LOS MUCHOS BUENOS Y LOS POCOS MALOS

 

                                             LOS MUCHOS BUENOS Y LOS POCOS MALOS.

Se dice –con infinita ingenuidad popular- que la mayoría de la gente es buena, que tan solo hay unas pocas personas malas en el mundo. Sin entrar en lo que serían las obligadas preguntas de qué o quién es bueno y qué características o cualidades le hacen tal, podemos fácilmente estar de acuerdo en el núcleo del problema que se plantea a continuación. Esos pocos malos -o los más prominentes entre ellos- situados en las esferas de poder, controlan, en alguna medida, la vida de los otros muchos, en variados e importantes ámbitos de la existencia.

Los muchos buenos constituyen, en nuestros días, la mayoría silenciosa. Su aquiescencia con el sistema social en el que viven es la argamasa que los une, que los mantiene satisfechos en su autocomplacencia. Su ego colectivo –algunos psicólogos lo llaman actualmente deseabilidad social- les hace hablar críticamente de los otros, siempre en tercera persona del plural, e implícitamente sentirse buenas personas, buena gente. Nosotros somos los buenos, ellos son los malos.

Aun así, esporádicamente surgen unos pocos de entre esa mayoría silenciosa que se vuelven conscientes de que se ha de pagar un precio por esa sensación de comodidad, de modorra colectiva, que les rodea: deben hacer ojos ciegos y oídos sordos a un sistema de explotación de los muchos por los pocos, y hacerse en alguna medida cómplices de todo el entramado. Y, en ocasiones, el precio de esa extorsión se les antoja intolerable.

Está históricamente comprobado que si se produce un cambio de sistema en los círculos que controlan y rigen las sociedades, por los medios que sean –generalmente revoluciones violentas- por los que unos pocos de entre los muchos del estadio previo logran reemplazar a quienes anteriormente detentaban los resortes del poder, los nuevos pocos enseguida mimetizan la actuación de los anteriores, por lo que no se consigue realizar mejoras significativas en las condiciones de vida de los muchos. Se trataría en este caso de un cambio de un grupo de unos pocos malos a otro.

Sin embargo, existe otro grupo minoritario de individuos que, aun si lograsen alzarse a la posición privilegiada de los pocos malos en control, seguirían fieles a sus ideales de justicia y progreso social. De ello tenemos algunos ejemplos en la historia, en los casos de Solón de Atenas y Arístides en la Grecia clásica de los siglos VI y V a. de c., el de Martin Luther King y Nelson Mandela por la igualdad de los derechos sociales en estados Unidos y Suráfrica respectivamente, en el siglo XX, de Mahatma Gandhi, en la India también en el siglo XX, y de Julio Anguita en la política de nuestro reciente pasado en España. Desgraciadamente, estas personas, que aspiran genuinamente a implantar los derechos humanos y la igualdad de oportunidades para todos los seres humanos, suelen ser eliminadas violentamente o, cuando menos, expulsadas a su posición de partida entre los muchos.

Esta raza de personas existe, si bien en número reducidísimo, a pesar de que la minoría dirigente se esfuerza siempre en obstaculizar su ascenso a las posiciones de poder, y creo que mientras perdure de alguna manera la esencia auténtica de la conciencia humana, continuarán trabajando con todas sus fuerzas por una verdadera evolución social; una evolución hacia valores de auténtica justicia social, contrarios a la explotación del más débil por el más fuerte, y a la acumulación de riqueza por encima de cualquiera otra consideración humanitaria y medioambiental.

Y por ello, me parece bueno –humanamente saludable- mantener la esperanza de que en algún momento, en algún lugar, esos pocos auténticos logren realizar sus ideales y posibiliten un cambio genuino en la sociedad –en el sentido de hacer valer sin ambages los derechos humanos y suprimir la explotación y el abuso- por mucho que esta idea pueda considerarse utópica hasta el extremo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS IMÁGENES