto Manhattan, que culminó en la horrenda masacre de Hiroshima y Nagasaki en 1945. Einstein se arrepintió amargamente durante el resto de su vida de haber enviado esta carta, aunque varios de sus amigos intentaron convencerle de que él no era responsable de la consecución y utilización del arma nuclear por los Estados Unidos.
La industria militar es, como ha venido sucediendo desde hace miles de años, el medio de conquista de las naciones poderosas o, al menos, de naciones más poderosas que otras. Aquellos que controlan el poder consideran el gasto militar como una inversión necesaria para obtener mayores beneficios en forma de territorio, alimentos, materias primas, industrias... La guerra es un medio de enriquecimiento para algunos países; de ahí, que estos no escatimen medios para construir una maquinaria bélica potente y bien equipada, y, por tanto, no duden en aplicar la ciencia y la tecnología a la consecución de este fin.
No obstante, en ocasiones el gasto militar puede también llevar a la bancarrota a imperios poderosos, como ocurrió durante casi tres siglos en los reinados desde Los Reyes Católicos hasta Felipe IV, a pesar de las ingentes cantidades de plata y oro que entraron por los muelles de Sevilla en la Casa de Contratación durante más de dos siglos. Otras importantes casas reales europeas, como la inglesa y la francesa, también sufrieron el colapso de sus economías, debido sobre todo al enorme coste que les supusieron las guerras por la hegemonía europea y las de religión, bien que estas dos motivaciones solían estar inextricablemente mezcladas.
Actualmente, el rápido auge y expansión de la IA tiene una clara función militar. De hecho, los paquetes de IA que se venden a los estados y servicios secretos más importantes del mundo están valorados en cientos y miles de millones de dólares. Es por medio de estos programas sofisticados que las empresas punteras de desarrollo de IA –Nvidia, Alphabet, Meta…- obtienen sus mayores beneficios.
Tal como reflexionaba Santiago Laporte, personaje central de mi primera novela, El ocaso de Santiago Laporte: parece que el hombre nunca descansa en esta horrorosa tarea de matar. Desde los antiguos palos, espadas, escudos, lanzas, arcos y hondas hasta los modernos proyectiles de todo tipo, planificados por la IA y dirigidos por complejos sistemas de radar y GPS, han pasado miles de años y, sin embargo, la finalidad primordial sigue siendo la misma: conquista y rapiña sin piedad, a costa de la aniquilación de millones de congéneres; y digo congéneres porque, al final, se trata luchas fratricidas en las que sacrificamos a nuestros semejantes bajo pretextos absolutamente banales, que son insuflados en las masas sociales por medio del incesante bombardeo de los medios de comunicación, -actualmente, medios de intoxicación de las mentes, diría yo.
Pasadas las dos guerras mundiales del siglo XX, hubo una cierta sensación colectiva de que estas dos inmensas matanzas iban a enseñar finalmente al hombre las devastadoras consecuencias de la guerra y se iba a establecer un periodo duradero de paz mundial. Sin embargo, muy pronto se instauró la Guerra Fría entre las dos grandes potencias nucleares, la URSS y EEUU, una tensa calma basada en la más absoluta desconfianza y en la política MAD (destrucción mutua asegurada). Comenzaron a surgir otras guerras en países emergentes de Asia y África, -Vietnam, Corea, Afganistán, Ruanda, Sudán, Irak…- siempre con las dos grandes potencias involucradas, y con la consiguiente carrera por la innovación científico-tecnológica al servicio de la industria militar. Ha sido en esta época cuando se han desarrollado la red de redes, la telefonía móvil, el gran auge de los satélites artificiales y, recientemente, la Inteligencia Artificial.
En Cuento de Navidad, Dickens nos muestra el gran cambio operado en Mr. Scroodge cuando, al final de su vida, los espíritus del pasado, el presente y el futuro le hacen consciente del dolor y miseria que ha causado a su círculo de empleados, amigos y parientes, y cuando decide dar un cambio de rumbo a su vida, reparar lo más posible los perjuicios causados; curiosamente, en el proceso se da cuenta de la gran sensación de felicidad y contento que empieza a sentir, comparada con su miserable estado mohíno y depresivo del pasado.
¿No sería acaso un acontecimiento maravilloso que todos aquellos causantes del caos que asola el planeta: políticos, militares, financieros responsables de la explotación y las guerras en todo el mundo, se dieran cuenta cabal del daño que están causando y decidieran adoptar un cambio de actitud semejante al de Mr. Scroodge? ¿Que allí donde habían medrado con mentiras y extorsiones para explotar a países más débiles, les ofrecieran acuerdos justos de colaboración y ayuda, que dedicaran una parte importante de los recursos económicos destinados a mantener los ejércitos para reconstruir las enormes zonas asoladas por la guerra y a desarrollar la agricultura y las industrias no invasivas de las colectividades a las que previamente esquilmaban?
La ciencia podría entonces orientarse al auténtico bienestar de la sociedad: a mejorar la salud y la educación de las gentes, a cuidar el medio ambiente y mantener la tasa de regeneración de los recursos naturales, a fomentar una convivencia humana en paz y libertad. Sí, ya sé, como me dirán muchos, que esto es una utopía inalcanzable, valga la redundancia, pero no por ello deja de tener un sentido absolutamente diáfano y racional y, más aun, no por ello deja de ser, en buena medida, un factor clave para la supervivencia de nuestra especie.
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