NAUFRAGIO
NAUFRAGIO
Han abundado desde antaño relatos literarios
variados, viñetas y chistes, y también películas, sobre parias oceánicos que
lograban refugiarse en una isla desierta tras un naufragio en el transcurso de
un viaje por lejanas latitudes. Recuerdo su lectura con deleite y cierta
sensación de connivencia. Rodeados por el azul ilimitado del agua y el cielo, y
confinados en una superficie de tierra casi siempre poblada por densa jungla,
las desdichadas criaturas se encontraban obligadas a enfrentarse con una
situación insólita. Vivas, aunque con el difícil cometido de seguir estándolo;
y solas casi siempre -cuando el náufrago era un individuo-, aunque en algún
caso acompañado por otros en la misma situación, como en el magnífico relato de
William Goulding: “El Señor de las Moscas”.
Muchas veces vi en los tebeos aquel pequeño
redondel de tierra en forma de suave colina, circundado por el océano, con una
palmera en su centro y un náufrago barbudo -al parecer absolutamente perplejo-
junto a ella. Aquellas escenas resonaban con fuerza en mi ánimo temprano, aun a
la edad de diez o doce años. Quizá presintiera que la situación podría
extenderse a toda persona que alguna vez se preguntara por asuntos más allá de
lo cotidiano y cavilara sobre ellos, puesto que todos estamos inmersos en un
mundo poblado por seres y energías diversas, que, muchas veces, no alcanzamos a
comprender, si bien situados en el reducto de nuestro yo; y no siempre es fácil
salir de él para comunicarse con el exterior.
De todos modos, el náufrago ansía con todas sus
fuerzas llegar al mundo habitado y volver a su vida previa en sociedad, tal y
como uno siempre anhela estar en contacto y comunicación con los otros,
sentirse arropado y formar parte de un grupo más amplio.
También he pensado a veces cómo se puede
naufragar aun estando en tierra firme, cuando la nave de la vida se hunde en
medio de aguas procelosas, cuando ya solo se puede ver borrosamente las
gigantescas olas de la ira y el abatimiento, el resquebrajamiento de los
afectos, el abandono de los seres queridos, la angustia de la existencia en
soledad; cuando todo lo familiar y acogedor se desvanece y el corazón duele
como una herida abierta, y hay que buscar amparo, un territorio donde pueda
aliviarse el dolor, donde esperar a que el tiempo amaine la tormenta que ha
destrozado la vida.
Sea como fuere, solo queda intentar encontrar
algún refugio en el que la pena se vaya haciendo más tolerable por momentos y
la herida del sufrimiento comience a cicatrizar, cerrándose quizá sobre otra anterior,
y esta sobre otra a su vez…; donde los breves momentos de un lenitivo
incipiente se vayan alargando y haciendo más frecuentes, y donde se pueda
empezar de nuevo a disfrutar de las cosas como antes, siquiera por breves
momentos…
¿No estamos acaso continuamente naufragando y
tratando de salvar lo más posible de uno mismo, los restos de una frágil y
errática biografía, los recuerdos felices de la infancia y tantos otros
sentimientos entrañables de cariño a lo largo de una corta o larga vida –al fin,
siempre resulta corta- que se figuraban eternos cuando su presencia formaba
parte de nosotros?
En la soledad de mi habitación, me embargaban
sensaciones nostálgicas que casi me introducían dentro de la piel del náufrago;
la sensación de estar solo, de no poder abrir mi corazón a otras personas, bien
por vergüenza o por miedo a la incomprensión, de caminar en silencio rumiando
pensamientos que estaban a años luz de las gentes que tenía junto a mí… Y así,
me sentía hermanado con el náufrago, comprendía sus tribulaciones, sus agonías,
y lo elevaba a la categoría de un héroe mítico que, a lo largo de un doloroso
proceso, de una desesperación al límite de lo tolerable, acabaría por transmutar
su naturaleza humana y social por otra más instintiva, casi animal, por una
forma de estar, sentir y actuar en sincronía con los fenómenos naturales
propios de la isla. Me maravillaba, como seguramente lo haría él, por los
sorprendentes regalos que la naturaleza le ofrecía inesperadamente en forma de
terrestres y marinos animales para comer, troncos, ramas y fibras vegetales
para la construcción de algún habitáculo y otros varios utensilios, piedras de
formas y usos variados, grutas para resguardarse de las lluvias, y en cómo su
desesperación inicial se iría transformando en aceptación serena del ánimo,
agudización de los sentidos, armonía del cuerpo con la naturaleza, observación
de los ciclos de las plantas y las migraciones de las aves….
Y tal como yo sabía siempre encontrar los
momentos entrañables para sentir compañía y consuelo en mi soledad conectando
con alguna parte de mí mismo tras la amargura de haberme sentido separado del
mundo, rechazado, despreciado, imaginaba al náufrago llegando a un punto de
aceptación de su fatal tesitura y hallando en su propio ser un tesoro de
recursos insospechados, una compañía incondicional que lo ayudaba a
sobreponerse de quebrantos y desesperanzas, que podía incluso disuadirlo, con
un secreto bálsamo escondido en el fondo de algún rincón del alma, de las
esporádicas pero recurrentes intenciones
de quitarse la vida.
Sin embargo, al igual que pasado un tiempo yo
ansiaba salir de mi aislamiento y buscaba la compañía de los míos, el náufrago
sentiría dolorosamente la soledad, y la ausencia de otros congéneres con los
que comunicarse se le haría por momentos insoportable, pues está en nuestra
naturaleza el ser sociables, acercarnos a los otros, utilizar la maravillosa
herramienta del lenguaje para intercambiar impresiones, sentimientos, ideas,
cábalas… Somos tan pequeños comparados con la vastedad de la existencia y
estamos tan necesitados de confirmar y asegurar continuamente eso que sentimos
vagamente como la identidad, que el impulso de acercamiento a los demás es una
necesidad esencial que el náufrago o la persona de otro modo aislada sienten
inevitablemente con enorme intensidad.
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