TONTOS ÚTILES

 

TONTOS ÚTILES

 

¿Quién no ha jugado el papel de tonto útil alguna vez? Y no una, sino cientos, quizá miles de veces, la gran mayoría de los lectores de estas líneas, incluido su autor, han actuado de esta manera, más o menos conscientemente.

¿Qué o quién es un tonto útil? Entiendo que es aquella persona que en alguna ocasión haya actuado o actúe a favor de otra para ayudarla a conseguir sus fines espurios –los de la otra persona-, cualesquiera que sean, sin lograr ningún beneficio, o uno muy pequeño, a cambio. También se da el caso de quienes, sin obtener nada substancial,  imaginan algunas ventajas, del tipo que sean, a cambio de su actitud. El tonto útil es quien se presta a hacer de correveidile entre una pareja que está intentando consolidarse o que está en plena fase de separación tormentosa, y que a menudo sale rebotado del intento; es quien se queda en la oficina horas sin fin para aliviar la tarea del jefe o para mejorar la situación de la empresa, y que ha venido haciéndolo durante años sin conseguir ninguna mejora laboral; o aquellos que votan a un partido político que les va a engañar y explotar de mil y una maneras a partir de la entrada en el gobierno de tal partido, o los masas de futboleros incondicionales que alimentan el negocio multimillonario del fútbol...

Los hay de toda ralea y condición, tanto en el vulgo común como en las altas esferas del poder. A lo largo de la Historia ha habido no pocos de estos casos en las casas reales y los gobiernos europeos; pero quizá el ejemplo más descarado haya sido el de Carlos IV y Fernando VII, monarcas de España, dos tontos útiles para Napoleón, a quien, a comienzos del siglo XIX, ofrecieron ni más ni menos que el gobierno de la nación española en bandeja de plata. En los años anteriores, Carlos IV ya había demostrado sobradamente sus dotes en este campo sirviendo sumisamente los intereses de la Reina María Cristina y su amante, Manuel Godoy.

Los grandes dictadores de la Historia siempre se han rodeado de tontos útiles. Aquellos los han necesitado, sobre todo, para recibir su constante e incondicional adulación, para usarlos como espejos donde contemplar sus excelsas cualidades y su visión privilegiada del mundo, para justificar sus crímenes manteniendo su conciencia en un estado de profunda modorra. Stalin fue notorio por rodearse de tontos útiles que cumplían ciegamente sus órdenes, que besaban el suelo por donde pisaban sus botas. Uno de ellos, Nikolai Yezhov, jefe de la policía secreta del pueblo, llevó a cabo entre 1936 y 1938 la purga más sangrienta que Stalin había ordenado hasta la fecha, y en 1939, fue ejecutado por orden de su jefe, en medio de súplicas, loas y votos de fidelidad al dictador. Aun cuando su muerte fue producto de los delirios paranoides de Stalin, Yezhov no dejó de adorarlo hasta el final.

¿Qué motiva a las personas a adoptar esta actitud? ¿Es la admiración hacia ese otro ser o entelequia, normalmente en un orden jerárquico superior, lo que les impulsa? ¿Es acaso la fascinación del poder cuando se puede ver y sentir su contacto un poquito más cerca? ¿Es el miedo, la codicia, o las simples ganas de salir del anonimato al identificarse con alguien más conocido, más influyente y poderoso? ¿O una cierta combinación de estas?

Sea cual sea, el tonto útil no concibe la emancipación como una posibilidad real; su sometimiento es tan sólido como las más altas cordilleras del planeta, llegando incluso a sentirlo como su posición natural de ser y estar en el mundo.

Esta forma de ser es normal en la infancia, cuando todos estamos en inferioridad de condiciones con respecto a los adultos, en medio de un mundo complejo y de unas normas sociales que aún no controlamos. Los padres, para empezar, son para los infantes una suerte de seres mágicos gigantescos, con una sabiduría y un manejo de las objetos a su alrededor inconcebibles para ellos; y, generalmente, los padres y los otros adultos no se sirven de los niños para conseguir sus propios fines, sino que, muy al contrario, invierten toda clase de recursos –tiempo, trabajo y dinero- en su educación y crianza, para que maduren y se basten por sí mismos cuando les llegue el momento, sin depender innecesariamente de los demás.

Sin embargo, cuando somos adultos, a pesar de oír la palabra libertad en cualquier medio y en cualquier momento, a pesar de que esta palabra se usa casi siempre para encandilar e incitar a la gente al consumo, todos nos encontramos en un sistema establecido de tontos útiles, -absolutamente privados de cualquier asomo de libertad- estratificado en una variedad de modalidades,  que consiste fundamentalmente en hacerles el caldo gordo a otras personas en posiciones más altas de poder, ya sean individuos, grupos o instituciones. La ordenación jerárquica es un elemento inevitable en cualquier ámbito de la vida social, y ello no es necesariamente malo o perjudicial, siempre que las condiciones de la relación inferior con superior estén claras para ambas partes y sean aceptadas consciente y voluntariamente. Por ejemplo, yo puedo aceptar un trabajo temporal que considero razonablemente pagado y con un trato laboral adecuado, aunque mi objetivo definitivo sea otro tipo de ocupación con contrato permanente. En este caso, el aceptar las condiciones del puesto y someterse a las órdenes del superior laboral no podrían considerarse como definitorio de un tonto útil.

Pero ha surgido en las últimas décadas una desmedida proliferación de tontos útiles al irrumpir el mundo virtual en la vida social. Los grupos de seguidores o amigos en las redes sociales sirven para aumentar el éxito de los influencers –también sus fantasías narcisistas- y crecen imparablemente el número de empresas que se sirven de internet para captar a incontables tontos útiles a quienes embaucan con técnicas de mercadotecnia y publicidad. Ha llegado a tal punto la maraña de estas redes de seguidismo, que actualmente una sola persona puede estar haciendo de tonto útil para muchas otras personas o empresas todo ello sin ser en absoluto consciente del papel que está jugando.

Así que, sepámoslo o no, todos somos tontos útiles de alguna manera, a excepción, quizá de aquellos que manejan los hilos del poder, los que saben que su posición descansa sobre la complacencia de tantísimos otros que asumen su situación subordinada con docilidad y continúan jugando el juego de sus manipuladores.

Quizá el único modo para escapar de esta condición de servidores inconscientes sea el de darse cuenta cabal de los artificios en los que se está participando como tonto útil, para poder decidir salir de aquellos que no sean relevantes y provechosos para su propia vida.  

Comentarios

Entradas populares de este blog

LAS IMÁGENES