LA GENERCIÓN PERDIDA

 

LA GENERACIÓN PERDIDA.

Después de la Primera Guerra Mundial, hubo un grupo de escritores e intelectuales estadounidenses que perdieron toda esperanza de que las sociedades humanas –la civilización, si así cabe llamarla- pudieran orientarse hacia un verdadero progreso, dejando atrás la repetida costumbre de aniquilarse entre sí  cada cierto número de años. William Faulkner,  Scott Fidgerald, Tenessee Williams, Ernest Hemingway, John Dos Passos y varios otros, imbuidos de un ánimo sombrío y del convencimiento de la naturaleza profundamente genocida y autodestructiva del hombre, reflejaron en sus obras las impresiones que en su ánimo había impregnado la última carnicería en masa que terminó, aunque no definitivamente, en 1918. Ellos estuvieron en el frente europeo y supieron de primera mano de los horrores de la guerra, mientras que William Faulkner, también componente fundamental de este grupo, se alistó como piloto en la fuerza aérea canadiense.

Pronto se llamó a este grupo de escritores La generación perdida. Un mecánico francés de la época se refirió a los jóvenes que habían luchado en los frentes de La Gran Guerra como La generación perdida, y desde entonces, Gertrude Stein, una artista polifacética y mecenas del grupo, aplicó este término a sus escritores. Varios de ellos llegarían a ser, en años venideros, galardonados con el Premio Nobel de literatura.

Sin embargo, también alumbraron obras que reflejaban la esperanza en un hombre renacido, en valores de solidaridad y de confraternidad quizá presentes en algún remoto rincón del alma humana. Ernest Hemingway, con sus dos magníficas novelas, El viejo y el mar y Por quién doblan las campanas, y Las uvas de la ira de John Steinbeck, son algunas muestras de esta actitud esperanzada. Aunque el pesimismo más descarnado e incluso el nihilismo –aunque no celebrado ni aceptado como plataforma filosófica- estaban sobradamente justificados, no solo en base a La Gran Guerra, sino también a una Historia bien documentada de más de veinte siglos, parece que estos escritores aún creían en la posibilidad de una sociedad mejor, más justa y en paz.

Después, vino la Segunda Guerra Mundial, con una destrucción de vidas mucho mayor que en la anterior, –una carnicería de proporciones apocalípticas- y con la irrupción de la bomba atómica como arma de destrucción masiva. Alrededor de esas fechas y posteriormente, en el siglo XX, se han sucedido las matanzas genocidas de Stalin,  Mao, Pol Pot, las guerras de Corea y Vietnam en Extremo Oriente, y los conflictos en Oriente Medio –que duran hasta nuestros días.

Y no olvidemos las numerosas guerras en el continente africano y en Latinoamérica, mucho menos conocidas y expuestas por los medios, probablemente debido a que los países involucrados no representan una parte significativa del PIB mundial.

Parece que los escritores de esta generación sintieron intensamente el aforismo de “El hombre es un lobo para el hombre” de Hobbes, de un modo tan desgarrador como quizá el común de los ciudadanos occidentales no alcanzaba a hacerlo. Muchos de ellos emigraron a Europa, sobre todo a París –a pesar de que fue en Europa precisamente donde se gestó y se luchó la mayor parte de esta guerra, -la Primera. Buscaban las bases culturales y filosóficas que sirvieran para concebir e intentar impulsar una sociedad mejor, para no repetir tamaño atrocidades.

Sobradamente se ha visto después que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y no dos veces, sino muchas más, incluso cuando esta piedra consista en matanzas en masa de sus congéneres.

Y aun así, estos escritores aspiraban a una coexistencia humana en paz y armonía, un progreso en línea ascendente hacia la felicidad y la plenitud, basado en una filantropía verdaderamente sentida y practicada, quizá en la línea de la Utopía de Tomás Moro. No estaban solos en este anhelo, ya que numerosos escritores y filósofos en los siglos precedentes, como Francis Bacon, Inmanuel Kant, Rousseau y Theilard de Chardin, entre otros, habían concebido desde diversos enfoques un estado en el que las cualidades positivas del hombre prevalecían sobre su naturaleza cruel y egoísta y formaban la base de sociedades justas y respetuosas con sus miembros.

En Europa, Stefan Zweig, notable escritor vienés, también acusó un hondísimo desencanto personal con la marcha de la política y el ambiente social del Viejo Continente previos a la Gran Guerra, tal como se reflejó en sus obras; Ardiente paladín de la cultura y las artes, no pudo –o no quiso- acomodar en su pensamiento la inmensa brutalidad -el sinsentido- de la guerra, los millones de muertos que se produjeron en la contienda. Mientras muchedumbres de ciudadanos salían a las calles de Berlín, Londres y París en 1918 aclamando y ensalzando la guerra y la unidad de la patria frente a los enemigos, algunos espíritus sensibles se dolían profundamente por la horrenda contienda que parecía inminente, por la crueldad contra natura de los acontecimientos que se cernían sobre millones de personas.

Naturalmente, las religiones siempre han promovido un estado ideal de armonía y convivencia, aunque, eso sí, después de la muerte, -El paraíso, el Cielo, la liberación, el Samadhi, el Nirvana…; pero los escritores de la Generación Perdida estaban mayormente concernidos con la vida que tenemos, la que podemos experimentar con nuestros sentidos, nuestro cuerpo y nuestra mente; no estaban dispuestos a esperar una felicidad beatífica que supuestamente vendría tras el velo de la muerte.

LAS GENERACIONES PERDIDAS.

Un siglo después, ya en el XXI, la humanidad sigue inmersa en varias guerras y también en una amenaza que nos afecta a todos, no solo a los países en guerra; es el calentamiento global. Pareciera como si, no contentos con el exterminio gradual de millones de seres humanos en guerras fratricidas a través de décadas de conflictos más o menos localizados, el género humano se hubiera propuesto completar la tarea destruyendo la casa común, la naturaleza que nos alberga y nos nutre.

Tras la Segunda Guerra Mundial comenzó una carrera desenfrenada entre la URSS y los EEUU  por acumular armas nucleares. Desde el lado estadounidense Llamaron a esta demencial escalada MAD –loco/a- (Mutual Assured Destruction)  y la competencia entre la URSS Y USA se tradujo en la velocidad a la que estas dos potencias podían construir sus arsenales nucleares.

Por otro lado, se sucedieron varias guerras en Oriente Medio y Asia Central: Irak, Afganistán, Palestina, Siria, orquestadas por las dos grandes potencias con el fin de aumentar su presencia y control en la zona, y de beneficiarse de las reservas de petróleo de algunos de aquellos países; todo ello produciendo como resultado la desintegración de las estructuras sociales y políticas  de los mismos. Intentar describir con palabras la inmensa destrucción de vidas y recursos materiales y sociales causada en todos estos conflictos resulta imposible.

Además, como consecuencia de una actividad industrial tan desmedida como innecesaria, la atmósfera de nuestro planeta ha venido acumulando gases de efecto invernadero desde hace décadas, con el consiguiente cambio climático y lo que ello supone para el mantenimiento de la vida en todas sus manifestaciones. A pesar de las numerosas cumbres mundiales que desde 1979 se celebran sobre el cambio climático y sus gravísimos efectos sobre la civilización humana y el ecosistema que la alberga, las emisiones de estos gases no ha dejado de crecer.

En nuestro país, -además de estar afectadas por esta situación de deterioro climático y medioambiental a nivel global- gran parte de las generaciones jóvenes se encuentran, desde hace más de tres décadas, con enormes dificultades para conseguir un trabajo digno y un techo bajo el que anidar y, por consiguiente, para poder  formar una pareja o una  familia.  Están, por esta causa. desoladas, faltas de cualquier atisbo de confianza en que su situación pueda mejorar. Uno de estos jóvenes, hijo de un buen amigo, hizo recientemente un comentario que me impresionó profundamente: el futuro es un lujo que no nos podemos permitir (los jóvenes).

Y así hemos llegado a las Generaciones perdidas de nuestros días. Carentes de toda perspectiva de futuro, se ven abocadas a intentar evadirse de un presente que no les ofrece sino mentiras en boca de los políticos, y un sinfín de plataformas online con toda clase de artificios para evadirse de la cruda realidad que los rodea. Si la Generación perdida de principios del siglo XX tenía motivos suficientes para asumir su visión escéptica de la vida, y su desconfianza de la naturaleza y buenas cualidades del ser humano, parece bastante claro que estas generaciones del siglo XXI, tienen muchas más razones para llegar a una actitud semejante de pesimismo, desconfianza y desesperación.

Sin embargo, no deberíamos quedarnos de brazos cruzados ante tal estado de cosas, tal y como, a lo largo de la historia, se han sucedido los esfuerzos de las comunidades humanas hacia una sociedad mejor y más respetuosa con los derechos de todos sus miembros. Es natural para el ser humano tratar de superar las situaciones difíciles para continuar su progreso ascendente hacia un estado más satisfactorio, para atenuar en lo posible las dificultades y sufrimientos de una situación dad. Desde nuestro pasado más remoto en los valles de África Oriental hasta nuestros días, el género humano ha atravesado periódicamente convulsiones de todo tipo, revoluciones tecnológicas, sociales o religiosas –algunas de ellas violentas- con el fin de paliar situaciones dolorosas, superar obstáculos, o alcanzar un mayor grado de bienestar.

¿Hay, entonces, alguna posibilidad de un cambio de rumbo? Aunque la probabilidad sea muy pequeña –quizá, mínima- creo que existe una posibilidad muy difícil de materializarse, pues el sistema que está destruyendo la naturaleza y rebajando la forma de vida de las generaciones jóvenes –y también de muchos otros grupos sociales- está en manos de poderosos oligarcas que poseen inmensos recursos de dinero y poder para mantener y expandir el sistema.

En mi opinión se tendrían que dar tres condiciones previas imprescindibles para que este drástico giro pudiera realizarse: que las actuales generaciones se hicieran verdaderamente conscientes de la situación en la que nos encontramos, que decidieran con actitud seria y decidida cambiarla y que usaran los mismos medios que ahora les mantienen distraídos –los móviles, las redes sociales…- para organizarse y desplazar del poder económico y político a tantas personas dañinas –que atentan gravemente contra el verdadero progreso humano y la justicia social- como fuera necesario.


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